Mi?rcoles, 21 de septiembre de 2022

Jesús quedó satisfecho de su trabajo consumado en la cruz, ha visto linaje y justifica a todo el que le conoce (una vez que habiendo aprendido del Padre ha ido hacia él, de acuerdo a Juan 6:45). Imaginemos por un momento que Jesús hubiese aspirado a redimir a más gente de la que el Padre se propuso; eso lo llevaría a una insatisfacción eterna, a una queja continua por aquellas almas amadas que yacen en la eternidad de obscura perdición. En realidad, si tal hubiese sido su deseo, Isaías habría escrito mentiras como cualquier falso profeta, al haber declarado que el siervo justo quedaría satisfecho cuando viera el fruto de la aflicción de su alma.

Así que los que hablan de un amor universal del Padre no saben lo que afirman; o, sabiéndolo, hablan mentiras. La Biblia nos relata del amor divino pero por igual nos habla del odio de Dios. En Malaquías 1:3-4 leemos lo siguiente: y a Esaú odié (aborrecí), y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto…Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual Jehová está indignado para siempre. Dragones (serpientes feroces) y chacales harán gritar a las casas desoladas, y aún a sus palacios. 

Pablo retoma la doctrina del Antiguo Testamento y la anuncia en su Carta a los Romanos. Tiene profundo pesar en su corazón por los que son sus parientes según la carne (su familia y coterráneos); él quisiera no tener que anunciar tal noticia, deseó él mismo ser el objeto del odio de Dios si en su lugar entraran otros seres queridos. Pero la verdad tiene su espacio aunque a muchos repugne, aunque a muchos ofenda y les suene dura de oír. Pablo dijo que Dios había odiado a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11); no habían aún sido concebidos los gemelos Jacob y Esaú (como se desprende de la lengua griega), pero el propósito de Dios conforme a la elección ha permanecido, no por las obras sino por el que llama.

El amor de Dios para con los escogidos se hizo conforme a la elección, no conforme a las obras. Mienten todos aquellos que intentan ablandar el discurso bíblico, para sembrar falsas esperanzas a partir de buenas conductas. La ofrenda del impío sigue siendo una abominación a Jehová, así que no hay quien haga lo bueno ni justo ni aún uno entre los hijos de los hombres. Pablo confronta al objetor que alega injusticia en Dios porque Él no actúa en base a la conducta humana; el impío supone que la salvación debe someterse al régimen de las buenas acciones, de los puntos acumulados, de los positivos en conducta. 

La ley se introdujo para que el ser humano valorara la imposibilidad de su cumplimiento. De esa manera el hombre queda sin excusa ante el Altísimo, al conocer que su incapacidad lo deja fuera de todo premio por mérito. Pero la gracia vino para hacer posible lo que la ley impidió, gracia por medio de Jesucristo al morir en pro de todo su pueblo (Mateo 1:21). ¿Les parece injusta esta manera de salvar al mundo? Bien, por ese criterio de injusticia han aparecido muchos evangelios, cada uno de ellos con el intento de abaratar el amor de Dios y de rebajar el evangelio de Jesucristo. 

Incluso ha habido grandes predicadores de la gracia que se pelean con el texto de Romanos, en un intento por aliviar el pesar que causa en sus asambleas la idea de un Dios que ama y odia. Los que hemos sido víctimas de la institución eclesiástica sabemos cuánto duele a los pastores espurios el confrontarse con la doctrina de Cristo, por cuya razón recomendaban callar tal enseñanza y creerla en secreto.

Pablo se propuso enseñar a la iglesia todo el consejo de Dios. Estos pastores de mentiras (como dijera Jeremías) enseñan lo que les agrada al oído, habiendo forjado un ídolo llamado Jesús, al que sacrifican alabanzas del salterio bíblico. Pero el barniz eclesiástico no los hace dignos por su obras, más bien son rechazados por cercenar la palabra de Dios. Ellos tuercen la Escritura para su propia perdición, incluso los que dicen haber asumido las doctrinas de la gracia pero continúan en comunión con aquellos que no traen la doctrina de Cristo.

Lo que se conoce como Teísmo Abierto viene a demostrar el jolgorio humano frente a la mentira del desconocimiento divino del futuro. Es como si se rindiera culto al libre albedrío, una teología de la perversión que intenta eliminar el determinismo soberano del Creador. El hombre no puede ser libre frente a la soberanía divina, por lo tanto se ataca la soberana providencia de Dios. Se presupone la libertad para que haya responsabilidad, como si la justicia divina se rigiese por los parámetros de la humana. El Teísmo Abierto trabaja bajo el criterio del objetor de Romanos 9: ¿Cómo puede Dios inculpar si Esaú no pudo oponer resistencia a la voluntad divina? Esto por igual pasa por un estilo arminiano respecto al tema de la soberanía de Dios; con ello se objetan las cualidades propias del Ser Divino: Omnisciencia, el Consejo libre de la Voluntad de Dios, la Providencia, la Inmutabilidad, etc. 

Ante el Dios que se enoja por el pecado se contrapone un Dios de amor que ruega al individuo para que reflexione, pero que no puede hacer nada por su destino, ya que éste resulta incierto, como si a una determinada causa o razón abriera muchas posibilidades de acción o respuesta. De esa manera, el Dios del Teísmo Abierto desconoce el futuro lejano y se atiene a un presente circunstancial que la criatura dicta. 

Pudiera encontrarse un paralelismo con la tesis de la gracia futura de John Piper, ya que para este autor aunque Dios haya predestinado todo nada resulta forzoso. La criatura debe luchar hasta el final para hacer válida la predestinación. En ambas tesis se obscurece la soberanía divina y se da apertura al antropocentrismo: el hombre hace su futuro y lo decide, no el Dios de Jacob o de Esaú. Como si Dios conociera nada más lo que es conocible para el hombre, como si el que hizo la vista no pudiera ver. Por supuesto, el Teísmo Abierto viaja por un sendero extremo del arminianismo y aún del calvinismo condescendiente o tolerante con la tesis de Arminio. 

Fijémonos en que si el libre albedrío existiese Dios no podría hacer el futuro ni tampoco conocerlo del todo. El hombre tendría su decisión final, pero dado que él mismo se resulta incierto, ¿cómo conocerá Dios algo que la criatura no muestra como certidumbre? Si Dios necesita ver el futuro para anunciarlo, la voluntad humana sería una muy mala consejera y tan voluble como se muestra no sería digna de fiar. Estaríamos ante un Dios que no puede controlar del todo la historia humana, ni prever ninguna acción libre de los seres humanos. ¿Cómo se podría confiar en un Dios tan incierto?  

Desde el Edén el hombre fue seducido por esta tesis libertaria, como si al llegar a conocer el bien y el mal pudiese evitar la caja de Pandora (la caja de los males de la humanidad). Esa libertad ofrecida por la serpiente antigua (la cual se llama diablo o Satanás) no funciona como patente para salir de las penumbras. En cambio, la Biblia ha afirmado que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), con lo cual aún Satanás funciona como uno de los ministros del Altísimo. Por esa razón tenemos garantizada la victoria final contra el mal, porque de acuerdo al plan divino todo cuanto acontece obedece a la voluntad expresa del Todopoderoso.

Pero la humanidad se monta ella sola en una paradoja: si Dios hace su voluntad, entonces los humanos no deben ser tenidos como culpables. Sin embargo, si miramos bien el argumento nos daremos cuenta del error interpretativo; más bien el hombre resulta responsable porque no puede resistirse a la voluntad divina. La humanidad toda debe rendir un juicio ante su Creador, no es el Creador quien rinde cuentas ante la criatura. Esto resulta obvio y altamente lógico.

La criatura humana no ha podido auto-generarse, ella depende de la voluntad de un Ser Supremo. Por esa razón no tiene libertad la criatura, ni depende su destino de contingencias, como si esto fuese incierto para el Creador. La sentencia bíblica que muestra a Dios amando a Jacob desde antes de haber sido concebido, sin mediación de obras buenas o malas, gira igualmente en torno a Esaú, odiado sin mediación de obras buenas o malas aún antes de ser concebido. Eso molesta a la razón humana, como por igual les molestó hace más de 2000 años a un grupo de discípulos que seguían a Jesús por tierra y mar. Habiendo presenciado el milagro de los panes y los peces, la multitud seguía al Señor para aprender de sus palabras. El problema apareció cuando el Señor les expuso la doctrina de la soberanía divina contrapuesta a la inútil voluntad humana. Esto nos lo narra Juan en su Evangelio, en el Capítulo 6; muchos de sus discípulos se retiraron ofendidos al considerar la palabra del Señor como dura de oír. 

La Escritura usa antropomorfismos y coloca en Dios la pasión humana, como una manera de darnos a entender en nuestro lenguaje lo que el Creador siente y dicta. Pero en ningún momento hemos de entender que porque Dios vio que la maldad de los hombres era muy grande -por lo cual envió el diluvio- Dios llegó a saber algo que no conocía. Conocidas son a Dios todas las cosas desde la fundación del mundo (Hechos 15:18), razón por demás válida para no estar afanosos por nada. Que se afanen los que no conocen a Dios, pero nosotros hemos de pedir con oración y ruego, con acciones de gracias, al Dios que todo lo provee. Él es soberano absoluto y está satisfecho, como Su Hijo también lo está con su trabajo completado en la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:57
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