Martes, 20 de septiembre de 2022

Jesús en la cruz pronunció un párrafo del Salmo 22, como testigo presencial de la profecía cumplida de David. El Salmo 22, escrito siglos antes, ordenaba el escenario para su representación, con un actor principal y una multitud de extras que en su mayoría fungían como perros, como cuadrilla de malignos, como toros de Basán. La boca de ellos semejaba la de los leones rapaces y rugientes, mientras la sed le secaba la lengua al mártir y se adhería a su paladar. 

La voz de los inicuos clamaba venganza, los burladores alegaban que si era hijo de Dios debía ser salvado por ese Dios que proclamaba; Se encomendó a Jehová; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía (verso 8). El Señor se consideró gusano y no hombre, oprobio de la humanidad y despreciado del pueblo (no solamente del Sanedrín); sufrió el escarnio en su hora más aciaga, la de la muerte y muerte de cruz. El desamparo del Padre se vio como una monstruosidad ante el Cordero manso y humilde que voluntario puso su vida por el pecado de su pueblo. No había otra forma de redención, Dios no se equivoca jamás, pero la necesidad de salvar a su pueblo de sus pecados exigía que ese cordero fuese hecho pecado.

¿Por qué me has desamparado? Los discípulos quedaron dispersos y asustados, mientras uno de ellos le había negado varias veces. Todos miraron aquella hora incierta para ellos, se habían acostumbrado a sus prodigios y maravillas pero desearían en el fondo de su alma que se levantara de la cruz, que reprendiera a la multitud junto a los que le dictaron sentencia. Los inicuos se repartieron sus ropas con suertes, en obediencia al dictado del Salmo 22. 

Si alguna persona buscase alguna razón por la cual cree que las Escrituras son la palabra de Dios, podría aferrarse a este Salmo como la prueba de una profecía antigua cumplida a cabalidad y a la letra. Sin embargo, todavía hay quienes imaginan que esto fue escrito después, como quien acomoda el texto a los hechos y no como en realidad sucedió: los hechos se ajustaron al texto, por fuerza de la soberanía absoluta de Dios. El Padre también sufría el destino marcado para el Hijo, pero estaba frente a la prueba glorificante del recorrido heroico de Su Hijo. Necesario el que tuviera que morir abandonado de esta forma, en medio de malhechores, bajo el suplicio romano. Todos debían aguantar unas horas más, unos pocos días hasta el glorificante triunfo sobre la muerte, el último enemigo, la prueba máxima que encendería el motor del evangelio. 

Ver a Jesús resucitado supuso la disipación de todas las dudas; ya no era el místico de los milagros, el Señor de las palabras armoniosas con las que instruía a sus asambleas. No se trataba solamente de un Maestro docto cuya sabiduría asombraba, sin que hubiese estudiado letras. Ahora lo acompañaba la señal de su martirio, sus manos laceradas, el pecho traspasado, la prueba para Tomás dudoso, el estigma que nos recuerda el precio pagado por nuestro pecado. 

El mundo continúa como chacal furioso, con el desprecio en su rostro, con la sonrisa irónica acerca de si en realidad Jesús se creyó muy importante al decir que era el único camino hacia el Padre. Todavía hay gente que diciéndose cristiana sospecha que puede haber otra vía de escape del infierno, que no importa la visión que tengan del Dios en el que creen, que lo importante es que muestren sus almas rastros de bondad. Se han olvidado del resto de las Escrituras, las que dicen que Dios miró a los hijos de los hombres para ver si había algún entendido y encontró que no existía justo ni aún uno. No había quien entendiera ni quien buscara al verdadero Dios; se han olvidado de lo que fue declarado respecto a la raza humana: que había muerto en sus delitos y pecados.

Hoy se habla del Jesús fracasado, al contemplarse el desfile de personas que desprecian su doctrina. Muchos de ellos ostentan el nombre de cristianos, pero despotrican de su soberanía. Lo ven como un pacifista que no pudo vencer el mundo metido en guerras y rumores de guerras, precisamente en nombre de la religión (a veces también la que se denomina cristiana). Sus almas siguen la de aquel ladrón no arrepentido, que le decía que se salvara a sí mismo y que los salvara a ellos si en realidad era el Hijo de Dios. Hoy dicen, si Jesús es el Hijo de Dios, ¿por qué tanta maldad en el mundo? 

Lo ven como si hubiese venido de parte del bien a luchar contra el mal, ese mal triunfante en la historia de los hombres. Por supuesto, si Jesús hubiese venido a luchar contra el mal se vería hoy derrotado, pero su propósito fue la muerte de cruz (el aparente triunfo del mal) por causa del pecado de su pueblo (Mateo 1:21). Recordemos que muchas profecías siguen cumpliéndose al pie de la letra, precisamente las que también han predicho el aumento de la maldad en estos tiempos. Son los tiempos cercanos al fin, como en los días del justo Lot (a las puertas de Sodoma), como en los días de Noé (cuando la maldad fue tanta en la tierra que vino el diluvio). Las profecías anunciaron que el amor de muchos se enfriaría por causa de la maldad de los hombres, de manera que sigue viéndose el posible fracaso de Jesús para los que miran maniqueamente el sacrificio de la cruz. 

Para nosotros, los creyentes, la angustia continúa cerca sin que tengamos gente que nos ayude. Los toros nos siguen rodeando, los leones continúan rugientes buscando a quien devorar. Nuestro vigor se seca y miramos de lejos con cierto temor el polvo de la muerte, como queriendo alejarla de nuestro sendero. Nos horadan el nombre, nos critican por causa de la fe, nos señalan como menos inteligentes que los demás, solamente porque pronunciamos el nombre de Jesús. Oh, si pronunciáramos el nombre de otro dios, de algún maestro espiritual de los que el mundo aplaude, de inmediato se nos animaría a seguir ese otro camino acompañado por multitudes. 

El verso 17 del Salmo 22 señala que Jesús pudo contar todos sus huesos. La costumbre en las crucifixiones romanas enseñaba que a los colgados les partían las piernas para que terminaran de morirse con mucho más dolor, lo cual hicieron con los dos que estaban a cada lado del Señor. Pero cuando llegaron a él comprobaron que ya había muerto, y esa profecía fue respetada, por decirlo de alguna manera, aunque los soldados romanos la desconocían. Eso prueba no solo la veracidad profética de la Biblia sino el hecho de que cada quien sigue un guión que le fue escrito, aunque no lo sepa ni lo haya leído nunca. 

Así parece ser por otros textos de las Escrituras. Yo hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4); es decir, el malo tiene su rol en esta vida y sigue bajo el control del Todopoderoso. Véase Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17:17, para que compruebe el designio divino respecto a la célebre bestia que se adora y se adorará en estos tiempos, una imagen representativa de Satanás, del engendro del mal, de la abominación desoladora que aparecerá. Dios puso en los corazones de los gobernantes de la tierra el dar el poder y dominio a la bestia, de tal forma que los moradores de la tierra se maravillarán por sus prodigios y serán sellados por ella. Esto está decretado desde antes de la fundación del mundo.

Surge de inmediato la pregunta de siempre: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Ante esa interrogante lógica del hombre natural aparece la respuesta lógica del Espíritu de Dios: ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? No eres más que una olla de barro en manos del alfarero; Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, se compadece de quien quiere compadecerse, pero endurece al que quiere endurecer. Ante esta realidad teológica que aparece en la Biblia, David expuso otra verdad bíblica que responde y consuela a los que hemos sido tocados por la gracia de Dios: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:12).

El hombre feliz se sabe perdonado por Dios porque aunque peque (como Pablo lo señaló en Romanos 7) continúa en su santificación. Pablo fue feliz porque pese a la ley del pecado que gobernaba su cuerpo agradecía a Dios por Jesucristo (en virtud de su trabajo en la cruz).  En el Calvario el acta de los decretos que nos era contraria fue anulada (Colosenses 2:14), motivo de la dicha del creyente en Cristo. Nuestras caídas serán como las de Pedro, no como las de Judas; Jesús pidió por Pedro pero no lo hizo por el hijo de perdición.

El Salmo 22 tuvo que cumplirse como profecía sobre el Mesías que padecería en la cruz, para que el Salmo 32 pudiera cobrar sentido en cada creyente. Si nuestros pecados fueron pagados por Jesucristo, nuestra felicidad quedó garantizada. Los hechos históricos del Calvario corroboraron las profecías sobre el trabajo del Hijo de Dios, el Cordero ordenado para tal fin desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20); hoy en día, la bienaventuranza del creyente descansa en el trabajo consumado en la cruz, una vez que fueron perdonadas nuestras transgresiones y que nuestros pecados quedaron cubiertos. 

En esa labor de Cristo como Mediador, él tomó nuestros pecados haciéndose pecado a sí mismo, para otorgarnos la justicia de Dios que es el mismo Cristo. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica, por cuya razón somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó (Romanos 8).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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