Domingo, 29 de mayo de 2022

La justicia de Dios hizo necesario el castigo por la transgresión. Jesucristo fue el Cordero sin mancha, ordenado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). Ese Cordero soportó hasta la muerte el azote del Padre como castigo por todos los pecados de todo su pueblo. Jesucristo fue hecho pecado por causa de sus amigos, que son las ovejas, su pueblo o su iglesia. La ley de Moisés fue dada para mostrar el carácter de Dios, pero también para demostrar la impotencia humana. Su rasero fue muy alto y ninguna persona pudo cumplir a cabalidad con todos sus preceptos.

Esa ley que no salvó a nadie, en palabras de Pablo, vino a ser el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. La didáctica de la ley instruyó al pueblo que en ella militaba a mirar hacia adelante, hacia el Mesías que vendría. Ya Moisés había anunciado que vendría otro libertador semejante a él, ya que él fue un prototipo del Cristo que habría de venir. Los sacrificios de animales por parte del sacerdocio, apuntaban hacia el Señor que llegaría oportunamente en el tiempo señalado. Era deber de cada persona el conocer sobre la promesa del Génesis 3:15, más allá de que el Génesis como libro no se conociera. Pero de seguro hubo tradición oral de lo anunciado, como bien lo señala Job cuando habla de su Redentor que vivía, que resucitaría de entre los muertos. 

La justicia de Dios exigió el trabajo de su Hijo en la cruz. La ira del Altísimo se derramó sobre la vida de Jesucristo, para lograr la salvación total de cada uno de los señalados como su pueblo. La Escritura abunda en el tema de la predestinación, al decirnos de principio a fin que fuimos ordenados para esta salvación tan grande, que aunque estuvimos muertos en delitos y pecados fuimos traídos a la vida de pura gracia. En realidad hubo un intercambio de ira por gracia: un Jesús que recibió el castigo divino a cambio de procurarnos la gracia de la redención. 

Hemos sido salvos por gracia, por medio de la fe, y esto no es atribuible a nosotros sino que vino como un regalo divino. Pero la Biblia dice que no es de todos la fe, además de que sin fe resulta imposible agradar a Dios. Jesucristo es el autor y el consumador de la fe, por lo cual cada oveja le seguirá al oír su llamado. El Buen Pastor ha declarado que ninguna de sus ovejas se irá tras el extraño (el maestro de mentiras que pregona el evangelio anatema), sino que todas ellas serán guiadas a sitio seguro. Estamos en las manos del Hijo y en las del Padre, como doble cerrojo, pero también somos habitados por el Espíritu, como un sello hasta la redención final.

La rectitud de Jesucristo nos fue adjudicada, en un intercambio que hizo el Padre. Nosotros no tuvimos nada que ver en ese contrato, ya que aquello fue acordado desde antes de la fundación del mundo (como ya lo dijo Pedro). Nosotros (las ovejas) fuimos predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11). En tal sentido, Dios imputó la justicia de su Hijo a cada uno de los elegidos, castigando nuestras transgresiones en el Hijo a quien hizo pecado, sin que hubiera cometido pecado alguno. En eso consiste el mensaje del evangelio, en la justicia de Dios que es Jesucristo. 

Dios no se pacificó con nosotros de gratis sino que lo hizo tras recibir un precio. La sangre del Hijo estuvo prefigurada en el Antiguo Testamento con su didáctica, en cada animal sacrificado que señalaba al Mesías que vendría. Ese era el precio figurativo que cobró forma y realidad tangible cuando el Cordero fue inmolado en la cruz del Calvario. Por esa razón, la justicia de Jesucristo exige la redención de cada uno de los que él representó.

Recordemos la oración del Señor la noche previa a su martirio. Él agradeció al Padre por los que le había dado y le daría por medio de la palabra de los primeros discípulos. El Señor rogó por los suyos, pero dijo claramente que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). ¿Quién puede tener la osadía de afirmar que Jesús murió por todos, sin excepción? Sabemos que rogó por su pueblo, en un todo de acuerdo a lo dicho en Mateo 1:21; conocemos que no rogó por el mundo, por lo tanto ese mundo no fue incorporado a sus hombros en su martirio. ¿Quién nos condenará? Cristo es el que murió, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros (Romanos 8:34).

Esa garantía nos da la palabra divina, así que con la fe que nos ha sido conferida asumimos su verdad. Si miramos un verso antes (Romanos 8:33) leeremos aquello en lo que Pablo enfatizó tanto: los escogidos de Dios conforman el grupo por quien el Señor murió y resucitó. De esta manera sabemos que nada ni nadie nos podrá separar del amor de Cristo, así que somos más que vencedores. Tenemos el problema resuelto, los que hemos creído de acuerdo al propósito de Dios, los que hemos conocido al siervo justo que justificará a muchos. Ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni la muerte ni la vida, ni ninguna cosa creada, ni siquiera lo presente o lo por venir, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor (Romanos 8:37-39).

Nos resta agradar al Señor que se entregó por nosotros. Dios no cobrará dos veces por el mismo pecado, por lo cual estamos seguros de su palabra: los pecados fueron echados al fondo del mar y Jehová no se acordará más de ellos (Miqueas 7:19). No se nos pedirá cuenta por ninguno de los pecados que pagó el Señor en favor de cada uno de los que conforman su pueblo (Mateo 1:21). Por esa razón se ha escrito que fuimos comprados con sangre, para que vivamos en la justicia divina. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 21:45
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