S?bado, 14 de mayo de 2022

Los redimidos lo fuimos porque se le imputó el pecado al Cordero inmolado. La paga del pecado es la muerte, por lo que para poder cancelar nuestra deuda murió el Salvador. La obra del Espíritu consiste, entre tantas actividades, en la regeneración de los escogidos. Se nos ha dicho que finalmente seremos glorificados, semejantes al Hijo de Dios, como uno de sus hermanos. Una gran pregunta se mueve en las mentes teológicas, para indagar si Dios pudo perdonarnos sin la cancelación de la deuda. Él es Dios, dicen algunos, por lo tanto pudo salvarnos de otra manera. Sin embargo, no existe contingencia alguna en Él, así que lo que fue era necesario que fuese.

Si escogió a Su Hijo para semejante trabajo de seguro lo consideró necesario. Su acto de gracia estuvo atado a su justicia, de manera que hubo que pagar un precio muy alto de acuerdo al rasero de quien es llamado tres veces santo. Dice la Escritura que el Padre nos enseña para enviarnos al Hijo, pero que el Espíritu es quien da la vida a los que escoge para tal fin. Dado que no hay contradicción alguna en la familia divina, los tres están de acuerdo. La operación regeneradora del Espíritu se realiza solamente en los escogidos del Padre, los cuales gozan del beneficio de la imputación de sus pecados en los hombros de Jesucristo. 

Hubo un intercambio favorable para nosotros: Jesús tomó nuestras iniquidades y fue azotado por ellas, con sufrimiento de muerte. Al mismo tiempo, el Padre tiene al Hijo como su propia justicia, de manera que nosotros recibimos la justicia del Hijo para poder comparecer tranquilos ante el Padre Eterno. Eterno fue el amor con el cual nos amó, por lo cual se prolonga para siempre su misericordia. Nuestros pecados no son recordados por el Juez de toda la tierra  porque los echó en el fondo del mar. 

El pecado es el error que nos deja con sentimientos de culpa, cuando nos valoramos en el rasero de pureza y santidad divina. La sangre de Cristo nos quita las manchas del pecar y nos emblanquece como la nieve, de acuerdo a la metáfora de Isaías (Isaías 1:18). El siervo justo terminó su trabajo en la cruz, nos envió un nuevo Consolador que habita con nosotros los redimidos. También se ha escrito que se nos dio un espíritu nuevo una vez que se nos cambió el corazón de piedra por el de carne (Ezequiel 11:19-20). El creyente debe saber que su corazón no es más nunca engañoso y perverso, como aquel corazón mundano descrito por Jeremías (Jeremías 17:9).

Tenemos buenas obras por hacer, las que fueron preparadas para nosotros. Así como el Señor terminó su trabajo en la cruz, nosotros también tenemos una faena que cumplir desde que fuimos redimidos. Pero esas buenas acciones no son condición para la redención sino más bien una consecuencia de ella. No nos cansemos de hacer el bien, recomienda la Escritura; por igual, hemos de reprender las obras infructuosas de las tinieblas. Nuestra ocupación debe girar en torno a nuestra salvación, para ocuparnos con temor y temblor, dado que Dios es quien produce en nosotros el querer como el hacer (Filipenses 2:12-13). 

Los discípulos le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban y recibieron como respuesta que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios. Es decir, el hombre no puede salvarse a sí mismo, ni siquiera puede aplicarse la sangre de Cristo como una medicina para el alma. La humanidad entera ha caído en pecado y ha sido considerada muerta en sus delitos. El Padre es quien da vida, pero lo hace con quien Él quiere tener misericordia. Esto molesta a muchas personas que incluso argumentan pertenecer al universo de la iglesia de Cristo. La realidad resulta simple: Dios no debe tenerse como un Ser injusto, ya que hace según su voluntad. El pecado genera castigo y su paga es la muerte espiritual, pero Dios tiene misericordia por medio de Jesucristo: su dádiva es la vida eterna en Cristo Jesús.

La Biblia insiste en llamar predestinados a los que Cristo redimió en la cruz. Recordemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, lo cual nos lleva a la conclusión de que no moriría por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9), pero sí murió por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). Ese mundo amado es el de los escogidos, el de los que son considerados pueblo suyo, a los que finalmente llama oportunamente con llamamiento eficaz. No depende de quien quiere ni de quien corre, no depende de decisiones personales ni de trucos religiosos (Romanos 9:16). 

Por lo ya expuesto concluimos con Pablo en lo siguiente: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8: 33-34). Fuimos salvados por gracia, por medio de la fe, todo lo cual es también un regalo de Dios. Cuanto hemos dicho proviene de la Escritura, inspirada por Dios pero escrita por los hombres escogidos para tal fin.  Lo que ha sido revelado, en ocasiones no se anuncia como tal bajo la intención de esculpir un Creador diferente.

Tal vez algunos piensan en un Dios más benévolo, condicionados en el argumento de cantidad: mientras más redimidos mejor disposición mostraría. Pero en la Biblia se habla de manada pequeña, de los pocos escogidos del Padre, por lo cual no conviene deslumbrarse por lo que piensa la mayoría. Lo que importa para el creyente es la palabra revelada, no lo que debería ser de acuerdo a la teología de cada quien. A la ley y al testimonio, reza un versículo de la Biblia; los que tuercen las Escrituras lo hacen para su propia destrucción.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:45
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