Lunes, 12 de septiembre de 2022

Jeremías define el corazón del hombre caído, el del muerto en delitos y pecados, hablándonos de su perversidad y engaño, con la interrogante retórica de quién podría comprenderlo. Ezequiel, por el contrario, nos define el corazón del hombre nuevo, del redimido, el circuncidado por Dios, pintándolo de una manera opuesta al de Jeremías. Son dos corazones antagónicos los que se muestran en La Escritura, dos seres humanos en oposición, la cabra y la oveja, el hijo de Satanás y el hijo de Dios. 

El problema se presenta cuando aquellas personas que, en la suposición de que fueron redimidas porque militan en alguna religión con el tinte de cristiana, se muestran a sí mismas como poseedoras del corazón malvado descrito por el profeta Jeremías. Imaginan que mientras más contrición hagan mayor espiritualidad alcanzan, hacen confesiones privadas y en ocasiones en sus asambleas para demostrar cuán arrepentidos están y cuánta piedad los ha cubierto. Pareciera que cayeran en una especie de mística religiosa, con llanto, con lamento, con el deseo de dar a entender que el Espíritu batalla con ellos y prosiguen adelante.

Esto recuerda el alma religiosa de los fariseos, los que guardaban la letra de la ley pero no su espíritu. La Biblia testifica con certeza que Dios nos ha dado un corazón de carne a cambio del corazón de piedra que teníamos por naturaleza. Nos ha añadido un espíritu nuevo para amar el estar en sus estatutos. Por si fuera poco, nos dice que el Espíritu nos anhela celosamente, que se contrista en nosotros si pecamos, que nos ayuda aún en nuestras oraciones y que mientras nos conduce a toda verdad nos testifica ante nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). 

Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas van siendo hechas nuevas (2 Corintios 5:17). El viejo corazón también pasó y se hizo nuevo, de inmediato, por operación sobrenatural, no por voluntad de varón sino de Dios. El Espíritu de Dios no lucha en nadie, como si batallara con alguien que pudiera resistírsele. Ya lo escribió Pablo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9, al indicarnos que nadie puede resistirse a la voluntad divina. Oponer resistencia implica tener algo de fuerza que contrarreste el poder que se nos viene encima; así que el objetor de Dios reconoció que le era imposible a Esaú (y con él a todos los réprobos) el oponer resistencia al Todopoderoso. 

No es el Espíritu de Dios el que le dice al hombre caído que él debe luchar contra la maldad como para ganar la batalla contra el infierno. Mucho menos ese Espíritu le dirá al redimido que ha perdido su salvación, o que está a punto de perderla, o que si se esfuerza por no pecar alcanzará más gracia. Esas son ideas religiosas pero nunca del Espíritu Santo. El llamamiento de Dios y sus dones son irrevocables (Romanos 11:29). Precisamente, el verso siguiente lo utiliza Pablo para comparar los dos estatus del individuo que ha nacido de nuevo: el de perdido y el de redimido (nosotros fuimos en otro tiempo desobedientes a Dios, pero ahora hemos alcanzado misericordia). 

El texto de Jeremías referido al corazón perverso habla del incrédulo, del malvado que no tiene cura por sí mismo. ¿Podrá cambiar su corazón como si el etíope pudiera cambiar su piel? ¿Mudará su corazón como si el leopardo mudara sus manchas? Imposible, pero por la gracia de Dios aparece el corazón de Ezequiel, el de carne, en sustitución de ese petrificado descrito por Jeremías. 

Y el corazón del hombre caído siempre fue malo, desde el principio del pecado en el Edén. En el Génesis 6:5 leemos que Jehová vio la maldad de los hombre que era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal. Una descripción tétrica hace la Biblia sobre el corazón caído: Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún corazón entendido que buscara a Dios. Todos se desviaron, se corrompieron, sin que hubiese uno que hiciera lo bueno; están sin discernimiento (Salmo 14:2-4). El camino del impío es como la oscuridad; no saben en qué tropiezan (Proverbios 4:19). 

Sí, el fruto del impío es para pecado, su boca habla perversidades. El hombre caído se envaneció en sus propios razonamientos, se hizo necio, ha sido entregado a la inmundicia, a la concupiscencia de su corazón. Dios lo entregó a pasiones vergonzosas, para que recibiera en sí mismo la retribución debida a su extravío. Agrega la Biblia que no tiene conocimiento aquella persona que erige el madero de su ídolo, el que ruega a un dios que no salva (Isaías 45:20). Este texto habla mucho, así que conviene meditarlo.

El dios que no salva se tiene como un ídolo, ya que el Dios de las Escrituras salva y condena porque es un Dios vivo. El otro dios, apenas aparece como una ficción, una ilusión dibujada en el Edén bajo el siseo de la serpiente. Cualquier maqueta que se tenga de lo que debe ser Dios, lo que no corresponda a lo que en realidad es de acuerdo a las Escrituras, pasa a ser un ídolo. Sabemos que lo que la gente sacrifica a sus ídolos (incienso, desfiles, alabanza, plegarias, adornos, etc.) a los demonios sacrifica.

La idea de un Cristo que murió por todos, sin excepción, en violación a lo que señalan las Escrituras, implica la idea de un ídolo llamado Jesús. Poco importa que lo vistan con textos bíblicos, que le entonen cánticos espirituales, o que se le rinda tributo de obras de buena intención. Eso se considera obra idolátrica, así que será por igual una obra del corazón depravado. 

Ningún creyente de verdad podrá decir que tiene un corazón perverso, ya que el solo decirlo lo delata como alguien que no tiene el Espíritu de Dios, por lo cual ese Espíritu no ha testificado a su espíritu de que es de Dios. Pareciera que esa gente en su mente sigue siendo enemiga del Dios eterno, que no ha sido jamás reconciliada y continúa con sus malas obras (Colosenses 1:21). El seudo piadoso, el seudo humilde, podrá esmerarse en sus peroratas puritanas, como si sus contriciones por el pecado simularan la batalla del Espíritu dentro de ellos y les diera seguridad de redención. La Biblia ha sido enfática en relación al corazón del creyente: Yo les daré un corazón nuevo, y colocaré un espíritu nuevo dentro de ti. Quitaré el corazón de piedra y te daré uno de carne. Y pondré mi Espíritu en ti, para que ande en mis estatutos y los pongas por obra (Ezequiel 36:26-27).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:36
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