Domingo, 22 de mayo de 2022

No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, así que con esa premisa debemos partir. No basta con predicar la palabra Jesús como si ella fuese suficiente para que le lleguemos a conocer. Por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11), de tal forma que urge conocerle. Jesús es mucho más que un simple nombre propio, es el Hijo de Dios hecho carne, es el único que pudo cumplir la ley a cabalidad, de tal forma que se ofreció a sí mismo como propiciación por los pecados de su pueblo. No rogó por el mundo sino por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de los primeros creyentes. Esa palabra incorruptible que enseñó a sus apóstoles, la misma que cada escritor bíblico colocó de acuerdo a la inspiración del Espíritu Santo.

Nadie podrá ser salvo si no oye primero la predicación del evangelio, como aseguró Pablo: ¿cómo invocarán a aquel a quien no conocen? No hay magia en el acto de salvación, no se hará dejando a un lado el evangelio de Cristo. La razón resulta simple, ya que nadie puede ir al Padre sino por medio de Jesucristo, pero al mismo tiempo nadie va al Hijo si el Padre no lo lleva. De igual forma el nuevo nacimiento o la regeneración se produce por mediación del Espíritu Santo, sin que intervenga voluntad alguna de varón. 

El Dios soberano de las Escrituras es quien forma la luz y crea las tinieblas, el que hace y da paz y el que crea el mal. Sí, Jehová es quien hace esas cosas (Isaías 45:5-7). Para poder tener fe en Cristo hace falta conocerlo, saber lo indispensable sobre su persona y su obra. Esa fe también viene como regalo de Dios, no consiste en una obra humana, pero es por medio de ella que somos salvos. El ladrón en la cruz fue salvado en el último momento de su vida, pero lo fue por las mismas razones con las que cada oveja es rescatada. Tuvo que haber sido amado por el Padre desde la eternidad, elegido para alabanza de su gloria, regenerado por el Espíritu de Dios, hubo de recibir la fe junto con la gracia y la salvación, por cuya razón se deduce que supo quién era Jesús, el Cristo, y comprendió que su vida de malhechor lo incapacitaba para hacer lo bueno. De esa forma, aquel ladrón entendió que por sí mismo no hubiese podido comprender, cosa que su colega del otro lado no llegó a entender. Fue salvado de pura gracia, gracias a que conoció al siervo justo.

Negar tal conocimiento tacharía la gloria del Hijo, mientras aplaudiría la ignorancia del evangelio y del Dios que lo dio al mundo amado. ¿Quién le dio esa claridad al ladrón en la cruz para reconocer que Jesús vendría en su reino, para asegurar que él ningún mal había hecho, por lo que no merecía morir? ¿Quién le entregó aquella facultad para reprender a su colega por la ironía con la que se dirigía al Señor? Si pensamos que fue consecuencia de un razonamiento simplemente humano, ciertamente tendrá de qué gloriarse. En ese caso, la salvación sería un trabajo conjunto producto de la gracia de Dios y del escrutinio humano; pero si comprendemos que el Espíritu es quien regenera a la persona sabremos que aquel ladrón estuvo tan muerto como su colega. Fue el Espíritu el que operó la regeneración en él y no en su compañero, sin mirar en sus obras buenas o malas. 

No se le exigió al ladrón en la cruz la comprensión de alguna teología sistemática, como no se nos exige a nosotros. De lo que sí estamos seguros es de que ese ladrón supo lo que era la justicia de Dios, le fue dado el entendimiento para comprender que Jesús, el Cristo, era esa justicia por la cual él pedía que se acordara de él en su reino. Si así no fuera, entonces no tendría sentido que Pablo hubiese escrito lo que colocó en Romanos 10:1-4. 

La Biblia dice que Cristo sufrió por nosotros (1 Pedro 2:21), que Dios no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Romanos 8:32), nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se entregó él mismo por nosotros (Tito 2:13-14), que Cristo nos amó y se entregó él mismo por nosotros (Efesios 5:2), y que Cristo sufrió por nuestros pecados, el justo por los injustos (1 Pedro 3:18). Muchos otros textos similares se obviaron, pero resulta suficiente este conjunto para remarcar que quienes escriben se refieren a los hermanos, sus destinatarios, a la iglesia como quien recibiría las cartas.

No dicen que Cristo se entregó por todo el mundo, sin excepción, como si se incluyera a Judas Iscariote, a Esaú, al Faraón, al hombre de pecado, a cada réprobo en cuanto a fe. Se entiende que se refiere a su pueblo, en un todo de acuerdo con Mateo 1:21. La entrega de Jesús como sacrificio muestra que lo hizo en nuestro lugar. A eso se llama imputación, ya que él llevó nuestras ofensas y nos impartió su justicia a cambio. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), habiéndonos redimido de la maldición de la ley, cuando llevó el pecado de muchos (no de todos) (Hebreos 9:28). Ciertamente no de todos, ya que no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). 

Como podemos deducir de lo acá dicho, no hay chance para una expiación universal o general, en el sentido de que Cristo hubiese muerto para hacer posible la redención de cada ser humano. Al contrario, el escritor bíblico es enfático con el nosotros, con la expresión su pueblo, en cada oportunidad que refiere a la redención de Jesús. El objeto de la redención es el pueblo elegido por el Padre, la iglesia como su esposa, sus amigos, su pueblo, el mundo amado por Dios (Juan 3:16), no el mundo dejado a un lado (Juan 17:9). 

Así que Dios no abarata la redención, no necesita de nuestra misericordia para que nos acerquemos a Jesús, como si él pendiera de una cruz a la espera de que le mostremos nuestra señal de aceptación. Jesucristo no realizó una salvación potencial, que dependa de nosotros, sino que hizo eficazmente al consumarla en la cruz una salvación actual, real, para cada una de sus ovejas que vino a buscar. No hay magia en la salvación, pero sí existe una estructura que pasa por la predicación del evangelio como palabra incorruptible (lo que deja por fuera el falso evangelio); el que cree lo que el evangelio enseña tocante al Verbo de vida, a su persona y a su trabajo, es salvado. Al igual como sucedió al inicio de la iglesia, que creían todos aquellos ordenados para vida eterna, lo mismo sucede hoy día hasta que el último de los redimidos se complete.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:35
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios