Martes, 03 de octubre de 2023

Por la palabra creemos haber sido constituido el universo, dice un verso de la Biblia. Es razonable que ese sea el comienzo de todo cuanto conocemos, la voz del dueño de la creación, el sonido que circunda todo cuanto ha hecho el Señor de lo que existe. Todo su poder unido ha hecho que aparezca en escena aquello que deseó, como también fue dicho de su esencia: en el principio era el Verbo (el Logos). Por él todas las cosas fueron hechas, y sin él, nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Una palabra tuya bastará para el milagro, decía una persona afligida; otros escucharon que ya sus enfermos habían sanado bajo su sólida decisión. Por lo que dice y hace es llamado el Juez de toda la tierra, el que ordena a las naciones y las prepara para el desarrollo de su guión presupuesto.

Nosotros damos poca importancia a nuestras palabras, ya que muchas veces carecen de sentido. Sin embargo, estamos construidos de vocablos, todo lo que viene en esa envoltura del verbo se almacena como ladrillos útiles para construir lo que somos. Si nos mirásemos en un espejo y nos dijésemos palabras amigables, nuestro semblante se agradaría; por el contrario, si nos ofendemos con términos agresivos, la amargura fluirá hasta dejarse ver en nuestro rostro. El hijo de Dios debe tomar conciencia de su ligamen con la palabra, en especial con aquella que emana de las Escrituras. La ley y el testimonio guían al sencillo, dan forma a lo naciente, refuerzan la fe del valiente. 

La ley está confeccionada de palabras, y el salmista decía que amaba grandemente esa ley del Señor. Bienaventurado será el que medita en ella de día y de noche, como si conversásemos con el Dios que nos ha creado. La oración o plegaria nos viene como mediación y acercamiento, entre el Verbo hecho carne y nuestra carne que busca el verbo para hablar. La Escritura se tiene como una lámpara ante nuestros pies, para alumbrar el camino por donde andamos.

La Biblia nos da ejemplos del debido cuidado de las palabras. Nos dice que no salga de nuestra boca nada que sea corrompido, sino solamente aquellos vocablos útiles para la sana edificación. También añade que seremos conocidos por nuestros frutos, especialmente por la confesión de nuestro corazón: de su abundancia habla la boca. Creer en el corazón y confesar con los labios, un recurso que traerá prosperidad a nuestra alma. 

El Dios que ha creado todo por medio de la palabra quiso hacer su segunda creación, la que se fundamenta en el segundo Adán, que es Cristo. También la formó por la predicación del Evangelio. Hablar del Hijo de Dios y su obra consumada en la cruz, se tiene como una tarea de evangelista, una comisión que nos compete a todos los regenerados por el Espíritu. La palabra viva genera cambios en el individuo, en especial en los escogidos de Dios. En el mundo sirve de referencia para las leyes, para la moral y las buenas costumbres, de manera que el ser humano guarde su recato en la sociedad. 

Vemos que a medida que se levanta el respeto a lo que Dios ha dicho, la humanidad queda libre de la justicia y se esclaviza más en el pecado. Pero esto no lo discierne el mundo sino que le parece una locura el que lo digamos, de manera que nos toca a nosotros continuar con la esperanza de que por medio de la oración conseguiremos suplir lo que nos falta (Filipenses 4:19). No olvidemos este texto inspirador y oportuno respecto a lo que decimos: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Filipenses 4:13). Si pensamos lo que es verdadero y amable, lo honesto y de buen nombre, lo que tiene virtud y es digno de alabanza, el resultado vendrá con ventura para dar forma a los vocablos que traen provecho a quienes nos rodean.

El hablar la palabra de Dios nos lleva a una acción de extrema importancia, el acto de dar. Más bienaventurado es dar que recibir (Hechos 20:25); El que da en abundancia, recibe más de lo que dio; pero el que es tacaño, termina en la pobreza. El que es generoso, prospera; el que da a otros, a sí mismo se enriquece (Proverbios 11:24-27). El Dios que tiene riquezas en gloria nos saciará de ellas en la medida en que por medio de nuestras palabras le pidamos. 

Resulta de interés el que tengamos que pedir aquello que Dios conoce que necesitamos. Ha querido que nos ejercitemos en la palabra hablada o murmurada, la de nuestras súplicas y con acciones de gracias. El reino de Dios y su justicia está construido de su palabra, si bien un universo de acciones de misericordia de nuestro lado se muestra como un deber de ejercicio. A los pobres siempre los tendremos entre nosotros, dijo Jesucristo; esto quiere decir que no nos hemos de olvidar de ellos. Están los necesitados del conocimiento de la palabra divina, de los que aguardan sin saberlo el momento de la esperanza bienaventurada que nosotros poseemos. La predicación del Evangelio también se encarrila por el verbo expresado, de manera que el ejercicio del logos se muestra continuo. Ese logos también se interpreta como razón, una acción de conciencia y discernimiento propio del que anuncia verdad, conocimiento e inteligencia (Jeremías 3:15). 

Para nuestra dicha, el poder de la palabra de Dios está en nuestra boca y en nuestro corazón, sin que tengamos que depender de un tercero. De mucha ayuda sirven las oraciones de los hermanos en la fe de Cristo, pero si no hubiere ninguna todavía tenemos el recurso a nuestro alcance. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, pero en la medida en que nos acercamos a Él ella se acrecienta. La Biblia nos recuerda sobre la necesidad de creer que Dios está allí cuando oramos, que Él es galardonador de los que le buscan. Ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:6). La oración nos ayuda a desarrollar nuestra relación con el Señor, con aquel que es el Verbo. A través de la palabra nos comunicamos y por medio de ella recibimos la respuesta. 

Dios es espíritu, se conoce como el Dios invisible, sin que pueda ser visto con nuestros ojos humanos. El ojo de la fe, como en una metáfora, nos permite ver al Omnipotente; la oración como recurso bajo la fe de Jesucristo, en tanto Mediador, como imagen del Dios invisible, nos acerca a ese Padre que nos ha amado de tal forma como para no escatimar ni a su propio Hijo. Entregar al Hijo en sacrificio como ofrenda por el pecado, se contempla como la mayor expresión de amor que alguien tenga por otro. No hay mayor amor que ese, afirmó Jesús; mirad cual amor nos ha dado el Padre, escribió Juan en una de sus cartas. 

Fundamentados en ese amor gigante y eterno sabemos que seremos recompensados abiertamente, cuando hayamos orado. Orar es hablar con Dios, es contarle lo que ya Él sabe, pedirle lo que nos tiene para dar, bendecir su nombre al que siempre es bendito. Orar viene a interconectar el poder con la debilidad, en una actividad de reconocimiento de quién es quién: Dios el Omnipotente, nosotros como sus criaturas debilitadas por el trajinar en el mundo. En medio de esa aflicción propia de nuestros escenarios, sintamos la confianza de Jesús al haber vencido al mundo. Él lo hizo de muchas formas, pero sin duda nos dejó el ejemplo para que consigamos el triunfo: la oración. 

El hombre más poderoso que jamás haya pisado esta tierra, no menospreció el tiempo de su vida entre nosotros como para esquivar la oración. Al contrario, se menciona en cantidad las veces que Jesús se retiraba a orar con el Padre. ¿Por qué lo hacía, si él era Dios? Lo hizo porque siempre lo ha hecho, siempre ha conversado como en familia con el Padre Eterno. Ese Dios Trino ha estado perpetuamente en comunión perfecta, por lo cual no debe pasar desapercibido el que las tres personas se involucren en la actividad de nuestras oraciones. El Padre nos oye en secreto, el Hijo nos dejó ejemplo y sigue intercediendo por nosotros, mientras el Espíritu nos ayuda a pedir lo que conviene en nuestras oraciones, porque conoce la mente del Señor. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:06
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