S?bado, 04 de junio de 2022

El evangelio es la promesa de Dios de salvar a su pueblo bajo la condición del derramamiento de sangre y de la imputación de justicia de Jesucristo. No existe otra condición, solamente viene como un contrato unilateral, donde una de las partes se obliga a cumplir una promesa mientras la otra recibe porque no puede negarse. Aquella frase bíblica que dice que tu pueblo lo será de buena voluntad en el día de tu poder, cobra sentido en este momento. El nuevo nacimiento presupone un cambio de corazón, se quita el de piedra y se coloca el de carne, junto a un espíritu nuevo que se goza en el mandato divino. He allí la razón de la voluntad humana para recibir la dádiva.

El Padre nos arrastra hacia el Hijo, de acuerdo al verbo griego usado por el evangelio: ELKO (Juan 6). Ese verbo lo usaban los marineros para referir a cómo un barco podía jalar a otro en alta mar. Quiso el evangelista instruirnos en la fuerza que se ejerce para llevar el alma hacia Cristo, en una actividad hecha por el Padre, gracias al nuevo nacimiento que da el Espíritu. El ser humano se convierte en un sujeto pasivo, toda vez que el cambio de corazón no se da en razón de una aceptación nuestra. Eso sí, urge el escuchar el evangelio para poder recibir el regalo que fue preparado desde antes de la fundación del mundo. Sin evangelio no existe redención alguna.

El Salmo 32:1-2 habla de la felicidad del hombre cuyo pecado no se le imputa ni se le cuenta, sino que se le ha perdonado. Pablo, en Romanos 4:6 da cuenta de ese Salmo y nos aclara la expresión usada por David: habla de imputación. Por un lado está la imputación del pecado, por otra parte está la imputación de la justicia. Feliz el hombre cuyo pecado no se le imputa, no se le contabiliza (diría la lengua griega: λογίζομαι - logísomai, log-id'-zom-ahee, traducido del hebreo châshab - reconocer, computar, imputar); pero no se le cuenta por cuanto ya fue pagado el pecado, de tal forma que ahora se le imputa la justicia de Cristo. Pero al que obra no se le cuenta (imputa) el salario como gracia, sino como deuda…Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye (imputa) justicia sin obras (Romanos 4:4-6). Dios le imputa la justicia sin obras. 

¿Cuál justicia se le imputa sin obras? La justicia de Cristo en la cruz, lo que equivale a decir: Cristo, la justicia de Dios. Fuimos hechos justicia de Dios en Cristo (2 Corintios 5:21). En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe (esa justicia es Jesucristo), -Romanos 1:17. …este es su nombre por el cual será llamado: El Señor, justicia nuestra (Jeremías 23:6). Empero, cada persona que intente colocar su propia justicia (aún al lado de la de Cristo) se le imputará la carga de la Ley. Maldito será el que fallare en algún punto, de manera que el que colabora en su propia redención acarreará la maldición de la ley. 

Ese fue el propósito de la Ley, demostrar que el hombre resulta inhabilitado para cumplirla a cabalidad, de tal forma que ella misma se convirtiese en un instrumento para llevarnos a Jesucristo. Sin embargo, aquella persona que intente combinar gracia con obras ha demostrado que cayó de la gracia y debe seguir con las obras hasta el final. Ya sabemos su destino, anticipadamente. Aquellos que dicen que Jesucristo murió para hacer posible la salvación a todo el que quiera, no tienen idea de lo que significa la imputación del pecado en Cristo y de su justicia en las ovejas. 

Jesús rogó por su pueblo, por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. Ese conjunto incluye a todos los que vino a representar con su muerte (Mateo 1:21), ni uno más (Juan 17:9). Así que los que pregonan una muerte universal del Señor en favor de toda la humanidad, sin excepción, anuncian un evangelio diferente o anatema. Cristo no salvó a nadie en forma potencial, sino que salvó a todo su pueblo en forma actual. 

La salvación no puede condicionarse en ninguna medida al trabajo de los hombres, ya que en ese caso Dios no mostraría su gracia. La gracia excluye el trabajo del beneficiario, las obras incluyen el esfuerzo del pecador. Sabemos que si por gracia, no será jamás por obras; de no ser así, la gracia no sería llamada gracia; y si por obras, entonces no es por gracia; de no ser así, la obra no sería llamada obra (Romanos 11:6). 

El sistema de obras tiene muchas aristas, muchas figuras de manifestación. Cualquiera de sus formas resulta en una abominación ante Dios (Gálatas 5:2). En cambio, el trabajo de Cristo resulta suficiente para la redención de todo su pueblo por el cual vino a morir. ¿Quién puede deshacer lo que Cristo ha hecho? Si Jesucristo obró la salvación de su pueblo, ¿cómo puede alguien revertir tal bendición? He aquí la gran relevancia de lo dicho por David en el Salmo 32, de la bienaventuranza de aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. Esos pecados fueron cubiertos en la cruz del Calvario, en el momento en que Cristo los cargó en representación de todo su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). 

El célebre Tetélestai pronunciado por Jesús, momentos antes de expirar, nos habla de su culminación eficaz del trabajo que vino a cumplir. Esa expresión, Consumado es, elimina cualquier obra que pretenda el pecador colocar para ayudar en su redención. Solamente los que ignoran el significado de la justicia de Dios se atreven a colocar su propia justicia como garantía de la redención final (Romanos 10:1-4). Los que añaden su esfuerzo junto al del Señor lo están llamando a él mentiroso, por cuanto pareciera que él no terminó su trabajo en forma perfecta y eficaz. 

Nuestro descanso o reposo se basa en su trabajo concluido en la cruz, de otra manera la gracia no sería gracia y todos andaríamos en tropiezo, bajo la duda y la agonía de mejorar el esfuerzo de Cristo. No existen deudas de gracia, lo cual constituiría un oxímoron. La redención de la ira de Dios está condicionada solamente en la sangre propiciatoria del Hijo, en la imputación de la justicia del Dios-Hombre-Mediador. Ese no es otro que Jesucristo, nuestra justicia o nuestra pascua. Él no es una condición para nuestra salvación, sino que es nuestra salvación como resultado de su trabajo cumplido. 

Aquello que Dios demandaba y demanda a todos los seres humanos fue provisto por Él mismo, en exclusiva para todo su pueblo. Demandaba una justicia perfecta ante la Ley, aunque solamente Jesucristo lo logró, en tanto Dios-Hombre; de esa manera, todos aquellos por los cuales murió en la cruz fuimos cubiertos con su justicia y hemos sido el objeto del amor de Dios. Como está escrito: A Jacob amé, pero odié a Esaú; antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos. 

De nuevo, valgan las palabras del Salmo 32 para tener en cuenta: Felices aquellos cuyas transgresiones han sido perdonadas y sus pecados cubiertos. Lo demás sobra en esta vida, ya que lo que trasciende no dependió jamás de nosotros. Nos fue dado de pura gracia y como tal debemos disfrutarlo. Los que siguen bajo la ley están bajo la maldición (Gálatas 3), y la ley presupone cualquier tipo de esfuerzo para agradar a Dios y apaciguar su ira. En cambio, los que hemos recibido la gracia no obramos para obtener salvación sino como fruto de ella.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 16:11
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