Mi?rcoles, 27 de julio de 2022

Muchas personas influenciadas por la teología de Roma, bajo la égida de Jacobo Arminio, inspirado en el enfoque jesuita, sostiene que el hombre fue afectado por Adán, pero que enfermo no ha muerto. Es decir, Adán no dañó en forma absoluta a la humanidad con la caída, lo cual hace posible para el hombre acudir a Dios. Suena interesante, por cuanto el mito religioso del libre albedrío se mantendría en pie con esta tesis. 

Pero la Escritura nos dice que nuestra justicia se asemeja a trapos de mujer menstruosa, que somos llevados por el viento exhibiendo nuestras iniquidades. Agrega que el Señor escondió su rostro de nosotros (la humanidad) abandonándonos a nuestras maldades (Isaías 64:6-7). Nuestra impureza se propagó en forma natural, como si los genes portaran la información para hacer el mal. Esto implica que no existe la posibilidad de limpieza excepto por la sangre de Cristo. La impureza natural humana, su orgullo y vanidad, resaltan como una abominación a Jehová. 

Por esa razón, el Señor expuso su doctrina a muchos de sus seguidores que decían creer en él. De hecho, la Biblia los llama sus discípulos (Juan 6), pero Jesús les dijo que ninguno podía venir a él a no ser que el Padre lo trajese (Juan 6:44). Esto indica que la incapacidad natural humana le impide siquiera acercarse a Dios, de manera que la mortandad del espíritu se ha extendido a toda la raza humana. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero). En realidad, no hay quien haga lo bueno (Romanos 3:9-12).

Frente a esta declaratoria bíblica, la esperanza humana se torna hacia el cero. Aquellos religiosos que intentan seguir a Cristo, sin haber sido enviados por el Padre, lo hacen bajo la murmuración contra la doctrina del Hijo. A estas personas les parece cosa dura de oír las palabras del Señor, en especial lo que refiere a la soberanía absoluta de Dios. Ellos toleran el mensaje ético, están dispuestos a seguir con los rituales aprendidos en sus congregaciones, pero no se les nombre que Jehová odió a Esaú antes de que hiciese bien o mal porque esa doctrina los ofende.

De inmediato levantan sus puños contra las palabras de la Escritura, abjuran de tal Dios y agregan que un Dios de amor no puede odiar a la criatura sin darle antes una oportunidad. Incluso uno de sus grandes predicadores (Spurgeon) aseguró que su alma se rebelaba contra aquel que colocara la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Pues bien, parece ser que quien colocó esa sangre a los pies de Dios fue el Espíritu Santo al inspirar a Pablo a escribir Romanos 9. Esto se puede comprobar en uno de sus sermones, el cual se llama Jacob y Esaú, que está en las red y que forma parte de sus obras completas. 

Fue John Wesley, el metodista, quien aseguró que semejante Dios sería alguien peor que un diablo, alguien semejante a un tirano, un ser abominable. Bien, estos son dos predicadores emblemáticos: uno, defensor del calvinismo, el otro defensor del arminianismo. Así que no es de extrañar que aquellos viejos discípulos de Jesús, los que comieron de los panes y los peces frente al mar, se hayan escandalizado y ofendido por las palabras duras de oír proferidas por Jesucristo.

Ciertamente, los que están en la carne no tienen la capacidad de agradar a Dios (Romanos 8: 5-8). Y es que el hombre natural se encuentra impedido de discernir las cosas que pertenecen al Espíritu de Dios, ya que las toma como locura (1 Corintios 2:14). En cambio, cuando el Espíritu Santo intenta regenerar el corazón de una persona, nadie está en capacidad de resistirlo. Esa actividad sobrenatural no depende ni está sujeta a voluntad de varón, ni de carne ni de sangre. Más bien, el Espíritu hace como quiere (los dones y el llamamiento de Dios son irresistibles). Cuando la Escritura habla de que hay gente que resiste al Espíritu Santo se refiere al llamado general de la Escritura: el arrepentirse y creer el evangelio. Eso es parte del deber ser humano en todo tiempo, pero no presupone Dios que el hombre se encuentre hábil para hacerlo.

Entonces, muchos se molestan contra la Escritura y repiten la vieja pregunta: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Vemos que el mismo objetor levantado en Romanos 9 reconoce la imposibilidad de resistirse a la voluntad divina, así que aunque se molesta por la soberanía de Dios la acepta a regañadientes. El hombre no es más poderoso que Dios, ni puede torcer la voluntad suprema. Dios, en cambio, se lleva la gloria de la redención (de su aporte de gracia y misericordia) y también la gloria de la condenación (al endurecer corazones que fueron destinados como réprobos en cuanto a fe). El Faraón de Egipto viene como una muestra de esto último, si bien Moisés representa la muestra de lo primero. La Biblia también nos mencionó el par que ilustra esta teología: Jacob y Esaú. 

Dios no lleva al cielo a nadie que niegue su doctrina, a ninguno que no la crea. Dios no abarata su mensaje para que los réprobos sean liberados de su condenación; simplemente el Espíritu Santo conduce a toda verdad a los que son suyos. Y es que Dios no depende del hombre, ni se frustra por su rebeldía. ¿No dijo Jesucristo que todo lo que el Padre le da vendrá a él? Acá vemos que no hay posibilidad de que algunos de ellos no vengan a Cristo o que no sean resucitados en el día postrero. Al contrario, lo que afirma refiere a la totalidad de las personas que son enseñadas por Dios, las que habiendo aprendido vendrán al Hijo (Juan 6:37,45).

Los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, habiendo creído en evangelio de gracia, fuimos justificados por Cristo. Todas las cosas nos ayudan a bien, por haber sido llamados conforme a su propósito. Dios nos amó, nos predestinó, nos llamó y justificó, pero también nos glorificó. Por esta razón somos más que vencedores. Habiendo sido sellados con el Espíritu de verdad, ¿quién podrá condenarnos? Pero fuimos sellados después de haber oído el evangelio de la Palabra de Verdad (no el evangelio anatema), y de haberlo creído para alabanza de la gloria de Dios (Efesios 1:13-14). Por esta razón nos alegramos, ya que el que comenzó en nosotros la buena obra la terminará hasta el final. 

No nos olvidemos de lo que la Escritura asegura respecto a la muerte de Cristo: murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese pueblo fue elegido desde antes de la fundación del mundo y ordenado para creer en el tiempo aceptable: (Hechos 13:48; Hechos 2:47). El corazón del evangelio gira en torno a la expiación de Jesucristo. Urge comprender esa expiación, para conocer quién es el pueblo del Señor que vino a redimir. ¿Cree usted en la salvación condicionada solamente en el trabajo de Jesucristo? ¿Combina usted su trabajo con el de Jesucristo en la cruz? En otros términos, ¿cree usted que Cristo hizo su parte pero que usted debe hacer la suya para ser salvo? Porque a esto último se le llama trabajo conjunto, implica que a la justicia de Cristo usted le añade la suya propia (Romanos 10:1-5). 

No podemos creer que el hombre fue afectado por la caída y que Cristo hizo una salvación potencial, posible para cada ser humano, dejándola a la voluntad del hombre enfermo. No, la Biblia asegura que el hombre no se enfermó sino que murió en delitos y pecados. De esta forma sabemos que aquellos escogidos por el Padre fueron el objeto del trabajo de Jesucristo en la cruz. Esos son aquellos cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. Pero Dios no escogió a todo el mundo, sin excepción (Juan 17:9).  

Creer que Cristo murió por cada ser humano, sin excepción, significa sostener que los que se pierden pisotean su sangre, que el esfuerzo de Cristo en la cruz resultó vano en ellos, que el infierno le viene como monumento a su fracaso. Asimismo, significaría que el hombre contribuye con su propia salvación, que tiene capacidad para amar a Dios y hacer actual la redención potencial. Equivale a asumir la gran mentira predicada por el falso evangelio: Dios votó a su favor, el diablo votó en contra y usted decide con el tercer voto. Equivale a creer como los maestros de mentiras, los que dicen que Dios hizo su parte y espera por la suya. ¿Cómo puede Dios esperar que un muerto se levante, si antes no lo resucita?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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