Viernes, 10 de junio de 2022

Ha de hacerse la distinción entre los hermanos en la carne y los hermanos en Cristo. Antes, conviene aclarar lo que significa ser carnal y vivir según la carne. Pablo parece distinguir todo esto en su Carta a los Romanos. En Romanos 7 nos asegura de su situación carnal: dice, yo soy carnal, vendido al pecado. En Romanos 8 nos advierte del peligro de andar según la carne y no conforme al Espíritu. En Romanos 9 habla de Israel, sus hermanos en la carne (que no en Cristo). De esta forma, el lector puede acudir a esos tres capítulos de Romanos para verificar lo acá expuesto.

Sus hermanos israelitas (de la nación del libro, de la promesa) lo son solamente en la carne, en el parentesco familiar o étnico. Pero su dolor se refleja porque pese a que los estima y les guarda sumo afecto reconoce que no son sus hermanos en Cristo. Ellos andan perdidos porque colocan su propia justicia al ignorar que Cristo es la justicia de Dios y que al mismo tiempo viene a ser la justicia del creyente. La prueba de lo que él señala se ubica en la frase que expuso: mi oración para con Israel es para salvación. Si ellos fuesen salvos, el apóstol no oraría para que lo fueran, asunto realmente obvio.

Los que andan según la carne (no conforme al Espíritu de Dios -Romanos 8) comparten el mismo tabulador que los hermanos en la carne. Ellos pueden tener celo de Dios (siempre que sean religiosos), pueden llegar a conocer a fondo sus doctrinas, incluso se pudieran dar a la práctica de la fe cristiana en una manera externa. Los hay de mucha índole, son tantos que abruman con su presencia y prédica en cualquier lado del planeta. Jesús dijo que muchos le dirán en el día final: Señor, Señor, hicimos grandes milagros en tu nombre, profetizamos y obramos bien. A ellos les será dicho: Nunca os conocí (nunca tuve comunión con ustedes).

La comunión de Cristo es con los que le aman o le temen. Ese temor implica reverencia y no pánico; los demonios creen pero tiemblan, ya que conocen lo que les espera. El creyente teme por reverencia pero no le tiene miedo al Dios que lo amó desde la eternidad. Por esa razón Pablo escribió en Romanos 8 que somos más que vencedores, ya que Dios nos conoció desde antes (nos amó, así como Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo, como José no conoció a María, su mujer, hasta que dio a luz el niño). Con base a ese amor divino fuimos predestinados, llamados, justificados, santificados o separados del mundo. Pero los hermanos según la carne, o los que se dicen creyentes y no lo son (los que andan según la carne) no han demostrado que hayan sido amados por Dios.

El carnal puede odiar el mal, deleitarse en la ley de Dios y servirle con la mente (Romanos 7:15). Precisamente, la lucha entre el hombre interior y exterior, entre la carne y el espíritu, son un reflejo del hombre regenerado. Allí entra su acción de gracias a Dios por Jesucristo, quien finalmente librará a cada creyente de nuestro cuerpo de muerte (el pecado). Los corintios son otro ejemplo de la carnalidad en la iglesia, habiendo sido santificados (llamados santos) eran envidiosos, tolerantes de actos oprobiosos, divisores, pero andaban en el Espíritu. Pablo expone la existencia de la ley del pecado a la cual hemos sido vendidos. En el verso 5 del capítulo 7 de Romanos expone lo que ocurría cuando estábamos en la carne, cuando las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. La ley no era mala, ya que ella nos mostró dos cosas: el pecado en nosotros y la manera de ir a Cristo. Por causa de la ley el mandamiento que era para vida resultó para muerte (Romanos 7:10). 

Por causa de su conciencia teológica, el apóstol asegura ser carnal y vendido al pecado (verso 14); no hace lo que quiere sino lo que aborrece. En eso consiste el hecho de ser carnal, el que por medio del pecado que mora en nosotros no hagamos el bien que queremos sino el mal que aborrecemos. Pero el hecho de no andar según la carne, sino según el Espíritu, nos permite entender que no somos quienes hacemos esas cosas negativas sino el pecado que mora en nosotros. Nuestra raíz carnal viene a ser morada del mal, el punto de apoyo de Satanás en nosotros; pero el querer hacer el bien y no el mal demuestra que andamos según el Espíritu, sabiendo que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo (Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado: Romanos 6:7). En síntesis, Pablo descubre que existe el hombre interior (según el Espíritu) que se deleita en la ley de Dios, que ama al Señor, que no objeta la doctrina del Señor. Al mismo tiempo, el apóstol también descubre una ley contraria a la de Dios que se rebela contra la ley de ese hombre interior (de su mente) y lo lleva cautivo al pecado que está en sus miembros.

En Romanos 3, el apóstol define la naturaleza del hombre caído: no hay justo ni aún uno, ni quien entienda ni quien busque a Dios. La garganta del hombre caído es un sepulcro abierto, veneno de áspides hay debajo de sus labios, con boca llena de maldición y amargura. Quebranto y desventura hay en los caminos del impío, quien con pies rápidos va a derramar sangre; no ha conocido el camino de paz, no tiene temor de Dios delante de sus ojos: esa gente anda bajo la maldición de la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios (Romanos 3:10-20). 

Esa breve descripción del hombre caído no define al creyente. El hecho de que Pablo se considerara miserable por ser carnal, vendido al pecado, refleja que no era ningún inicuo. Lo expuesto en Romanos 3 define lo que el creyente era antes de haber sido llamado de las tinieblas a la luz. Por esa razón Pablo puede concebirse como carnal pero no como alguien que anda según la carne. Esa distinción debe quedar clara, para comprender la gran diferencia entre el corazón descrito por Jeremías y el corazón descrito por Ezequiel. El primero habla de la naturaleza humana caída y depravada, el segundo refiere al corazón nuevo dado por el Espíritu de Dios en la regeneración. 

En el Capítulo 8 de Romanos, como ya señalamos, Pablo menciona lo que significa andar según la carne. Ello supone caminar en la corrupción de la naturaleza humana (del hombre no regenerado sino muerto en delitos y pecados). Los que caminan complacidos según los dictados de la carne, de un corazón perverso más que todas las cosas, persistiendo en el pecado, enfrentados contra el Dios de las Escrituras, los que deprecian la doctrina de Cristo y no habitan en ella, esos son los que andan según la carne.

Comprendida la diferencia esencial del hecho de ser carnal y del hecho de andar según la carne, podemos valorar que en la hermandad cristiana tendremos siempre conflictos de naturaleza carnal. Urge, sí, comprender que existen hermanos en la carne, esto es, los que refirió Pablo en Romanos 9. Son los hermanos sanguíneos o los hermanos por afecto, pero que no han sido redimidos. Ciertamente, estos no son hermanos en Cristo y por los cuales conviene orar para salvación. Ellos viven en la ignorancia de la justicia de Dios, por lo que colocan la suya propia como suficiente. 

En el Capítulo 10 de Romanos, Pablo exalta la importancia de la doctrina de Cristo. Cree suficiente el conocer que su carencia implica una característica de la muerte espiritual. Lo mismo expuso Juan, cuando afirmó que quien no habitaba en la doctrina de Cristo, no tenía ni al Padre ni al Hijo. Agregó este apóstol: el que le dice bienvenido (hermano espiritual) a quien no trae tal doctrina, se hace partícipe de sus plagas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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