Jueves, 05 de mayo de 2022

Muchas personas caminan por la vida sin conocer la necesidad del perdón divino, sumergidas en la idea de su libertad absoluta. Sin embargo, al leer la Biblia nos damos cuenta de la distancia separadora entre el pecador y su Creador. La ruptura presentada en el Edén nos ha alejado de la comunión certera con el Hacedor de todo, lanzándonos a la muerte espiritual por el sendero de la depravación total. Tal vez no pequemos en forma absoluta o extrema, pero sí que se anda destituido de la gloria divina mientras no se haya producido en nosotros el nuevo nacimiento.

La justicia de Dios tiene un nivel muy elevado, imposible de alcanzar en el estado natural del hombre caído. En el Edén fuimos inocentes pero no justificados, así que la caída se produjo para que el plan de Dios se desarrollara eficazmente. Aquel Cordero estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en el tiempo apostólico en medio de los hombres (1 Pedro 1:20). Jesucristo se manifestó como la justicia de Dios, habiendo cumplido toda la ley sin quebrantarla en ningún punto; por lo tanto, todos aquellos que él representó en la cruz alcanzamos el perdón absoluto de Dios.

¿Cuándo alcanzamos tal perdón? En el momento en que somos llamados para la conversión, cuando el Espíritu nos hace nacer de nuevo, al darnos arrepentimiento para perdón de pecados. Ninguna persona en su estado natural de caída puede sospechar siquiera si ha sido señalado para creer. Por lo tanto, el llamado a creer el evangelio se hace en forma general pero el que ha de creer será llamado eficazmente. Ese conocimiento pertenece al Dios del cielo, no a nosotros en tanto seres caídos. No obstante, habiendo creído, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

No existe una lista en ningún medio humano para que revisemos nuestros nombres, así que más nos conviene creer con la fe que se nos entregue. La fe viene como un regalo de Dios, pero no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar al Creador. Ese círculo de la fe se asemeja al paradigma de aquellos que el Padre envía al Hijo. Ninguno puede venir al Hijo si el Padre no lo envía, pero ninguno va al Padre sino por medio del Hijo. En resumen, recordamos las palabras de Cristo: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.

Pese a la predestinación, todos somos responsables ante el Creador. La libertad de arbitrio no existe en los seres humanos, por más que seamos testigos de su sensación. Elegimos una camisa y su color, pero ese acto no nos independiza del Dios que nos ha hecho. Esaú fue odiado desde antes de ser concebido, pero Esaú aparece tan culpable como Judas Iscariote o el Faraón de Egipto. Ellos son responsables, como cada ser humano, en tanto tengamos que rendir el juicio de cuentas. 

La magnitud del pecado se contempla por la separación del Altísimo. El sacrificio de Jesús representa el tamaño del castigo por la transgresión humana, de tal forma que podemos imaginar la imposibilidad de añadir nuestra justicia a la suya. Si Dios perdona lo hace en forma total y permanente, habiendo dicho que nunca más se acordará de nuestros pecados. La paga del pecado es la muerte pero el regalo de Dios es vida eterna, en Cristo Jesús. Ah, pero no es de todos la fe, como ya dijimos. Siempre aparece un argumento rector que domina cualquier premisa y se antepone a cualquier síntesis. Si Dios no muestra su misericordia, en vano trabaja el hombre por su descanso.

De nuevo, no tenemos una lista a la mano para verificar si nuestros nombres están allí escritos. La lista existe (Apocalipsis 13:8; 17:8) pero pertenece al Señor. A nosotros se nos manda en sentido genérico a creer y a arrepentirnos para poder alcanzar la redención eterna. El hombre natural considera locura este llamado, aborrece el mandato porque se considera independiente y soberano en este mundo donde se halla. En realidad no puede discernir las cosas que pertenecen al Espíritu de Dios, así que considera necio este llamado. Unos pocos son movidos al ejercicio de la fe, porque siempre existe un remanente que Dios ha guardado como testimonio a través de los siglos.

Quiso Dios salvar al hombre a través de la locura de la predicación. Locura implica creer que en el principio Dios creó los cielos y la tierra solo con el mandato de su voz, que separó el mar en dos para que Israel lo atravesara a salvo. Locura pudiera ser creer que una columna de fuego iluminara el camino en el desierto, o las plagas que cayeron sobre Egipto para mostrar el poder supremo de Jehová sobre el hombre-dios llamado Faraón. Locura tal vez pudiera parecer dar vueltas sobre una ciudad, hasta que sus muros calleran, como desquicio pudiera significar el llegar a creer que un ángel del cielo asesinara a miles de enemigos en una batalla. Tal vez pensar en un hacha que flota, en una carroza que se lleva a Elías al cielo, o mirar a Enoc caminar junto a Dios, pareciera locura; tal vez contemplar cómo la harina y el aceite no le faltaron a la viuda de Sarepta mientras Elías estuvo en su casa resulta una osadía de la credulidad. Por estos asuntos se nos ridiculiza a menudo, se hace burla de los crédulos y se nos acusa de poca inteligencia, todo ello en nombre de la falsamente llamada ciencia. 

¿Acaso no pareciera locura y simpleza el hecho de creer que Lázaro salió de su tumba? Creer que los ciegos vieron, que los paralíticos caminaron, o que los leprosos fueron sanados, se señala como ingenuidad de parte nuestra. Al escuchar de nuestra insistente fe se le busca una salida argumentativa a la naturaleza de nuestra confianza, cuando se nos asegura que Jesús vivió en el Tíbet y aprendió artes de sanidad. El hombre puede llegar a creer aquello que invalide la manifestación del Dios vivo en medio nuestro, y lo hace a pesar de que sea en realidad muy absurdo. Se nos niega el derecho de creer en el testimonio escrito de unos apóstoles, pero se alimenta la fe en las artes curanderas enseñadas por humanos pecadores comunes.

Los viejos griegos se reían de Pablo cuando les hablaba de la resurrección de los muertos, ya que sus dioses no les habían prometido tal cosa. Pero el evangelio de Cristo descansa en esa premisa, en la resurrección de Jesús. Si Cristo no resucitó vana sería nuestra esperanza, y seríamos dignos de conmiseración. Ese es el testimonio de Pablo, de manera que se nos señala como felices por creer sin haber visto, por amar a Jesús sin haberlo contemplado con nuestros ojos ni palpado con nuestras manos. Ese era el Verbo de vida que estuvo en medio de los hombres para demostrar que Dios se había hecho carne y habitó entre nosotros. 

Solo la fe, como don de Dios, nos permite afianzarnos en esta creencia y sujetarnos a ella para no ser movidos jamás de ese lugar. Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que galardona a los que le creen y le buscan. Las ovejas destinadas desde la eternidad siguen al buen pastor, una vez que éste las llama por su nombre en forma eficaz. No se irán jamás tras el extraño, de quien ya no conocen su voz (Juan 10:1-5). La oveja del Señor reconoce la voz de su Maestro, lo sigue por siempre, ejercita la fe que le ha sido dada, no confiesa jamás el falso evangelio.

La oveja redimida reconoce la dimensión del perdón de Dios, sabe que no pudo hacer nada en favor suyo, ya que aún la fe le vino como regalo. Esa oveja repetirá el verdadero evangelio como predicación, como buen fruto por ser un árbol bueno. De la abundancia de su corazón habla su boca, así que aquello que tiene dentro de sí confesará. Si tiene la palabra divina y el Espíritu de Cristo, confesará la doctrina de Cristo. El que no vive en la doctrina de Cristo sino que la transgrede, no tiene ni al Padre ni al Hijo (2 Juan 1:9-11). De suma utilidad le resulta al creyente el perseverar en la doctrina de Cristo, interés fundamental que Pablo recomendó a Timoteo. Ocupémonos de esa doctrina para alcanzar la salvación final, ya que por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos.

Es decir, el siervo justo (Jesucristo) nos justificará o perdonará por su conocimiento. Urge conocer su persona y su obra, ese trabajo completo que hizo en la cruz. Allí representó a todo su pueblo (Mateo 1:21) pero no representó al mundo por el cual no rogó (Juan 17:9); si comprendemos esa doctrina demostramos que andamos por buen camino. Pero muchos dan el traspiés al exigir una expiación universal por considerarla más justa. Esta imaginación y tal suposición demuestra que han comprendido mal el evangelio de Cristo, al creer que Dios sería injusto si condenara a Esaú aún antes de que hiciera bien o mal (Romanos 9). Los que contienden contra el Espíritu de Dios (que fue el que inspiró al escritor bíblico a escribir ese mensaje) lo hacen por igual contra el Padre y contra el Hijo; así que Juan lo dejó muy claramente expuesto: quien tal hace camina en forma extraviada, ha transgredido la doctrina de Cristo y no tiene al Señor con él.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:54
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