Lunes, 19 de septiembre de 2022

Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos (2 Reyes 2:24). La palabra de Dios sigue útil y eficaz, más cortante que espada de dos filos, penetra hasta partir el alma. La palabra del profeta Eliseo fue también la palabra de Jehová, porque un profeta hablaba lo que Jehová le indicaba, así que aquellos burladores recibieron un fuerte castigo de parte de Jehová por mediación del profeta.

Mía es la venganza, yo daré el pago. Estas palabras también pertenecen al Creador de todo cuanto existe, el cual ha hecho al malo para el día malo, para exhibir la gloria de la justicia de su castigo por el pecado. Al escogido ha hecho Dios para exhibir la gloria de su misericordia eterna y eficaz, inagotable y constante. De esto habló David con su poesía, al escribir su célebre Salmo 23: El bien y la misericordia me perseguirán por siempre (así se lee en la Septuaginta griega). El verbo KATADIOKO presupone énfasis con la preposición que carga adjunta (KATA), de manera que el verbo DIOKO (seguir) puede traducirse como perseguir, seguir con énfasis, por estar atado a esa preposición. ¿Qué sentido tiene todo esto? Simplemente que el bien y la misericordia persiguen al justo, al redimido, todos los días de su vida; no solamente lo siguen (como si pudieran detenerse) sino que sin descanso conquistan su cometido: Alcanzar al justo y brindarle su reposo.

Pero la maldad del impío será ampliamente recompensada. Muchas veces nos cansamos de ver a los malhechores rodeados de poder político, militar, policial, económico, acompañados por una alabanza social inmerecida. Clamamos al cielo y la venganza no baja, pero estamos ciertos de que en su día se mostrará el momento de la ira de Dios sobre ellos. Sin embargo, Jesucristo nos dejó una parábola, una enseñanza, sobre la insistencia en la oración. La viuda frente al juez injusto insistía hasta el cansancio, así que ese juez que no temía a Dios y se sentía muy fuerte terminó haciendo justicia para quitarse la molestia de la pobre mujer. 

En esa parábola, Jesús coloca al juez injusto como el referente del Padre Eterno, Juez Justo de toda la tierra. Si un juez injusto fue capaz de hacer justicia, ¿cuánto más no lo hará el Padre Eterno para con sus hijos que claman a él día y noche? La práctica de la oración fue la costumbre de los viejos profetas como Elías y Eliseo, Daniel y muchos otros. También fue un hábito en la iglesia primitiva junto a sus apóstoles, como en un intento por imitar el ejemplo de Jesús y de obedecer sus mandatos de orar y vigilar siempre. 

En la medida en que nos compenetremos con Dios iremos comprendiendo su carácter, su plan de vida para nosotros. No se trata de actuar como Simón el mago, que deseaba aquel poder para imponer las manos en función de su comercio, se trata de vivir en la presencia del Altísimo. La santidad que se nos exige no llega por aislarnos del mundo y vivir bajo los árboles del bosque, llega en la medida en que nos compenetremos con la palabra de Dios y vivamos con el hábito de la oración a diario. ¿Cómo orar? Simplemente hay que empezar a orar: se aprende a orar orando.

Cada día la palabra de Dios se convierte en mi meditación, decía David en otro de sus cánticos. Bien, que sea por igual nuestra costumbre. Dice la Biblia que David era un hombre conforme al corazón de Dios, pero era por igual un hombre de guerra al cual se le prohibió construir el templo de Jehová por su derramamiento de sangre. También fue un hombre con muchos pecados, como lo refleja el Salmo 51. Pero David oraba y vencía en las batallas, triunfó como mandatario, sufrió castigo de parte del Señor pero siempre se deleitó en la alabanza a Jehová. 

El mundo se ha convertido en un entramado de ideas y de celadas para que perdamos el tiempo que, además, se nos agota. Si algo transcurre y no vuelve es el tiempo en el cual vivimos; Dios vive fuera del tiempo porque su eternidad se lo permite. Nosotros fuimos creados con espacio y tiempo, debemos estar sujetos a la sintaxis física que se muestra por igual en nuestra sintaxis gramatical y de cualquier otro tipo. Así que nos conviene redimir el tiempo, y la única forma de su redención se obtendrá al seguir los pasos del Señor. 

Recordemos que nuestra santidad significa nuestra separación del mundo. El verbo santificar tiene en su étimo la idea de separación; al nosotros no ser del mundo estamos santificados, pero se nos exige cada día nuestra cuota de separación (santificación) así como Dios es Santo. Dios no está ligado al mundo y sus deseos, pero se ha escrito que nosotros tampoco somos del mundo; si fuésemos del mundo, dijo Jesucristo, el mundo nos amaría porque el mundo ama lo suyo. El entramado mundano tiene armas nuevas y poderosas: los medios de comunicación masivos o medios digitales. Ellos son capaces de entretenernos en forma neurótica, de manera tal que nos levantamos y tomamos nuestros teléfonos para enterarnos de las noticias que otros que madrugaron escriben, en una suerte de carrera por seguir y tener seguidores. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad.

Para redimir el tiempo conviene escudriñar las Escrituras, donde nos parece que está la vida eterna. Eliseo supo esa verdad al andar con su maestro Elías. Quería una doble porción de su espíritu y lo consiguió por su amor al Dios que los cobijaba. Nosotros no necesitamos la doble porción del espíritu de Elías, tenemos al Espíritu Santo con nosotros, como si se nos hubiese injertado. Lo que necesitamos ya lo tenemos, simplemente debemos ejercer el compromiso adquirido, comenzar o seguir con el orar y vigilar siempre. 

Si cada creyente escribiese secretamente un cuaderno de oración, un informe de lo que pide y de lo que recibe, tendríamos libros de literatura fantástica. Pero somos desordenados y desganados, acudimos a Dios en oración en momentos de emergencia, para después imaginar que la salida dada ocurriría de todos modos, oráramos o no oráramos. El mundo nos atiborra con sus ideas, así que no queda espacio para la alabanza al Dios que responde nuestras oraciones. Pero la paciencia divina hace que tomemos conciencia de nuestra responsabilidad: los osos de Eliseo están guardados, que no se despierten contra los hijos de Dios.

Mucha gente no le creyó a Eliseo que su maestro Elías había ascendido al cielo en un carruaje de fuego; lo insultaron llamándolo mentiroso (el denotativo calvo implicaba ser un cabeza hueca, en la lengua antigua). Los osados agresores recibieron castigo por mediación de las osas, pero el pueblo no aprendió la lección. Tiempo después caería Samaria por mano de los asirios, porque no reconocieron la autoridad de Eliseo con el manto de Elías. Parece ser que muchas veces el castigo de Dios endurece más al infiel (al justo lo endereza, como el Padre castiga al hijo para enmendarlo); vemos en Apocalipsis que después de muchas plagas las personas no se arrepintieron de las obras de sus manos, de la confección de ídolos, con lo cual rendían tributo a los demonios: tenían imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las que no pueden ver, ni oír, ni andar; no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos (Apocalipsis 9: 20-21). 

El Israel apóstata en la historia frecuentemente recibía advertencia de sus profetas, pequeños castigos de parte de Jehová (cómo esta gente con la intervención de las osas), pero la maldad que ha atrapado al alma humana no le deja ver con amplitud el daño por el pecado. De esa manera insiste en el pecado y viene la catástrofe. Pablo advierte a la iglesia contra los ídolos, diciéndonos que un ídolo es nada, pero pese a ello hace mucho daño. Ese daño se da porque lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20).

Hoy día la gente se hace imágenes mentales de lo que debe ser Jesús, de su dios hecho a imagen y semejanza de su cultura. Eso también es idolatría, aunque se diga que lleva el nombre Jesús o Jehová, que se usa la Biblia para estudiarlo o se le cantan himnos de adoración. Una imagen que separa a Dios de las Escrituras para hacerlo más llevadero ante las masas, viene como figura forjada y desgarrada de las páginas de la Escritura. Los israelitas después de ver a Jehová en sus milagros, adoraron al becerro de oro. También otras personas con argucias sostienen que sus retratos son apenas un recordatorio para orar pero nunca un ídolo. Bueno, lo mismo se podría haber dicho sobre Diana de los Efesios, que esa estatua griega era apenas un recordatorio y no era Diana en realidad. Pablo enfatiza en que esa veneración (rendir culto a la persona o cosa que se considera divina) se hace no ante una imagen de algo muerto o inútil, sino ante los demonios (los que están detrás de la imagen, los que incitan a tal adoración). 

Cuánta falta hace examinar las Escrituras hoy día, muchos ya no consideran que en ellas está la vida eterna. Los discípulos reseñados en Juan 6 tenían una imagen de lo que debería ser Jesús, pero se retiraron con murmuraciones bajo el alegato de que la palabra del Señor les resultaba dura de oír. Se ofendieron y se marcharon, porque el Jesús que veían y escuchaban no calzaba con el ídolo que se habían forjado en sus mentes. Así de astuto es el maligno, apenas basta con salirse de la realidad presentada por las Escrituras, so pretexto de una breve modificación de sus palabras, con la intención de hacerla más suave, para que de inmediato los demonios se muevan entre bambalinas con la idea del nuevo Jesús. No en vano Juan también le dio a su iglesia una clara advertencia al respecto: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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