Domingo, 12 de junio de 2022

La doctrina de la reprobación señala a Dios como absoluto soberano. El que Jehová haya destinado a cada ser humano desde la eternidad, para redención o para reprobación, coloca a la criatura en una situación de apremio. No hay mayor humillación que ésta, al saber que nada podemos hacer para cambiar los designios eternos del Creador. Esta situación nos llevará a muchos a temer con reverencia ante el Ser Supremo. No obstante, nos han querido acostumbrar a ver a un Dios humanoide, alguien con mucha debilidad emocional que aguarda por algún ser humano que levante una mano en señal de aceptación. Cuando leemos y comprendemos en las Escrituras que Dios ha hecho como ha querido, sin pedir ningún consejo, sin que nadie pueda incriminarlo por lo que hace, pasamos a una etapa de comprensión más asertiva en relación a su carácter.

Esta doctrina de la reprobación conducirá al alma escogida para redención hacia la más profunda humillación, ya que ni siquiera nuestra comprensión teológica posee poder para salvación. Poco importan las obras que se hagan, las plegarias que se levanten, las rogativas que el grupo realice. El lado contrario de la reprobación viene a ser la elección incondicional, de tal forma que con estos dos actos soberanos Dios se manifiesta como el Ser Superior que solamente Él puede acreditar. Pablo dijo que nosotros -los elegidos- tuvimos suerte (Efesios 1:11, versión Reina de Valera Antigua). Esa suerte -KLERONOMIA-κληρονομία viene del sentido griego del término, la que también puede traducirse como herencia. Antes, la herencia se echaba por suertes, así que el término expresa esos dos sentidos. Desde nuestra minúscula perspectiva percibimos una suerte gigantesca, por cuanto siendo inútiles pecadores, podridos sepulcros con almas muertas en delitos y pecados, fuimos incorporados a la familia celestial. Así que reprobación y elección sos dos lados de una misma moneda. 

Pablo nos dijo en su Carta a los Romanos, Capítulo 9, que Dios quiso reclamar para Sí mismo estos dos actos: la elección y la reprobación. Ellas son incondicionales, ya que no dependen de pecados o buenas obras (no habían hecho ni bien ni mal, no habían siquiera sido concebidos los gemelos Jacob y Esaú -Romanos 9:11). Así que la elección permanece no por las obras sino por el que llama: A Jacob amé pero a Esaú odié. El verbo odiar en griego es MISEO, por lo que no cabe otra posibilidad en su étimo sino el odio, jamás un amor disminuido. Los enemigos de la absoluta soberanía de Dios señalan que ese verbo griego supone que Dios ama menos a unos que a otros, pero la gramática no se presta para dar el visto bueno a tales suposiciones ilógicas e incongruentes. 

Por supuesto que este tema levanta revuelo. Sirve para separar lo que aparenta ser de lo que realmente es. La incomodidad abunda en las congregaciones eclesiásticas, donde las ovejas salen atropelladas por los cabezazos de las cabras. Jesús ha dicho que huyamos de Babilonia, ha llamado a su pueblo a salir de allí. Los que se molestan por la doctrina de la reprobación divina señalan a Dios de injusto. Pero no comprenden que la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que ni nombre sea anunciado por toda la tierra (Romanos 9:17). La gente continúa en la defensa de Esaú, con el argumento de la injusticia de Dios. ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? (Romanos 9:19). Acá cobran más sentido aquellas palabras de Jesucristo referidas al hecho de que el que ame a madre, padre, hijo, hermano, etc., más que a él, no es digno de él. Muchos que se consideran a sí mismos salvados por gracia sucumben ante el hecho de imaginarse que sus bellos y queridos hijos, su honrada familia y sus afectos amigos, pudieran ser réprobos en cuanto a fe. Eso los entristece y prefieren abordar otra forma de doctrina, para suavizar el temblor que les produce la absoluta soberanía de Dios. No se dan cuenta de que abandonan la doctrina de Cristo, con lo cual demuestran que no habían sido llamados en forma eficaz.

La religión formal funciona con gran apariencia de piedad, pero en ciertos momentos se le ve la rotura al torcer las Escrituras. En ese derrotero han señalado a Dios de tirano, de ser alguien peor que un diablo, de ser un monstruo que crea almas para enviarlas al infierno. Tal vez solo pueden ver al Despotes (una forma griega con que se menciona a Dios en el Nuevo Testamento, en tanto amo y dueño del universo), alguien que posee una autoridad suprema que avasalla a la criatura. Con ello se espantan y huyen hacia el abismo, en lugar de humillarse y caer arrodillados en el Altísimo Dios del cielo y de la tierra. Algunos teólogos se han dado a la tarea de suavizar el contenido bíblico y argumentan que lo que existe es una reprobación pasiva, dándonos a entender que Dios no escogió al réprobo para tal fin sino que el réprobo se endurece a sí mismo y Dios lo deja en su dureza de corazón. Pero la Biblia no sostiene esa tesis, más allá de que Dios hable del endurecimiento que el Faraón se hizo a sí mismo (ya que si se endureció fue porque Jehová le dijo a Moisés desde antes que Él iba a endurecer el corazón de Faraón, por lo cual una vez endurecido siguió endureciéndose). 

La Biblia habla sobe el impío, nos asegura que no quiere acudir a Dios para sanarse. Pero eso lo dice para demostrar la naturaleza pecaminosa humana enemistada con Dios. A otros le dice que si ellos quieren venir que vengan a beber en las aguas de vida eterna, pero ese mensaje va dirigido a la iglesia escogida, la cual siempre querrá esa agua porque ha sido vivificada (Tu pueblo se ofrecerá de buena voluntad en el día de tu poder, en la hermosura de la santidad -Salmo 110:3). En realidad, no existe libre albedrío en ninguna forma, ya que Dios causa todas las acciones de los seres humanos. Él propicia los eventos, así como hizo que Lucifer cayera en el pecado y se convirtiera en Satanás. Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4). ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

En la crucifixión de Jesucristo podemos ver de cerca que ese crimen fue planificado por el Padre Eterno hasta el más mínimo detalle. De esa manera, cada acto relacionado con ese martirio estuvo ligado a la expresa voluntad divina. El Sanedrín, los judíos exasperados, Pilatos, Judas Iscariote, algunos sacerdotes, los soldados romanos, todos ellos conformaron el círculo de agresores contra el Hijo de Dios. Pero no podemos hablar de libre albedrío de parte de ellos, ya que en algún momento alguno pudiera haberse amilanado y hubiese resuelto ayudar al Señor o inferirle menos castigo. Pero todo ese guión tenía que cumplirse tal como había sido escrito por los profetas, de manera que el supuesto libero arbitrio queda excluido. Los que se unieron en Jerusalén contra Jesucristo, lo hicieron para cumplir lo que la mano y el consejo de Dios habían determinado desde antes que sucediera (Hechos 4:27-28).

En síntesis, no existe voluntad humana que sea independiente de la voluntad del Creador. Nada escapa de su presencia, de su control absoluto. La pregunta que se hace la mente racional del no creyente se envuelve en lógica natural, para señalar de culpabilidad al Creador. ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad? Veamos por ahora una última cita: Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). El lector sacará la conclusión en relación a la ausencia de libertad de decisión de los gobernantes de la tierra mencionado en este texto de Apocalipsis 17:17.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:43
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