Jueves, 02 de junio de 2022

Jesús oró en el huerto de Getsemaní la noche previa a su martirio. Agradeció al Padre por los que le había dado y le daría, si bien también declaró que no rogaba por el mundo. El Capítulo 17 del Evangelio de Juan nos relata esta posición del salvador del mundo. ¿Cuál mundo? Si Jesús no rogó por el mundo, ¿cómo podemos decir que es el salvador del mundo? En Juan 3:16 habló del amor del Padre por ese mundo por el que había enviado a su Hijo (mundo gentil frente al mundo judío, aunque por igual Jesús vino por su pueblo que incluía tanto judíos como gentiles), así que nos enfrentamos a dos tipos de mundos. Uno de ellos es el de los escogidos desde la eternidad, para exhibición de la gracia y misericordia divina, mientras el otro mundo fue apartado desde siempre para recibir la ira por el pecado. Dios hizo dos tipos de vasos con el mismo barro: uno para honra y otro para deshonra.

El evangelio presupone que hemos de conocer al siervo justo que justificaría a muchos (Isaías 53: 11). Mucha gente que milita en congregaciones que se denominan cristianas quedan sorprendidas cuando uno les habla de la doctrina de Jesucristo. Ellos alegan que lo que importa es creer que Jesús es el Hijo de Dios, que vino a morir por todo aquel que desee la salvación. Pero el apóstol Juan deshace tal argumento cuando advierte que hay transgresores que no viven en la doctrina de Cristo, los cuales no tienen ni al Padre ni al Hijo. Nos prohíbe también tratarlos como hermanos (no debemos decirles bienvenidos) porque al hacerlo participamos de sus plagas (2 Juan 1:10-11). 

En otro momento, ese Jesús que vino a morir por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), declaró ante una multitud que lo seguía por mar y tierra, aquella gente que se había alimentado de los panes y los peces producto de un milagro, que ninguno podía venir a él si el Padre no lo trajere. En el Capítulo 6 del Evangelio de Juan está ese relato; de gran importancia resulta leerlo y examinarlo. Varias premisas surgen de él, para que nuestro razonamiento se encuadre con la manera de pensar del Hijo de Dios. Todo lo que el Padre le da al Hijo viene irremediablemente al Hijo, y aquel que a él viene no será echado fuera jamás. Esa podría ser una premisa mayor de algún silogismo que tratemos de formar; uno puede continuar razonando hasta afirmar que no todo el mundo viene a Jesús. La conclusión lógica sería que los que no vienen a Jesús no son enviados por el Padre. 

Si nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo enseña primero, ya que una vez que haya aprendido irá al Hijo, debe entenderse que los que no conocen a Jesús no han sido ni enseñados ni enviados por el Padre. Pero ¿qué pasa con los que dicen ser enviados y no lo son? Juan también habló de ellos en una de sus cartas: Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros (1 Juan 2:19). Esos anticristos (personas que se oponen al evangelio) se habían infiltrado en la iglesia, pero al probar los espíritus la iglesia se dio cuenta de que no todos eran de Dios.

Fijémonos en Judas Iscariote, en el momento en que los discípulos compartían la cena del Señor. Jesús advirtió que uno de ellos lo habría de entregar, pero la reacción mayoritaria de sus discípulos consistió en preguntarle al que todo lo sabía si eran ellos los traidores. Ninguno de ellos supuso que el traidor sería Judas, ninguno se aventuró a dar una opinión acelerada acerca del Iscariote. La razón puede basarse en que Judas testificaba como cualquiera de ellos, tenía una clara doctrina bíblica, gozaba de buena reputación, predicaba con ellos y participaba del entusiasmo religioso. Aunque Juan en el relato del evangelio señaló a Judas como un ladrón que sustraía de la bolsa del dinero colectivo, para usufructuarlo en forma personal (Juan 12:6), sabemos que eso lo dijo mucho después de que se supo de la traición. Suponemos que después de la traición su memoria se ayudó para repasar ciertos actos extraños que antes había visto en su andar apostólico junto a Judas.

En realidad, si en general los discípulos preguntaban cada uno: ¿Seré yo, Señor?, y si ninguno dijo ¿Será Judas, Señor?, se entiende que ninguno sospechaba en ese momento de él. Bien, esto nos habla del anticristo, un simulador casi perfecto, un engañador que se hace pasar como ángel de luz. Aprender de Cristo implica vivir como él es, hacer que su carácter se forme en nuestros corazones. El evangelio nos ayuda en la metamorfosis que debemos procurar, al imitar a Jesucristo hasta que su imagen salga en nosotros como si fuese de un espejo. Para esta transformación el Espíritu nos habilita porque mora en nosotros, pero ese Espíritu no mora en los anticristos que se hacen pasar por ministros de luz. 

Muchos confunden la doctrina de Cristo y se enredan en la simpleza del evangelio. Si leen lo que el Bautista promulgó, que el Cordero de Dios quitaba el pecado del mundo (Juan 1:29), generalizan y creen que en realidad Jesús abolió los efectos del pecado en cada persona. Otros, al leer 1 Juan 2:2, asumen que el apóstol sostiene una expiación universal. Pero ese mismo escritor bíblico fue el autor del evangelio que lleva su nombre, donde dejó en claro la doctrina de Jesús respecto a la soberanía divina en materia de salvación. Por esa razón hay que mirar el contexto de cada relato, para determinar su referencia eficaz. Recordemos que Pablo fue el encomendado para el mundo gentil, en tanto los demás discípulos -incluyendo a Juan- se dedicaron a las primeras iglesias compuestas fundamentalmente por judíos conversos. 

Esa perspectiva histórica nos da el contexto para comprender mejor el relato. Juan le escribía a la iglesia en general (obsérvese el destinatario de la Carta: Hijitos míos), pero él no era el apóstol para los gentiles. Por esa razón les dice a los hermanos (sus hijos espirituales) que Jesucristo era la propiciación por los pecados de los judíos y no solamente por los de ellos sino por los de todo el mundo. ¿Cuál mundo? Prestemos atención a lo dicho en su evangelio, en Juan 3:16 y Juan 17:9, donde encontramos dos referentes de una misma palabra. Acá podemos invocar el contexto de Jesucristo cuando hablaba con Nicodemo, maestro de la Ley. Los judíos creían que ellos eran exclusivos y que las demás naciones eran las gentes que no entraban en el pacto divino. Por eso Jesús le dijo a ese maestro que Dios había amado de tal manera al mundo (a los gentiles); de la misma forma, Juan, discípulo de Jesucristo, habiendo escrito las palabras del Señor, le recuerda a la iglesia de judíos conversos que ese Cristo propició por los pecados de todo el mundo (no solamente por los judíos). Juan incluye tanto a judíos como a gentiles conversos.

Imposible suponer que el apóstol proponga una expiación universal, ya que si todos somos salvados por la muerte de Cristo no habría ninguna condenación para nadie. Atribuir al individuo la diferencia entre cielo e infierno implicaría robarle la gloria al Hijo, desestimar su martirio en la cruz y suponer que no logró el objetivo propuesto, ya que muchos se condenan pese a que sus pecados fueron expiados. También sabemos que muchos fariseos se asombraron al ver a la gente seguir a Jesús, por lo cual dijeron: Mirad, todo el mundo se va tras él. Esta es una frase hiperbólica, de exageración, para dar cuenta de su asombro: ¿Cómo era posible que sus prosélitos siguieran a aquel maestro de Galilea? Por supuesto que el adjetivo todo más el determinante (todo el mundo) no hace referencia a cada uno en particular, ya que los mismos fariseos que pronunciaron esa frase no seguían a Jesús. Tampoco lo siguieron los del Sanedrín, ni los habitantes del Imperio Romano ni los otros judíos que lo ignoraron. 

No conviene caer en la falacia por categoría, aquella que hace contar manzanas con naranjas como si fuesen un todo. Esa costumbre la tienen también los que presumen de creer en la soberanía de Dios, al sostener que Cristo murió en forma suficiente por todo el mundo pero en forma eficaz por los elegidos. Esa frase no tiene sentido, va para todos lados como buscando un eclecticismo semántico. ¿Acaso no le dijo Jesús a un grupo de judíos que ellos no acudían a él porque no formaban parte de sus ovejas? ¿No insistió el Señor en decir que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere? Aseguró que él pondría su vida por las ovejas (no por los cabritos que colocará a su izquierda); el profeta Isaías habla del fruto que vería por causa de su aflicción, de los muchos que justificaría el siervo justo. Pablo habló de la predestinación, de los elegidos desde la eternidad para ser semejantes al Hijo de Dios. Y Jesucristo habló de Judas como de un diablo, compuso parábolas para que muchos no entendieran y no se arrepintieran, no tuviera él que perdonarlos; entonces, no cabe la posibilidad de asumir una propiciación por todo el mundo, sin excepción. Siempre conviene valorar los contextos.

Jesús le dio una herida mortal en la cabeza a la serpiente, para cumplir la promesa hecha en el Génesis. En el juicio final los impíos sufrirán su pena por siempre, ya que no fueron redimidos por la sangre del Cordero. Fue una suerte el haber sido escogido por Dios para salvación (Efesios 1:11, versión antigua de Reina Valera), ya que Jesús pagó todos los pecados de todo su pueblo en el Calvario. Él dijo: Consumado es, de manera que no se le puede añadir a la redención nada más. La oración intercesora del Señor se hizo el día previo a su agonía y martirio por la expiación de los pecados de su pueblo. Ese contexto debemos mirar de cerca, para darnos cuenta de que el mundo pasado por alto, destinado a perdición, a tropezar en la roca que es Cristo, no fue redimido. Con esos pecados de ese mundo no cargó Jesús en la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 20:57
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