Martes, 02 de agosto de 2022

Aunque muchos hablen de las doctrinas de la gracia, en plural, podemos ubicarlas a todas en un mismo paquete. Es decir, al hablar de la doctrina de la gracia comprendemos en ella la elección, la expiación, la representación en la cruz, la preservación de los Santos, la irresistible fuerza de regeneración del Espíritu Santo, etc. Conviene destacar que aquellos que no creen en la doctrina de la gracia, en todos sus componentes, no han sido regenerados. El Espíritu de Dios no deja en la ignorancia al sujeto renacido, ya que nos lleva siempre a toda verdad. Por otro lado, Dios se lleva toda la gloria en el proceso de la redención, así que no va a ocultar aquello que Él hizo para alabanza de su nombre.

Mal pueden aquellas personas que suman a la gracia la obra del hombre, reconocerse como creyentes. Como Pablo afirmó: si por gracia, ya no es por obras, de otra manera la gracia no sería gracia. La herejía se produce por la opinión privada respecto a la significación pública de las Escrituras; un hereje siempre producirá razonamientos equivocados para garantizarse su manera particular de torcer las Escrituras. No puede existir herejía sin herejes, de manera que cuando no se vive en la doctrina de Cristo no se tiene ni al Padre ni al Hijo.

El hombre natural siente repugnancia por la doctrina de la gracia. Claro, algunos sostendrán que ellos creen en la gracia de Dios, pero rechazan la injerencia del Todopoderoso en la condenación de las almas. Sostienen, más bien, que un Dios de amor no creará almas para que padezcan eternamente en un infierno de dolor. De igual forma, afirman que la equidad enseña igualdad de oportunidades para todos; así que Dios sería injusto si el Hijo no murió por todos, sin excepción. Ni que decir respecto a los que se enervan contra el Hacedor de todo, cuando leen Romanos 9. 

En tal sentido, ¿quiénes condenan el arminianismo como doctrina? Muy pocos, sin duda, ya que como corriente humanista propone una paridad entre la criatura humana y su Creador. Bajo ese sistema doctrinal (sustentado con la tesis de Luis de Molina), Dios envió a su Hijo a morir por todos, sin excepción, mientras el hombre se hace responsable en la medida en que goza de libertad para la decisión (libre albedrío). Ver a Dios condenando de antemano (o predestinando para salvación de antemano) sería algo injusto. Claro está, no objetan nada contra el amor de Dios por Jacob, aunque condenan el odio de Dios por Esaú. La única forma de aceptar tal odio se daría siempre y cuando Dios mirara en las malas obras de Esaú.

¿Y quién no pensaría que ese sistema arminiano de análisis no es justo? El objetor levantado en Romanos 9 sale en defensa del pobre de Esaú. Esa defensa ha sido analizada por siglos, de tal modo que aún los predicadores de la gracia se han sumado a la acusación de injusticia en Dios. Spurgeon, por ejemplo, un alto defensor de la tesis de la gracia, dentro del protestantismo, expresó que su alma se rebelaba y se oponía, de manera ofuscada, contra aquel que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Es decir, Spurgeon objetó con gran vehemencia al Espíritu Santo, el cual inspiró al apóstol Pablo a escribir las líneas de Romanos 9. 

¿Cómo puede morar el Espíritu Santo en un alma que contraría la Escritura? ¿Cómo puede el Espíritu de Dios morar en el corazón del que odia la doctrina de Cristo? ¿Cómo podrá alguien invocar a aquel de quien jamás ha oído? La doctrina de Cristo se hace esencial como testimonio de la redención del creyente, por lo que Juan escribió que quien no habita en ella no tiene ni al Hijo ni al Padre. Agregó el apóstol que quien le dice bienvenido al que no trae tal doctrina también participa de sus plagas (2 Juan 1:9-10). Habría que señalar a Juan como una persona sin amor, cismática, o tal vez como alguien que se ocupaba de asuntos no esenciales en materia de salvación. Justo resulta resaltar que la inconsistencia doctrinal no puede ser vista como feliz, sino como una carencia de redención.

De nuevo toca repetirlo: Dios no nos exige conocimiento previo para poder ser regenerados. Ah, pero de la manera como interviene el Espíritu en forma sobrenatural, asimismo esa unción nos impide seguir en la ignorancia respecto a Cristo y su doctrina, la misma doctrina del Padre. El que cree en la doctrina de la gracia también asume que Dios decretó todo cuanto acontece (el que decretó el fin hizo lo mismo con los medios). Creemos que Él nos escogió desde antes de la fundación del mundo, que Dios es quien mata y mantiene vivo, el que hiere y el que sana, que no hay nadie que nos pueda librar de su mano (Deuteronomio 32:39). 

Job nos dice que si Jehová derriba no habrá quien edifique; suyo es el que yerra y el que hace errar. Hace andar despojados de consejo a los consejeros, y entontece a los jueces (Job 12:14-17). El salmista exclamó: Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmo 115:3). Aún la suerte echada en el regazo depende de Jehová para que decida su favor  (Proverbios 16:33). Estamos frente a un Dios con un poder inconmensurable, ante el cual nos conviene humillarnos. Jehová mira de lejos al altivo, pero ama la humildad entre las gentes. Él es el Dios que declara las cosas nuevas antes de que acontezcan (Isaías 42:9).

Dios no necesita averiguar el futuro por cuanto Él lo ha decretado; no sale a mirar por el túnel del tiempo para descubrir lo que los corazones de los hombres se han propuesto. Aún Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, de manera que el Señor lo escogió siendo Judas un diablo para que hiciera el trabajo que las profecías habían anunciado. Así que Pablo ha declarado que fuimos hechos todos de la misma masa (contaminada por el pecado), pero que aún antes de que el pecado aconteciese ya Dios se había propuesto amar a Jacob y odiar a Esaú, independientemente de sus obras buenas o malas. Pedro atestigua que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (antes de Adán, por tanto, antes del primer pecado humano). Esto lo dice el apóstol en 1 Pedro 1:20, lo cual nos lleva a considerar que Adán tenía que pecar, ya que de otro modo no se hubiese manifestado el Cordero preparado para tal fin. 

¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? (Lamentaciones 3:37-38). Una lectura detallada del capítulo 6 del Evangelio de Juan nos convendría, para pensar con detenimiento el acto soberano de Dios en materia de redención. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6:37). Les he dicho que nadie puede venir a Mí, a no ser que el Padre que me envió lo traiga (Juan 6:44, 65). Pero muchos de sus discípulos que lo seguían, por mar y tierra, los que habían disfrutado del milagro de los panes y los peces, se ofendieron con esas palabras y alegaron que eran duras de oír. Se retiraron de él dando murmuraciones, como hacen hoy día los que detestan la soberanía absoluta de Dios. Se retiran de él pero hacia alguna secta donde se venere algún ídolo llamado Jesús y que haya muerto por todos, sin excepción.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:06
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