Jueves, 26 de mayo de 2022

La eficacia de la sangre de Cristo no puede ponerse en duda. Jesús expió todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), ya que ese constituyó su objetivo en la encarnación. Las ovejas propias del buen pastor lo siguen, en tanto cada una es llamada por su nombre. Los que gustaron del don celestial pero se hundieron en el mundo, salieron de nosotros pero no eran de nosotros, de acuerdo a las palabras de Juan. Queremos resaltar que Jesús no desperdició su sangre en la supuesta redención de los réprobos en cuanto a fe. Estos últimos fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo.

Aunque Calvino haya dicho en sus Comentarios de la Biblia que Judas tuvo la oportunidad de arrepentirse mientras Jesús le lavaba los pies o, lo que resulta peor opinión teológica, que el Señor le brindó tal oportunidad el día previo a su crucifixión, sabemos que la Escritura no lo apoya. La oración del Señor en el Getsemaní demuestra que existe un mundo que no sería objeto de la expiación de Jesucristo (Juan 17:9). Los llamados bíblicos a la pureza espiritual, a cuidar el cuerpo como templo del Espíritu, son necesarios en medio del mundo satánico en el cual vivimos. No somos del mundo, por eso debemos tener mucho cuidado para no mezclarnos con los cerdos o con los perros. El hecho de que podamos probar los espíritus para ver si son de Dios nos hace saber que formamos parte de la familia celestial.

Nuestra santificación no causa derechos en el reino de Cristo, simplemente es uno de los frutos de la pertenencia a ese reino. La eficacia de la sangre de Cristo no se discute en cuanto a cualidad, pero sí se debe precisar en torno a su propósito. Decir que la sangre del Señor no bastaría para Esaú sería colocarle un límite a su poder; pero decir que por el poder inconmensurable de su sangre ella deba alcanzar a los Esaú del mundo profanaría el propósito. Dios se dispuso salvar a los Jacob que hizo para ser semejantes a su Hijo, así que dado que el objetivo para con Esaú fue la reprobación inútil sería hablar del alcance de la sangre de Cristo en los réprobos en cuanto a fe.

De nuevo, el mandato general de arrepentirse y creer en el evangelio implica una orden, como lo fueron las órdenes de la ley, pero no un decreto. La voluntad absoluta del Padre es redimir a todos cuantos eligió desde la eternidad, así como condenar a todos cuantos reprobó desde la misma eternidad. Romanos 9 parece exponerlo en forma muy clara, así como Efesios 1 y un sinnúmero de textos de la Escritura. Si Cristo murió por su pueblo (Mateo 1:21) para salvarlo de sus pecados, ¿por qué hay que pedir excusas a Esaú por el hecho de que el Señor no muriera por él? No, Jehová no le envió excusas al Faraón en razón del endurecimiento anunciado ante Moisés, ni se excusó con el rey Acab, ni con Jezabel, ni lo hace con nadie a quien quiere endurecer (Romanos 9). Las excusas parecen salir de las plumas de los teólogos, los que sienten vergüenza por el Dios revelado en forma plana y simple en las Escrituras. Ellos buscan maquillarlo para mostrarlo más benévolo, pero nuestro Dios sigue siendo fuego consumidor.

Uno de los problemas con el concepto de la universalidad de la expiación consiste en la asunción de una disculpa ante Esaú. Sí, pareciera que el objetor levantado en Romanos 9 triunfó en el espíritu de los teólogos preocupados por el alcance de la expiación. Ellos se muestran confundidos en relación a la cualidad y a la cantidad, en el sentido de que suponen una confussio o mezcla de esos dos conceptos. La cualidad inherente al siervo justo ameritaría, en el sentir de tales teólogos, una absolución suficiente para cada ser humano. Equivaldría a decir que Cristo no hubiese tenido que sufrir un poco más por el pecado de aquellos que son del mundo y por los cuales él no rogó (Juan 17:9). La infinitud del Hijo de Dios no implica que haya tenido que extender el perdón a cada ser humano, porque si así hubiese hecho entonces caería en la falacia del fracaso del Todopoderoso.

El sentido de la expiación conlleva implícito el carácter del perdón absoluto, de la reconciliación total entre el Dios Creador y la criatura beneficiaria. ¿Qué sentido hubiese tenido que Cristo hubiese expiado los pecados de Judas Iscariote, si antes dijo que él era el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese? ¿Cuál sentido se le vería si hubiese muerto en favor de la expiación del pecado del Faraón, a quien endureció, o del de Esaú, a quien odió? Precisamente, las palabras para el profeta Jeremías tocan el absoluto de la expiación: Con amor eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia (Jeremías 31:3). Esta frase cubre por analogía a cada creyente, a cada sujeto predestinado para ser adoptado como hijo.

Cuando el decreto para salvar por medio de la expiación se emitió, se garantizó a cada elegido su redención total. Pese a ello, hay quienes sostienen que la fe se apropia de la salvación y trae como consecuencia la intercesión de Jesucristo. Ciertamente, Jesús rogó por los que el Padre le dio y le daría, por medio de la palabra incorruptible de aquellos. Sin embargo, no rogó por el mundo, entonces no murió por ese mundo por el cual no rogó. Esa rogativa es pasada, de manera que no está sujeta a la fe como condición previa. No obstante, el Hijo de Dios sabía y sabe a quién habría de dar esa fe salvadora, por lo tanto su rogativa no fue en vano. El ruego del Señor en favor de su pueblo no cayó jamás en el vacío.

Podemos ligar el objeto de la expiación al de la oblación (ofrenda por el pecado), como un don para los destinatarios de la fe salvadora. Creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna, dice el libro de los Hechos, 13:48; esto implica que los que no creyeron no fueron ordenados para vida eterna, sino ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo (1 Pedro 2:8). Si algunos son ordenados para el tropiezo, se sobreentiende que Jesucristo cuando no rogó por el mundo no rogó por los que son réprobos en cuanto a fe. De manera que el Señor no vino a morir en vano por un grupo de personas que no creerían jamás, ya que el objeto de la expiación se amarra a la fe y a la salvación final. La fuerza de la expiación, pese a la cualidad de la víctima ofrecida, no fue suficiente para todo el mundo, sin excepción. Pero esa limitación se ha de contemplar no en virtud de alguna limitante que tuviera el Cordero sin mancha, sino en la virtud de la proposición eterna hecha por el Padre. Así, Padre, porque así te agradó (Mateo 11: 25-26).

Hubo un pueblo escogido, el real sacerdocio, la nación santa, la iglesia o cuerpo de Cristo, sus amigos, sus ovejas, determinado y específico (por nombre). Ese conjunto de personas conforman el objeto de la redención conseguida en la cruz, pero el evangelio se predica por todo el mundo para testimonio a las naciones. Dentro de ese conglomerado de personas a las que se les predica, hay ovejas y cabras. Jesús dijo que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, que no se irán jamás tras el extraño. Cuando la oveja estuvo perdida pudo andar en camino ajeno, en el sendero ancho junto a las cabras propias de este mundo. Pero una vez que oyó al buen pastor llamándola, ella reconoce la voz de su buen pastor que la ha llamado por su nombre.

La eficacia de la sangre de Cristo se demuestra en cada oveja que lo sigue, en cada uno de los santos bienaventurados cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto su pecado. Esta certeza de la expiación nos motiva para separarnos cada vez más del mundo, al cual no pertenecemos pese a su intento de seducción. Nuestra fuerza no alcanza para resistir al diablo, para huir de las pasiones vergonzosas, pero por la limpieza de la palabra y en virtud del Espíritu que mora en nosotros podemos ser más que vencedores. Cada creyente lamenta su pecado, como lo hizo el David caído, pese a que fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios. Cada convertido puede sentirse miserable como se sintió Pablo, por causa de la ley del pecado que habita en sus miembros (en su cuerpo de muerte, Romanos 7).

Al mismo tiempo, cada creyente dará gracias a Dios por Jesucristo que lo libra de esa miseria. Acá está también la eficacia de la sangre de Cristo, en que su redención motiva lo suficiente para caminar en su conocimiento. Nos vamos adentrando en la vida eterna, al tiempo en que nos vamos retirando de este mundo. Retirarnos del mundo no podemos si no conocemos al Padre y a Jesucristo el Hijo (Juan 17), pero estamos seguros de que Jehová ha sostenido siempre nuestra mano. Grande resulta la eficacia de la sangre de Cristo, por la cual el Padre nos ha dicho: Mi presencia irá contigo y te daré descanso (Éxodo 33:14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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