Lunes, 13 de junio de 2022

Todo religioso que profesa el cristianismo dirá que cree en Jesús, en su vida, muerte y resurrección. Con esa expresión cliché se siente satisfecha y segura en su vida y religión. Normal le resulta asegurar que Jesús murió por todos sin excepción, lo que nos conduce a suponer que murió tanto por los que están en el cielo como por los que van al infierno. En este momento uno tiene que preguntarse cuál es el sentido de la expiación en la cruz, ya que, si implica perdón de pecados y reconciliación con Dios, toda la humanidad quedó liberada de la justicia divina.

Lo más normal en este tipo de creencia resulta el inferir que hubo una redención potencial. Por este camino se resolvería en forma muy diplomática la relación entre la Divinidad y la criatura. Dios hizo su parte, nos dicen, ahora le toca a usted hacer la suya. Bien, una pregunta llega a la mente acuciosa: ¿Qué sucede con aquellas personas que jamás oyeron que Dios había hecho su parte y que ellos tenían que hacer la suya? Al parecer no se beneficiaron de aquella dádiva universal, a menos que por su ignorancia sean incorporados al reino de los cielos.

Algo más se suma a este tipo de teología, algo que no concuerda con la lógica de las Escrituras. Si Jesús murió por todos, si expió la culpa de toda la humanidad, ¿por qué razón existe el infierno de fuego? Esto es doctrina bíblica, aunque a muchos les parezca un cuento de la Edad Media. La respuesta que suelen dar descansa en aquello que hace la diferencia entre cielo e infierno: la voluntad humana. Por esa vía somos conducidos al camino del libre albedrío, un espejismo u oasis en el desierto de la religión.

La Biblia refiere de principio a fin la idea de un Dios soberano. Él hace como quiere y es llamado el Hacedor de todo. No hay quien pueda contender contra Él y que resulte ganador. Así que esa idea no gusta del todo al corazón no transformado, el cual se levanta con el puño alzado contra el Creador. La idea de que el hombre tenga libertad de decisión en los asuntos de su relación con Dios suena agradable y justa. Pero en la Biblia se menciona muchas veces que Dios es quien ha decidido desde antes de la fundación del mundo todo cuanto nos acontece, aún en materia de redención o condenación.

Esta es la razón por la cual nos preguntamos por quién murió Jesús. Nuestra respuesta apunta a la afirmación de que Jesús murió por su pueblo (Mateo 1:21). Él no oró por el mundo (Juan 17:9), sino que más bien se ocupó de enseñar la doctrina de su Padre en referencia a la redención. Aseguró que nadie podría venir a él si el Padre no lo ordenara de esa manera. Es decir, dejó en claro que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla. Ah, pero también dejó en claro que los que no lo seguían no lo hacían porque no formaban parte de sus ovejas. 

Es decir, en Juan 10:26, Jesús afirma que la condición de oveja precede al hecho de seguirlo. Una cabra no será llamada eficazmente para que sea transformada en oveja. No hay tal cosa como esa anomalía, simplemente él vino por las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y nosotros hemos sido llamados el Israel de Dios. Entonces, Jesús no vino por las cabras o cabritos, sino solamente en busca de las ovejas perdidas.

La religión de oficio transforma el discurso bíblico para que sea mejor digerido y aceptado por las masas. Con ello se logra incrementar las arcas de la religión, usufructuar las mentes ancladas a las palabras casi hipnóticas del predicador de turno. Un Jesús suavizado que hipoteca su doctrina en favor de persuadir un alma, se anuncia como el Cristo de la Biblia. Pero cuando uno la escudriña descubre que en ese libro no se sustenta lo que tan duro se dice desde los púlpitos. En esos sitios se afirma que Cristo murió por todos, incluyendo los que están en el cielo como los que están en el infierno. En definitiva, ellos no han entendido lo que significa la expiación y mucho menos lo que significa el evangelio.

El evangelio es la promesa de salvar al pueblo de Dios por medio del trabajo de Jesucristo. El Señor llevó todos los pescados de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). Este grupo de personas representadas en la cruz refieren a los Jacob del mundo, a los amados por siempre por el Padre. Si toda la humanidad murió en Adán, ningún muerto en delitos y pecados tendrá la disposición, el interés, la capacidad para acudir a Dios. La única manera de hacerlo dependerá de la acción del Espíritu Santo, quien como el viento sopla de donde quiere. 

El nuevo nacimiento, como lo expuso Jesús ante Nicodemo, no depende de voluntad de varón sino solamente de la voluntad de Dios. Así que el Dios Omnipotente levanta de entre los muertos sin problema alguno a todos los que quiere levantar. Lázaro viene como figura de lo que hace Dios, a él no se le preguntó si quería salir de la tumba, no se le prometió que Jesús lo iba a hacer, simplemente se le dio la orden de salir fuera y así sucedió. Esa orden no viene por voluntad humana sino de Dios. 

El concepto de soberanía divina resulta antipático para la criatura que se considera libre e independiente de su Creador. El hombre caído se opone a tener las coyundas encima atando su cuerpo y alma, por lo cual prefiere sentirse libre. Lo que no sabe es que Dios también creó los vasos de ira (los Esaú del mundo) para reflejar su justicia e ira sobre ellos. A los que eligió para redención se los dio a su Hijo, de manera que él llevara el castigo por todos los pecados de su pueblo. Como Dios no deja ningún pecado impune, castigará por igual a los que su Hijo no representó en la cruz.

Esto parece muy injusto, como le dijo el objetor a Pablo en su Carta a los Romanos. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Si nadie puede resistirse a su voluntad, no debería culpar a la criatura (al pobre de Esaú). Pero la respuesta divina no se tardó en llegar, diciendo que la criatura no debe altercar con su Creador, ya que ella es apenas un vaso de barro y el Alfarero tiene la potestad de hacer con su masa de barro lo que desee. Este Dios de la Biblia, así presentado, resulta demasiado soberano como para que la persona baje la cabeza. Pero Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes; por supuesto, el que sea humilde sabrá que esa cualidad también le fue dada, pero que antes de llegar a creer razonaba con la soberbia propia del hombre caído.

El profeta Jeremías describe el corazón humano a partir de la caída, diciéndonos que es perverso más que todas las cosas, que nadie puede entenderlo. En cambio, el profeta Ezequiel nos habla de ese corazón de piedra (descrito por Jeremías) que viene a ser quitado para instalar uno de carne. Un transplante de corazón se hace de parte de Dios en una criatura que ni siquiera pidió entrar al quirófano (porque estaba muerta en delitos y pecados). Una vez que ha ocurrido la transformación del corazón, le es dado un espíritu nuevo al ser humano para que ame el andar en los estatutos divinos.

Como resultado final, la criatura que ha nacido de nuevo no se gloría en ella misma, como si de ella hubiese dependido la decisión de nacer de nuevo, sino que se gloría en la cruz y en el trabajo de Jesucristo. No colocará jamás su propia justicia al lado de la justicia de Cristo, ya que reconoce que aún la fe y el arrepentimiento para perdón de pecados dependen solamente de la dádiva del Padre (Efesios 2:8).

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:43
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios