Martes, 14 de junio de 2022

En materia teológica existe un antagonismo entre el continuacionismo y el cesacionismo. Normalmente estos dos conceptos hacen referencia al tema de los dones extraordinarios de la época apostólica, pero puede extenderse a otros renglones de la religión. Por ejemplo, los que buscan la dirección de Dios para una actividad importante de su vida, una decisión crucial en su existencia, podrían darse a la tarea de abrir la Biblia al azar y señalar con un dedo algún texto que tomará como respuesta a su inquietud. Otros, al dejar abierta su Biblia en un pedestal de su casa, podrá ahuyentar los peligros, callar ruidos incómodos en un fiesta de vecinos, evitar traspiés.

La forma extraña de conseguir nueva revelación también puede catalogarse como una manera de continuacionismo. Atribuir protección espiritual al libro como objeto físico, puede ser sugerir una intervención sobrenatural. Urge recordar lo que la Biblia ha mostrado como dones extraordinarios, aquellos favores divinos que se presentaron para autenticar al enviado. Moisés y Josué son dos ejemplos especiales de estos dones extraordinarios. Dios le informó a Moisés que le serían por señal ante el Faraón, para que supiera que Jehová lo había enviado. También sirvieron para que el pueblo supiera que era el líder enviado por su Dios, de tal forma que no dudaran en su tránsito a la tierra prometida. Josué continuó con esos favores extraordinarios que le ayudaron a mostrar su autoridad divina para la tarea encomendada. 

Sin embargo, cuando uno mira en la vida de los profetas no ve esos dones especiales. Ciertamente Dios les hablaba, pero cuando ellos intercedían por algún rey o por otra persona, Jehová podía obrar el favor haciéndolo en forma directa. No parecía necesario autenticar al profeta con milagros prodigiosos, si bien se habló de la profecía cumplida como una señal inequívoca de que Jehová había hablado, así como de la profecía que se cumplía sin contradecir la Escritura. 

Cuando Israel cayó en la apostasía de seguir a los Baales, bajo el gobierno del rey Acab junto a su esposa Jezabel, Jehová envió a Elías y más tarde a Eliseo. Esos dos profetas fueron autenticados, es decir, ellos ejercieron el poder de Dios por medio de milagros y acciones extraordinarias, de tal forma que el pueblo comprobara que en realidad eran enviados de Jehová. Pero si uno sigue mirando con detenimiento en la Escritura, no siempre fue de esa manera que Jehová se comunicó con su pueblo, más allá de que Él contestara oraciones específicas.

A la llegada del Mesías prometido, de nuevo vemos los milagros y prodigios realizados por el Señor, una vez que iniciara su ministerio. Esas señales, como dijera Jesús, seguirían a los apóstoles, así como también a los creyentes. Pero ese seguir a los creyentes no presupone que cada uno de nosotros tenga aquellos dones extraordinarios propios de ciertas personas escogidas en la iglesia primitiva. Nos siguen en la medida en que los creemos como una marca especial que Dios envió a aquellas personas para autenticar su mensaje. El mismo Pablo tenía el don de sanidad, a tal punto que un pañuelo suyo podía sanar a la distancia. Sin embargo, a medida que lo completo llegaba (la palabra revelada) se aminoraba el don que tendía a desaparecer. A Timoteo le dijo que por causa de su estómago no tomara agua sino vino, en lugar de sanarlo en forma milagrosa. De igual forma escribió que había dejado en cierto lugar a unos hermanos enfermos, para que sanaran. El apóstol no los sanó, como tampoco se impuso sus propias manos para eliminar su posible problema óptico (de acuerdo a algunos intérpretes). 

No vemos a ningún otro apóstol haciendo énfasis en la posesión de aquellos dones especiales, como si el creyente no pudiera enfermarse e incluso morir por cauda de la enfermedad. Pero los que buscan nuevas revelaciones se habitúan a suponer que la enfermedad es consecuencia de un pecado determinado, así que parece ser que cada creyente cuando muere lo hace pecando. 

Sabemos que la muerte entró por causa del pecado de Adán, pero no podemos inferir que cuando tenemos gripe se debe a un pecado específico. Urge tener sindéresis a la hora de leer las Escrituras, para saber que ella resulta suficiente y que no acepta más añadidos ni ninguna eliminación de alguna de sus partes. Las tradiciones orales religiosas de hoy día reflejan en alguna medida la idea del continuacionismo. La autoridad magisterial presupone la aceptación de nuevas revelaciones porque una persona investida del manto religioso posee la capacidad de añadir o quitar. Aparecen santos con nuevos poderes, uno para buscar objetos perdidos, otro para que se aceleren los trámites, otro para conseguir pareja, una forma similar a la que tenían los politeístas griegos en referencia a lo que hacían sus dioses. 

Conseguir revelaciones de Dios por un medio distinto a las Escrituras que hemos considerado inspiradas por Él, también se llama continuacionismo. No hay más revelación especial, ni por lenguas, ni por nuevos profetas, ni por llamados apóstoles. La organización de la iglesia apostólica permitía la profecía y las lenguas, como el don de sanidad y otros prodigios más, pero se dijo que aquello venía hasta que llegara lo completo, ya que se conocía en parte. El Nuevo Testamento llegó (para completar el libro), pero los inconformes desean añadidos que les permitan aparecer como favorecidos de la Divinidad. De esta manera el ego espiritual subsume soberbia administrada farisaicamente. 

Algunas personas que militan en la religión cristiana, echan suertes para decidir su destino. Lanzan una moneda al aire y si cae de una manera significará que Jehová le habló de una forma particular. Otros tocan madera, para reforzar la buena suerte que el cielo les depara. Si alguna Biblia cae al piso, piden perdón a Dios, como si aquel libro fuese un amuleto que ha de protegerse para no acarrear culpa ante lo sobrenatural. 

Existen muchas tradiciones teológicas que vienen en el nombre del cristianismo. Hemos de tener ojo avizor, estar atentos como centinelas para no dejar pasar ideas que van en flagrante contradicción con las Escrituras. La Escritura ya fue completada, ya llegó lo completo (traducido en muchas versiones como lo perfecto), así que no nos hacen falta las lenguas que incluyan mensajes de Dios, ni los profetas que declaren nuevas revelaciones.  Aquellos que componían la iglesia primitiva, necesitaban saber muchas cosas que ya ahora las tenemos escritas. Tenemos la palabra profética más segura, como dijera el apóstol Pedro, a la cual debemos estar atentos, ya que ninguna Escritura es de interpretación privada (2 Pedro 1:19-21).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:24
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