Mi?rcoles, 15 de junio de 2022

El evangelio aparece escondido en todos los que se pierden, en quienes el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que el brillo del evangelio de la gloria de Cristo (imagen de Dios) no les resplandezca (2 Corintios 4:3-4). Poco importa cuánto tiempo se le dedique a la religión, si el Dios al que se sirve resulta un extraño. El evangelio escondido lo está también de aquellos que llamándose creyentes caminan sin la doctrina de Cristo. Los tales no tienen ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9), sino que han torcido la Escritura para acomodarla a su gusto. 

Quienes se dicen creyentes y transitan con el evangelio escondido, predican otro evangelio, el anatema, el diferente, el de los maestros de mentiras. Ellos aseguran que resulta mejor entrar al cielo con los huesos rotos, antes que ser lanzado al lago de fuego con los huesos enteros. Pero sostienen en su metáfora que los huesos se rompen porque se viaja en un río impetuoso rodeado de rocas contra las que golpea su barquilla. En cambio, los que poseen una doctrina más sólida navegan en aguas tranquilas. Pareciera que asumen que la falsa doctrina solamente maltrata al viajero, si bien no existe impedimento para que la nave llegue a feliz destino.

Sin duda, esa concepción implica un evangelio escondido. Supone por igual escuchar una parábola incomprensible, haber caído en la trampa del espíritu de estupor que conduce a la perdición total. Cuando Juan refirió sobre los que no viven en la doctrina de Cristo sino que la transgreden, hizo énfasis en la perdición que los acompaña. Para esa gente el evangelio está oculto, como si leyesen un libro en lengua extraña e incomprensible. Recordemos que la doctrina de Jesucristo era la misma del Padre, fue expuesta en forma contundente por el Señor cuando hablaba con las multitudes y cuando dialogaba con sus discípulos. Fue igualmente extendida por inspiración a los escritores bíblicos.

¿Qué nos dice esa doctrina respecto al propósito de la redención? Nos dice que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Esta premisa mayor presupone una menor, que aquellos que no van al Hijo no son enviados por el Padre. La conclusión de ese razonamiento conduce a esta síntesis: No todo el mundo es redimido. También podíamos inferir que la misión de Jesucristo fue la de salvar a su pueblo de sus pecados, pero jamás la de redimir a los cabritos (Mateo 1:21; Juan 17:9; Juan 10:26; Mateo 25:33). 

Esa doctrina también nos dice que Jesús habló en parábolas para que cuando la gente oyera no entendiera, no sea que se arrepintiese y él tuviera que perdonarla. Ah, eso lo dijo el mismo Señor hablando con sus discípulos. Así que si estamos atentos a ese argumento básico primordial podríamos asumir que el Señor no vino a morir por todos, sin excepción. También se escribió, en consonancia con esta doctrina de Cristo, que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, aún antes de ser concebidos, aún antes de que hiciesen bien o mal. El propósito de esa información de Dios se dio para que se notara que la redención es de pura gracia y jamás por obra humana. 

Pero la condenación también ha de atribuírsele al Señor, ya que fue Él quien endureció los corazones de aquellos que son enviados a esta tierra como réprobos en cuanto a fe (1 Pedro 2:8).  Lo hizo con el Faraón de Egipto, lo demostró con Judas Iscariote, lo expresó cuando se refirió a Esaú. Dios reclama la gloria de la redención y la gloria de la condenación. Pero los que se dicen creyentes y no lo son, los que caminan con el evangelio escondido, asumen que Esaú se condenó porque vendió su primogenitura, que el Faraón fue dejado a su libre arbitrio, que Judas tuvo chance para ser redimido pero su maldad se lo impidió. 

Estos que deambulan con el evangelio oculto asumen que la diferencia entre cielo e infierno se debe a su buena disposición para el evangelio. Aseguran que Dios hizo su parte en el Calvario, que el diablo hace la suya al esconder el evangelio, pero que el individuo tiene la potestad de decidir entre esos dos votos: el de Dios y el de Satanás. En el empate de la elección el individuo decide su destino, en base a su libre albedrío. De esta forma queda disculpado Dios, a quien ellos acusan de injusto si se predicase que odió al pobre de Esaú. 

Los que no comprenden la doctrina de Cristo no pueden habitar en ella, aunque según los predicadores de mentiras pudiera ser que al llegar al cielo se comprenda la doctrina tal como fue dicha. Sería como afirmar que no importa la idea que usted tenga de Dios, lo importante es su corazón; notorio sería, además, que ese Dios llevase el nombre de Cristo, aunque se ignore su doctrina (cuerpo de enseñanzas). Al final, los huesos rotos por las rocas del camino serán restaurados en el cielo.

Parece ser que el individuo que oye a esos predicadores del evangelio extraño estuviesen en una subasta de cualquier objeto. Existe un animador que estimula al público a comprar lo que desea vender, en este caso sería la conversión o redención, así que si la persona levanta la mano el objeto pasa a su propiedad. La Segunda Venida de Cristo se propone como una amenaza inminente de una seguidilla de tragedias públicas. Frente al susto que debe dar vivir bajo el imperio del Anticristo, las almas son estimuladas para que echen mano de ese evangelio sin doctrina, abaratado, resumido en el amor a un Jesús sin enseñanza. 

No existe en la naturaleza nada fortuito, aunque demos el nombre de azar a todo aquel suceso del cual desconocemos sus maneras de manifestarse. Mucho menos habrá chance o posibilidades en materia de salvación. Lo que la Biblia asegura respecto al evangelio es que en algunas personas les alumbró con la gloria de Cristo, los cuales no son engendrados por voluntad de varón sino de Dios. Estos son aquellos por los cuales vino a morir Cristo, llamados su pueblo, su nación santa, sus amigos o su iglesia. Estas personas fueron escogidas desde antes de la fundación del mundo por el Padre, por el puro afecto de su voluntad. A otras personas, en cambio, se les escondió tal evangelio y así permanecen hasta el fin. 

En este momento podrá surgir la interrogante de la objeción: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Habrá injusticia en Dios? Esto también fue escrito en Romanos 9, así que ahí mismo está la respuesta: En ninguna manera Dios es injusto; su soberanía se ve en cuanto a que es el Alfarero que hace con la misma masa unos vasos para honra y otros para deshonra. Él tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien Él quiere endurecer. 

Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes. Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo. Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones. Estas son palabras de la Escritura, para que cobremos aliento y nos inclinemos ante el Todopoderoso que puede echar nuestra alma y nuestro cuerpo en el fuego eterno. Pero también puede llevarnos de su mano hacia el cielo su morada, en virtud del trabajo del Hijo, hecho en favor de cada uno de sus elegidos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:43
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