Mi?rcoles, 13 de julio de 2022

El apóstol Judas nos encomienda contender por la fe porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación. Esos hombres son impíos, los que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Judas 1:3-4). Nuestra contención comienza con el enfrentamiento a esos falsos maestros que niegan al Dios soberano. Ellos se hacen miembros de las iglesias, pero después introducen sus herejías destructivas.

Judas nos aclara que esos seres impíos fueron desde antes ordenados para la condenación, ya que presentan ceguera de corazón e incomprensión de las Escrituras, por lo cual complican los textos con torcidas interpretaciones que les sirven como sustento teológico. No por casualidad están esos falsos pastores y maestros en esos sitios, sino que han sido colocados por Dios mismo en base a su decreto eterno, con la finalidad de que las ovejas contiendan por la fe.

La contención implica una apologética, conlleva una preparación previa en los asuntos de la Escritura para poder oponer la verdad bíblica contra las sutilezas de estas enseñanzas anatemas. Muchos son atraídos y seducidos por esos individuos que con sus fábulas artificiosas convencen a fuerza de persuasión a los que se reúnen con ellos. Pero Dios mostrará su poder y sabiduría en esos seres, los engañadores y los engañados, así como se habló de los fariseos y sus prosélitos. 

Nuestra contención hará brillar la palabra divina, en medio de las antítesis proferidas por los engañadores de turno. Cuán fácil les resulta a algunos mezclar verdad con mentira, resistiendo formalmente al Dios soberano. No hablamos de una contradicción, ya que un Dios soberano resulta irresistible; por eso subrayamos que esa resistencia es formal y no de fondo. Es decir, Dios hace que sus enemigos manifiesten con su boca y con sus hechos su rencor contra sus actos soberanos. Así se demostró en el accionar de Moisés frente al Faraón, a quien el Señor previamente endureció. 

El decreto real del Señor se cumple sin objeción alguna, de tal forma que Judas Iscariote tuvo que ir conforme a la Escritura. Vemos por igual la caída de Pedro, predicha por el Señor, pero de la cual fue levantado. Leemos en la Biblia acerca de los pecados de David, el hombre que era conforme al corazón de Dios. Pero el rey salmista fue levantado y sustentado, para que siguiera en el camino indicado, bajo la preservación divina. Lo que dijo Jesucristo no se contradice con lo que toca a los apóstatas. Jesús aseguró que sus ovejas las guardaba en sus manos y en las manos de su Padre, así que no perecerán jamás. 

Los que se convierten en apóstatas son aquellos que profesan de la boca para afuera, sin que hayan sido jamás cuerpo de Cristo. Así lo asegura Juan, cuando dijo que salieron de nosotros pero no eran de nosotros. La reprobación tiene la misma data que la predestinación para salvación. Antes de que hiciésemos bien o mal, antes de que fuésemos concebidos, Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, de acuerdo a la declaración que leemos en Romanos 9:11-13. 

La doctrina de la gracia no puede ser concebida como una patente de corso para lanzarse al pecado. No pretende mostrarse como una franquicia del libre pecar, más bien viene a ser un distintivo que se contrapone a la ley. Si por la ley nadie pudo obtener la salvación eterna, porque ella exaltó el pecado y alimentó la codicia cuando dice no codiciarás, sabemos que la gracia implica el favor de la gratuidad. Así que los que no han sido jamás amados por Dios, ni han tenido el favor de la redención, ven la gracia como una licencia para desatar sus instintos primarios e impíos en medio de la congregación infiltrada. Recordemos también la bondad de la ley que nos enseñó que hemos de acudir a Cristo.

El Antiguo Testamento nos relata la historia del rey de Jerusalén llamado Manasés. Desde los 12 años comenzó su reinado pero hizo lo malo ante los ojos de Jehová. Imitó las abominaciones de las naciones que Jehová había echado delante de los hijos de Israel. Adoró al ejército de los cielos, a Asera, a los Baales, rindiéndole culto a los demonios. Observaba los tiempos y miraba en los agoreros, se daba a las adivinaciones, consultaba a los encantadores hasta que encendió la ira del Señor. Los generales del ejército asirio lo tomaron preso llevándolo con grillos a Babilonia. 

La abominación de Manasés puede compararse con la de Judas Iscariote, quien andando con el Señor por varios años, habiéndose convertido en su discípulo, lo traicionó vendiéndolo por unas piezas de plata. Pero resulta una buena comparación en el plano de la soberanía divina, en sus decretos eternos respecto a lo que Pablo nos mostró hablándonos de Jacob y Esaú. Dice 2 Crónicas 33 que después que Manasés fue puesto en angustias oró a Jehová su Dios. Esto nos recuerda la parábola del hijo pródigo, el cual en medio de los cerdos y comiendo sus algarrobos recordó a su padre y se dispuso ir humillado hacia él. Manasés se humilló grandemente en la presencia del Dios de sus padres (su padre inmediato fue el rey Exequias). Dice la Biblia que después de la oración fue atendido, ya que Dios lo restauró a su reino en Jerusalén. Y allí reconoció Manasés que Jehová era Dios. 

En el caso de Judas Iscariote no hubo arrepentimiento para perdón de pecados; sí se arrepintió Judas hasta el punto de que su remordimiento lo condujo al suicidio. Sin embargo, Jesús había dicho de él que era diablo, que iba conforme a la Escritura y dio un ay por lo que le sucedería. Judas conformaba las filas de Esaú, en cambio Manasés estuvo en la línea de Jacob. Asimismo podemos ver a los personajes bíblicos que cometiendo pecados horribles fueron restaurados, como David, por la pura gracia de Dios. Cuando Jehová dijo que no quería la muerte del impío lo prueba en estos casos: todos nacemos como impíos, pero de esa totalidad muchos hemos sido objetos de su amor eterno e inmutable. 

Dios da arrepentimiento para perdón de pecados: Manasés es una prueba patente de ello. También endurece a quien quiere endurecer: Judas Iscariote, el Faraón de Egipto y Esaú son ejemplo de eso. Por esta razón se nos ha encomendado contender por la fe, a tiempo y a destiempo, haciendo entrar al reino de los cielos a aquellos que trastabillan. Esto no niega la gracia sino que la afirma, no niega la soberanía de Dios sino que la realiza. Pero no podemos negar lo que la Biblia afirma explícitamente, que algunas personas han entrado encubiertamente en la iglesia para seducir e introducir sus herejías. Esas personas han sido ordenadas para ello desde antes; por igual, aquellos que los siguen en el engaño parecen haber sido ordenados para tropezar en la roca que es Cristo (1Pedro 2:8).

Nos toca batallar con la apologética, en la defensa de nuestra fe. En ese trabajo también nos ocupa contender contra aquellos que pervierten el evangelio, abaratando la expiación de Jesucristo, oponiéndose a su doctrina, universalizando la gracia y defendiendo a Dios de la acusación que sus conciencias le hacen. Sí, estos falsos creyentes aseguran que Dios sería injusto si hubiese odiado a Esaú antes de que hiciese bien o mal, antes de que fuese concebido. Le niegan al Dios soberano, al autor del barro y de la vida, que haga con su barro lo que bien le pareciere. Se incomodan cuando leen que Dios hizo vasos de ira para descargar en ellos su justa ira. Se incomodan cuando la Biblia expone que no depende de quien quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. 

Esos falsos creyentes son los que alegan que Judas pudo arrepentirse para perdón de pecados, que Jesucristo hizo su parte en la cruz, al dar a toda la humanidad la oportunidad de redención. Ellos sostienen que fueron salvados porque Dios mostró su gracia y ellos la aprovecharon. En realidad están agregando su sagacidad y su esfuerzo al trabajo de Jesucristo. Parece que jamás comprenderán que Dios pone en nosotros tanto el querer como el hacer, que Dios amó a unos con amor eterno pero odió a otros con odio eterno.

Su delirio cabalga en la búsqueda de los textos sin contexto, procurando de esa manera confortar su teología torcida para su propia perdición. Pero no entienden que para eso parecen haber sido destinados, ni que Dios les ha enviado un espíritu de estupor para que crean a la mentira y terminen de perderse. Seguimos contendiendo por la fe a la espera de que los Manasés y David que se encuentran en problemas puedan ser ayudados por la palabra divina, y se vuelvan de su mal camino. No tenemos esperanza con los Esaú del mundo, no esperamos nada de los Judas del planeta; pero humildemente agradecemos la gracia que nos procura y alcanza de parte de Jehová.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:29
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