Viernes, 20 de mayo de 2022

Los que piensan que la muerte de Jesucristo se hizo en favor de toda la humanidad, sin excepción, asumen que ellos hacen la diferencia entre cielo e infierno. El evangelio, para los de la creencia de la expiación universal, significa una opción, una redención en potencia que el ser humano debe completar o actualizar. El leopardo no puede mudar sus manchas, ni el etíope su piel, así que el hombre acostumbrado a hacer mal no tendrá una correcta apreciación de las cosas del Espíritu de Dios.

La expiación o el trabajo de Jesucristo exige la salvación total de aquellos que él representó en la cruz. Pese a que la redención se hizo en forma eficaz, cada uno de los elegidos del Padre escuchará en esta tierra el mensaje de redención. Ese mensaje de arrepentimiento para perdón de pecados, para creer en el verdadero Dios, nos habla de la soberanía y gracia con la cual nos escogió desde antes de la fundación del mundo a todos los que compartiríamos su amor eterno. 

En este punto, los incrédulos nos preguntan para qué predicar, si ya todo está decidido. Bien, si Dios le dio 15 años más de vida a un rey, eso no significó que el beneficiario no comiera más porque pudo basarse en la promesa de Dios y pudo pensar que no le sería necesario alimentarse nunca más. Tampoco significó que podía lanzarse al vacío desde lo alto de una montaña, como si Dios lo sostendría porque le había dado la promesa de vida. De la misma manera, el ser humano muerto en delitos y pecados necesita arrepentimiento para perdón de pecados, pero eso no viene si no se oye el evangelio. ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? 

Jesucristo habló de perros y cerdos, para que tuviésemos cuidado de no echarle nuestras cosas santas y nuestras perlas a ellos. Por esa palabra sabemos que el creyente tiene la capacidad de distinción de los espíritus, de otra manera no podría saber si son de Dios. Esa capacidad la da el Espíritu y la palabra que mora en cada creyente, para que se aperciba y reconozca quiénes han creído en el Señor. 

El trabajo del pecador no puede hacer la diferencia entre cielo e infierno. Es el trabajo de Jesucristo en la cruz el que completó todo: Consumado es, dijo el Señor cuando hubo terminado su obra. Algo que ha sido consumado por Dios no puede tener añadiduras, no puede ser susceptible de perfeccionamiento posterior. Creer en la expiación universal significa asumir un falso evangelio; esto nos da a entender que Jesucristo no salvó a nadie en particular sino que hizo posible para todos la redención. De esa manera cada quien decide su eternidad, cada quien tendrá de qué gloriarse y aminorará la gloria dada al Redentor de los elegidos del Padre. 

Satanás, como padre de la mentira, falsifica el evangelio. Él tiene muchos evangelios, todos a la carta para deleitar el paladar del espíritu humano caído. El hombre religioso participa con gratitud de ese menú, agrega y quita para que el cocinero le sirva el plato favorito. La Biblia ha dicho que muchos se amontonan para escuchar a los fabuladores, como quienes buscan a alguien que les predique de acuerdo a sus propias concupiscencias. Existe el odio a Dios por parte de aquellos destinados para tropezar en la roca que es Jesucristo. La humanidad caída habla de la ruptura del cordón umbilical, como si fuese independiente del Creador. De esa manera la gente celebra a su padre el diablo, como si éste fuese el ser bondadoso que les regaló el fuego del cielo. 

El pueblo de Dios detesta el camino falso, el evangelio torcido llamado anatema. Sabemos que hay un verdadero Dios y muchos falsos dioses, un verdadero Jesucristo y muchos falsos Cristos, un verdadero Santo Espíritu y muchos espíritus que se dicen santos pero que son impuros. También encontramos arrepentimientos falsos, como con apariencia de piedad. Jehová ha dicho claramente: Yo soy Jehová, ese es mi nombre, y no daré a otro mi gloria, ni mi alabanza a las imágenes (Isaías 42:8). 

La imagen no solamente puede ser concreta, llevada al plano o hecha en forma tridimensional, también puede ser mental. El imaginario colectivo o individual acerca de lo que debería ser Dios constituye una prueba de la idolatría. Dios no dará su gloria a otro (Isaías 48:11), así que no se complacerá en aquellos que lo imaginan en forma distinta a como Él se ha dado a conocer. La mejor forma de conocerlo pasa por la vía de escudriñar las Escrituras. Esa es una tarea individual, para beneficio de cada creyente y de la iglesia como colectivo.

La idolatría le atribuye a Dios un carácter que no le pertenece. Al contrario, lo que el idólatra le atribuye al Creador implica que le resta lo que realmente lo identifica como Dios soberano. Muchos religiosos recorren la tierra buscando prosélitos, diciéndoles que Dios los ama, que tiene un plan maravilloso para sus vidas, si tan solo se rinden a los pies de Cristo. Eso no pertenece al ámbito de la Biblia, ya que sabemos que Dios no tenía un plan maravilloso para la vida de Judas, ni para la de Esaú o la del Faraón. Son muchos los ejemplos que encontraremos en las Escrituras para desmentir tal asunción del amor universal de Dios. 

La mayor imagen idolátrica está confeccionada con falsa doctrina. El Dios de la Biblia controla su creación, la domina, la juzga. Su soberanía con la cual se ha dado a conocer impide imaginar, si presumimos de coherencia, en una expiación universal. Él ha dicho que amó a Jacob pero odió a Esaú, dos emblemas de la humanidad: un lote escogido para redención y otro para demostración de la condenación eterna. El que comprende el significado de la expiación por el pecado sabrá lo que Jesucristo quiso decir cuando oró al Padre exclamando: No ruego por el mundo (Juan 17:9). 

Imaginar a un Jesús más bondadoso de lo que él demostró ser, suponer que Dios sería más justo si hubiese expiado la culpa de toda la humanidad, o si hubiese dejado que el hombre dispusiera de acuerdo al mitológico libre albedrío, presupone idolatría. Eso equivale a hacerse un dios ajeno delante del Dios Creador. No en vano Juan exclamó en una de sus cartas: Hijos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21), mientras Pablo escribió:  Por tanto, amados míos, huid de la idolatría (1 Corintios 10:14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:02
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