Mi?rcoles, 14 de septiembre de 2022

Si Dios ama, no odia; pero si odia, no ama. Así de simple, Dios no vacila en su propósito, por lo cual Pablo escribió que aquel amor por Jacob lo tuvo Dios desde antes de formarlo o de que fuera concebido. Como sabemos por sus epístolas, fuimos amados (elegidos) desde antes de la fundación del mundo (Efesios). Lo mismo debe acontecer para los réprobos en cuanto a fe, como sería el caso de Esaú, los cuales son odiados desde antes de ser concebidos, antes de que hiciesen obra buena o mala (Romanos 9). Esa continuidad en el amor divino, o en el odio que el Ser Supremo pueda tener, no se intercambia en sus objetos. No puede un creyente ser amado y odiado por Dios, como sucede en las canciones de despecho. Dios no miente, siempre es un sí y un amén.

La inmutabilidad del Creador nos da confianza frente a la vulnerabilidad de nosotros. Podemos cambiar de opinión a cada rato, nuestras emociones nos suben y nos tumban, por lo que podría suceder que lleguemos a pensar que nuestros estados de ánimo obedecen al cambio de humor en el Creador. Nada parecido con la realidad teológica, la cual nos introduce en el terreno de la confianza respecto a lo que Dios ha decretado. Esperanza que no avergüenza, como señala la Escritura, para que vivamos quieta y reposadamente.  Pablo escribió: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

Judas Iscariote iba conforme lo habían decretado las Escrituras, para cumplir el propósito del Hacedor de todo. Algunas personas atrevidamente sostienen que Judas fue perdonado por cuanto se arrepintió, pero Jesús dijo de él que era un diablo. Diablo o cabra jamás será oveja (Juan 10:26). Caín era del maligno, el Faraón de Egipto fue levantado para exhibir el poder de Jehová en toda la tierra, los que adoran a la bestia jamás fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, de acuerdo a Apocalipsis 13:8 y 17:8. Esos réprobos fueron ordenados para tropezar en la piedra viva que desecharon los edificadores (1 Pedro 2:8). 

Y si Dios ordenó para muerte eterna a muchos, también ordenó para vida eterna a otros. Ese destino no cambia por nada, ya que Dios no es hombre para que mienta o se arrepienta. Justo resulta añadir que el conocimiento del siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11). Ese conocimiento viene de muchas formas: 1- Por su reporte cuando se escucha (Isaías 53:1) ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? Ese anuncio es el evangelio, un mensaje de amor y de gracia en relación al Mediador Redentor, evangelio que nos da a conocer que él llevó nuestra aflicción, que pagó por nuestras iniquidades, que nos impartió su justicia, que nos ha dado su fe, que expuso su doctrina como la misma de su Padre. 2- Por la enseñanza del Padre, cuando habiendo aprendido somos enviados hacia el Hijo (Juan 6:45). 3– Por la manifestación del brazo del Señor Jehová, con el poder de salvación escondido para muchos pero desplegado a los elegidos del Padre (Isaías 53:1). 

La elección para gracia presupone una no elección de los otros, ya que si el Padre eligió a unos se implica que no eligió a otros. No existe oportunidad alguna para que el dejado de lado (como algunos teólogos gustan decir) se auto elijan. Tampoco hubo un pasar por alto, como otros teólogos acostumbran informar para hacer a Dios menos activo en la condenación. Lo mismo puede decirse con un ejemplo en sentido contrario: si Judas Iscariote fue elegido como hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese, se supone que los once restantes no pudieron ser escogidos para tal fin. Así que la elección de algunos para vida indica que existe elección de muerte para otros. De lo contrario, Jesús habría muerto por todos, sin excepción, para que todos fuesen salvos sin impedimento alguno.

Existe una falacia muy peligrosa que consiste en asumir que basta con creer en el nombre de Cristo para que seamos salvos. Resulta una falacia tal afirmación por cuanto se renuncia al conocimiento de la doctrina de Cristo, como si esa parte intelectual fuese una obra humana que no hemos de aportar. La trampa de ese razonamiento radica en que dejamos de lado la médula del evangelio para incorporar la forma externa del mismo. Jesús no solo sanó enfermos sino que invirtió mucho tiempo en exponer la doctrina de su Padre, de la cual Pablo menciona que hacemos bien en ocuparnos de ella. Juan, por su parte, escribió que hemos de vivir en la doctrina de Jesucristo, de lo contrario manifestaríamos que no tenemos ni al Padre ni al Hijo. Así que la falacia se muestra evidente: asumir a Jesús como un nombre vacío de doctrina, bajo el pretexto de que importa que lo amemos.

Pero Jesús dejó dicho que no podíamos llamarlo Señor si no cumplíamos sus mandamientos. Uno de esos mandamientos se abre ante nosotros a cada instante: Escudriñad las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mí. Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas está la vida eterna. Esas Escrituras relatan la razón de la venida de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección, de lo que vino a hacer en favor de su pueblo (Mateo 1:21). Los fariseos recorrían la tierra en busca de un prosélito, pero al encontrarlo lo hacían doblemente merecedor del infierno de fuego. La razón de esa funesta realidad se debía a que ellos ignoraban la doctrina (el cuerpo de enseñanzas) de Dios y el nuevo prospecto también, así que al convertirse transitaba desde una mentira hacia otra mentira.

La Biblia también refiere a los ciegos que guían a otros ciegos (parece que ambos caen en el mismo hueco). Una persona sin el conocimiento del siervo justo hará partícipe de su creencia a un prosélito, pero será de una creencia sin el conocimiento respecto a ese siervo justo. Poco importa que lo llamen Jesús, que hablen de su vida, muerte y resurrección (también los demonios saben esas cosas). El Espíritu Santo lleva a los suyos a toda verdad, por lo tanto no los dejará en la ignorancia respecto al propósito de la vida y obra de Jesús. 

Jesucristo agradeció al Padre por los que le había dado y por los que le daría, pero agregó que estos últimos vendrían a él por la palabra de aquellos primeros apóstoles. Esa palabra incorruptible, del testimonio fiel (lo que hemos visto y oído, lo que palparon nuestras manos respecto al Verbo de Vida -en el decir de Juan), funciona para atraer a los que habrán de ser salvos.  La palabra corruptible, a medias, combinada de un poco de verdad pero apuntando hacia la mentira, jamás llevará un alma a Cristo. 

Jesucristo nos dio ejemplo en cuanto a la predicación, si leemos Juan 6 veremos su modelo. Los que lo seguían (por tierra y mar) se habían alimentado de los panes y los peces producto de un milagro del Señor; ellos estaban admirados por sus palabras generales en cuanto a ética, en cuanto a su oración al Padre para realizar su prodigio ante la multitud; pero se escandalizaron cuando oyeron que nadie podía venir a él si el Padre no lo enviaba, si el Padre no lo había enseñado primero (y que después hubiesen aprendido), como señala el verso 45 de Juan 6. Ofendidos generalizaron, se apresuraron y profirieron una falacia: ¿quién puede oír esa palabra dura? Si ellos no podían resistirla, nadie podría escucharla.

El Señor les recalcó lo mismo (unas tres veces se menciona su énfasis en ese relato), sin abaratar su evangelio. No se acomodó a la multitud porque Jesús no buscaba ni busca prosélitos, ya que él no iba a morir por ellos ni por muchos que nunca recibirán la palabra con un corazón abonado, al estilo de la parábola del sembrador. El Señor se volteó a los doce y les preguntó si ellos querían irse también; les señaló que él los había escogido a los doce pero que uno era diablo.

En los primeros siglos del cristianismo hubo ataques diversos a la doctrina bíblica. A Jesús se le atacó en especial sobre su persona: decían que no era eterno, que no era consubstancial con el Padre; otros opinaban que era una creación de Dios, que era una modalidad de la divinidad. En muchos concilios se refutaron esas herejías, como aquella de Pelagio referente a que Jesús era apenas un ejemplo moral a seguir. Hoy día pocos atacan la persona de Jesús, pero una gran mayoría de la mal llamada cristiandad ataca la obra de Cristo. ¿Cómo la atacan? Diciendo que su trabajo en la cruz fue realizado por todo el mundo, sin excepción. Sacan textos fuera de contexto para dar a probar sus falacias. 

El viejo Pelagio partió con un doblete herético: el hombre tiene libre albedrío y Jesús apenas era un modelo ético. La iglesia de turno lo expulsó y condenó sus herejías. Poco después, con cambio papal, Pelagio vuelve arrepentido respecto a lo dicho sobre la persona de Cristo y la iglesia de esa época lo incorpora, pero asume como dogma el libre albedrío humano del cual Pelagio había sido inspirador. Así vemos que, si el hombre posee libertad de decisión, cobra sentido que decida su futuro eterno. Esa es la prédica constante de los seguidores de Arminio, un peón de los jesuitas en su lucha contra la Reforma Protestante. Arminio enseñó la tesis de Roma, así que la mayoría de las llamadas iglesias protestantes de hoy en día siguen sus líneas. 

Esgrimen la dualidad como sustento teológico, dualidad entre libertad y responsabilidad. Preguntémosle a Judas Iscariote si fue libre para decidir contra las Escrituras (iba conforme a ellas, exclamó Jesús); preguntémosle a Esaú si pudo resistirse a la voluntad de Dios. El objetor que Pablo levanta en su Carta a los Romanos nos deja claro que comprendió el argumento del apóstol, por lo cual se dispuso a altercar con el Creador: ¿Por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Es decir, él comprendió que Esaú nunca fue libre para rebelarse a Dios, para oponerse a lo que había decidido respecto a él: odiarlo desde antes de que hiciera bien o mal. Por esa razón se instala en el argumento de la dualidad: Dios no debe culpar a Esaú si éste no fue libre para hacer lo que hizo. ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera, dice el capítulo nueve de Romanos.  

Ese objetor, pese a que no descartó por completo la tesis de la dualidad en teología, supo de una vez que el hombre no posee libre albedrío. Pero la necedad continúa por los siglos y el evangelio antropológico o humanista la asume como bandera: el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad quien lo corrompe; el hombre nace libre y sigue siendo libre ante el Creador, así que puede decidir su destino. Incluso, Luis de Molina, sacerdote jesuita, apoyó tal tesis al sugerir que el Todopoderoso se despoja por un momento de su soberanía absoluta para que la criatura endeble se sostenga con plena libertad y pueda tomar su decisión final.

Todo esto suena a cuento de hadas, pero esa teología agrada los oídos de las multitudes que dicen amar a Jesús en su corazón, si bien confiesan que no entienden mucho su doctrina y dejan ese entendimiento en manos de su maestros y teólogos.

Spurgeon se opuso a lo que Pablo declaró en Romanos 9, al interpretar que Jacob fue salvado de gracia pero que Esaú fue condenado por vender su primogenitura. Se saltó el texto que le incomodaba y terminó con su célebre blasfemia a Dios: Mi alma se rebela, se subleva (o a mi alma le da asco, de acuerdo al verbo usado revolt) contra aquella persona que coloque la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios (Sermón sobre Jacob y Esaú). Pues bien, su alma se rebeló contra el Espíritu Santo, o a su alma le dio asco el Espíritu Santo por haber colocado la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios, ya que fue ese Espíritu quien inspiró al apóstol a escribir lo que la Carta de Romanos dice.

Parece ser que no solo a los discípulos de Juan 6 les molestaba la soberanía de Dios, también les molestó a muchos a través de los siglos de cristianismo (como le sucedió a Pelagio, a Arminio, a Spurgeon, etc.), y todavía sigue fastidiando a otros. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Pero si oyereis hoy su voz (su palabra) no endurezcáis vuestros corazones (Hebreos 3:7-8). Si no te pareciere dura esta palabra, ¿será que habrás creído en su anuncio?

Se argumenta en contra del conocimiento bíblico o de la doctrina de Cristo el hecho de que eso serviría como obra para la salvación. Error grave suponer tal cosa, ya que el Espíritu de Dios no nos dejará en la ignorancia del evangelio. Una vez redimidos por su gracia, por medio de la predicación del evangelio de Jesucristo (predicación que incluye la información necesaria respecto a la persona y obra del Señor), el Espíritu vivificará a aquellos ordenados para vida eterna. ¿Cómo oiremos si no hay quien nos predique? ¿Cómo invocaremos a aquel de quien no hemos oído nada? La predicación del evangelio forma parte de la ecuación de la salvación. Pero no funciona el conocimiento bíblico como obra de redención, más bien viene como consecuencia de ésta.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 22:31
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