Domingo, 08 de mayo de 2022

El amor de Dios para con su pueblo demanda que nos abstengamos por completo de la idolatría. La iglesia se destruye en la medida en que sus miembros participan de los patrones del servicio a los ídolos, que es por igual el servicio a los demonios. En Éxodo 20 el Señor declara que no hemos de tener otros dioses delante de Él, por lo cual la iglesia resulta impedida de participar en pactos con religiones falsas. Existe la hermandad en Cristo pero por igual aparece la hermandad en Satanás, así como se escribió sobre la Sinagoga de Satanás en el libro de Apocalipsis.

Los ídolos quedan por fuera de la comunidad eclesiástica (como lo afirmara el profeta Zacarías 13:2). Conocemos lo que le sucedió a Israel bajo el reinado de Acab, su mixtura con los Baales por medio de Jezabel, la esposa del rey. Hoy día muchos se apartan de los muñecos de yeso o de bronce, de madera o de oro, pero por igual sirven a la idolatría. No pueden vivir sin un pesebre en épocas decembrinas, o sin un árbol al que llaman de Navidad. Tal vez necesitan colgarse una cruz en el cuello pensando que aquello lo protege o le sirve para dar testimonio de lo que creen. Parecieran desconocer que la cruz ya era un símbolo pagano antes de que Jesucristo fuera crucificado, una parte importante de muchas culturas ajenas al cristianismo. 

Imaginemos por un momento que Jesús hubiese sido ejecutado en una silla eléctrica. Entonces los idólatras de turno se colgarían una miniatura de la silla en el cuello, o tal vez se adornarían con cables de oro y plata simulando el mecanismo de la descarga eléctrica. ¿Y si Jesús hubiese sido decapitado? Una cabeza sin cuerpo sería el modelo, un hacha asesina el estandarte; esto resulta oprobioso, pero la cruz ya pasó como algo natural en la cultura del cristianismo y por ello muchos la usan con propósitos religiosos. 

Existe una promiscuidad entre el pueblo que sirve a los falsos dioses. Ah, pero hoy día hay un falso dios que se llama Jesús, Jehová, el Señor, etc. A ese falso dios se adora y se le canta, de él se leen sus escritos bajo la interpretación privada de los predicadores de turno. Se trata de un Cristo a la medida de la mente humana, de la mente no regenerada por el Espíritu. Ese Jesús aparece como soberano pero no siempre, no tanto; hay quienes lo hermanan con muchas religiones antagónicas unas de otras, ese Jesús puede ser budista, un pacificador, un hippy, el de la obra Jesucristo Superstar, donde Judas se muestra exaltado porque sin él no hubiese habido redención. 

Ese falso Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, a pesar de que no rogó por el mundo (Juan 17:9); ese Señor respeta el libre albedrío de los seres humanos y no desea que ninguno perezca (un verso tomado fuera de contexto), quedando a la expectativa del buen obrar de los muertos en delitos y pecados. Es un Jesús que se despoja por momentos de su soberanía para que el hombre decida su destino (en palabras de Luis de Molina). Este autor jesuita del siglo XVI cree en las capacidades naturales del hombre para hacer el bien, con lo cual se aleja de la visión pesimista de las Escrituras. Si el hombre está muerto en delitos y pecados, de acuerdo a la Biblia, Molina asegura que enfermó solamente. Si Dios es absolutamente soberano, de acuerdo a las Escrituras, Molina asegura que se despoja por un momento de su soberanía para brindar respeto al libero arbitrio humano, de manera que decida su destino libremente. Esto, asegura ese autor, brinda mayor alegría al Creador, al saberse amado sin forzar a la criatura a que le dé amor. 

Pero ese falso Cristo convertido en un ídolo tiene un monumento a su fracaso: el infierno de fuego, ya que habiendo querido que todos se salven y habiendo dado su sangre en rescate por todos (y no por muchos, como dijera Isaías), contempla con tristeza cómo la gente se pierde eternamente. Su fracaso se nota por cuanto intentó salvar a todos pero no lo logró; claro está, la excusa la darían diciendo que él es un Caballero que respeta el libre albedrío humano, otra falacia religiosa sacada de la manga teológica. Hoy día existe el sincretismo religioso, una forma de idolatría odiada por Dios, sumado a la falsa profecía. Abundan los falsos profetas, los que dicen fechas de la venida de Cristo, los que aseguran que ellos no morirán, los que hablan en falsas lenguas atribuidas al Espíritu. Todos ellos junto a los idólatras antes mencionados, son una abominación al Dios de la Biblia.

Pero Dios continúa diciéndonos a través del profeta Isaías lo que declaró hace siglos: que Él es Dios, que no dará su gloria a otro, ni su alabanza a ninguna imagen idolátrica (Isaías 42:8).

Es tiempo de saber que una imagen no tiene siempre que ser una escultura o un dibujo plano en un papel, pudiendo también aparecer como un constructo mental de aquello que se supone debería ser Dios. Cuando el hombre de religión supone que Dios debería ser más justo, menos soberano, lo está enjuiciando y está declarando que la Biblia dice cosas con las que no está de acuerdo. Ellos se asemejan a aquellos discípulos de Jesús, los que comieron de los panes y los peces, los que siguiéndolo por mar y tierra se ofendieron por causa de sus palabras. Ellos se retiraron con murmuraciones y dijeron que aquellas palabras de Jesús eran duras de oír. No soportaron el que el Señor les hubiera dicho varias veces que ninguno podía ir a él si el Padre no lo trajese (Juan 6:37,44, 65). 

Hoy día encontramos a muchas personas de fe que aman el alabar a un Dios de amor, pero callan del que es fuego consumidor. Ese Dios de las Escrituras no solo ama, también es celoso, es justo y posee una gran ira contra el pecado y el pecador. Ese Dios se muestra soberano aún en materia de salvación y condenación eternas, como asegura la Escritura en diversas citas. Quizás la más emblemática la escribió Pablo en su Carta a los Romanos, capítulo 9: A Jacob amé, pero a Esaú odié, esto antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos. Ah, pero los religiosos de ahora solo hablan del amor divino, del Dios de la naturaleza, del que no quiere que las ballenas se mueran o desaparezcan, del Dios de la paz y del Dios de la expiación que no existe, la expiación universal. Para ello tienen estudiosos teólogos que se ocupan de darle el giro a las Escrituras para que sus fieles queden satisfechos, algunos de los cuales han llegado a desvariar tanto que aseguran que cuando Dios odia en realidad ama menos.

Si uno mira de cerca el dios presentado por la predicación de las nuevas iglesias en sus múltiples denominaciones, puede darse cuenta de un factor común: ese dios es el hombre mismo, ya que de él, de sus ideas preconcebidas, nace la supuesta divinidad que adoran y pregonan. Se aferran a la Biblia pero con interpretación privada, hablan de herejías sin herejes, de blasfemos sin castigo, defienden a los falsos profetas que se arrepienten de sus errores para seguir cometiéndolos más adelante, o de aquellos que con múltiples herejías se retractan de algunas de ellas pero mantienen algunas todavía. La gente tiene comezón de oír las fábulas religiosas que los hacen sentir felices ante el Dios que se les predica, divorciándose cada vez más de la palabra revelada una sola vez en las Escrituras. Estos oidores del falso Cristo reclaman nuevas revelaciones, más suavizadas y blandas que sí sean fáciles de soportar. Guardaos de los ídolos, dijo Juan en unas de sus cartas; guardaos de los ídolos de la imaginación rebelde y contradictora con la palabra revelada.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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