Mi?rcoles, 27 de abril de 2022

La iglesia de Cristo está compuesta de santificados, de gente que ha sido renovada en su espíritu, nacidos de lo alto por medio del Espíritu de Dios. Sin embargo, dentro del corral de las ovejas muchas cabras se introducen y los lobos rapaces también merodean su entorno. Los falsos maestros vienen con ropaje de oveja, para intentar dispersar el rebaño. Pese a esas dificultades, la iglesia continúa siendo de los santos, aquellos que fueron separados del mundo y son entregados a Jesucristo.

Esa entrega la hace el Padre, quien enseña a todos aquellos que enviará al Hijo. Al haber aprendido se moverán hacia Jesucristo y él los recibe y jamás los echa fuera. Pero la Biblia habla de la gran ramera que ha consumido la sangre de los santos, que se ha embriagado con los reyes de la tierra, madre de otras rameras. Le da el nombre de Babilonia, el misterio sobre la tierra, a la cual también destruirá en su debido tiempo. Mientras tanto ella gobierna sobre la tierra junto con los reyes satánicos que sirven al principado de Satanás. Esa congregación no puede llamarse de santos, ya que ninguno de los santificados puede morar en sus atrios.

La asamblea de los santos gira en torno a la verdad del evangelio. El evangelio está formado de doctrina, la enseñanza de Jesucristo y la de los apóstoles. La buena noticia -como sentido etimológico de evangelio- consiste en el anuncio de liberación a los cautivos, de la sanidad del alma para todos aquellos que el Padre preparó desde la eternidad con el fin de entregárselos como herencia de fruto al Hijo Redentor. En el evangelio se muestra la justicia de Dios, la cual es Jesucristo, el justo que murió por los injustos, el que sin tener pecado fue hecho pecado por causa de todo su pueblo.

El nombre que se le colocó al niño prometido fue Jesús, cuya traducción lo señala como el Jehová que salva. La razón se expuso en las Escrituras, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Esa salvación no viene por fuerza de un milagro extraordinario sino por medio de la locura de la predicación. Por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos (Isaías 53:11). 

La limpieza de los santos proviene de haber sido lavados y limpiados en la sangre de Jesucristo. Nosotros, como miembros de la verdadera iglesia continuamos pecando, por causa de la ley del pecado en nuestros miembros (Romanos 7), pero en virtud del mérito de la sangre de Cristo se nos ha imputado la justicia del Señor. María, la virgen, madre de Jesús, fue una mujer bienaventurada pero llena de gracia; a ella hubo que darle gracia como a toda la iglesia. Sin la gracia de Dios nadie lo verá, nadie podrá tener la vida eterna. Así que los que suponen una mayor pureza en María y tratan de añadirle cualidades especiales para hacerla merecedora portadora del niño, desvarían. No fue sin pecado concebida, porque con esa lógica toda su línea genealógica hasta Adán tendría que haber sido sin pecado concebida. 

La sangre de su cuerpo alimentó el cuerpo de Jesús, no fue una sangre especial, sin contaminación humana, como pudiera sugerirse desde una perspectiva maniquea o gnóstica. 

Dios no contaminó a su Hijo por hacerlo nacer de una mujer de Israel, simplemente quiso decirnos que ese niño no fue hijo de José sino de Dios. Ese niño no respiró un aire más limpio, ni se alimentó con una comida especial o celeste, dada su naturaleza divina. Ese niño fue también totalmente humano, así que cuidémonos de añadirle condiciones que no fueron exigidas ni siquiera por Dios.

La iglesia falsa no es santa, tiene un evangelio de mentira, maestros que hablan paz cuando no la hay. Poco importa que pronuncien el nombre de Jesús, que lean la Biblia y canten alabanzas, ya que lo que ellos imaginan que debe ser Dios se parece más a un Jesús-Baal que al Señor de las Escrituras. El Jesús-Baal vino a morir por todo el mundo, sin excepción, con el intento de redimir a todo el mundo pero no todos quieren ser salvados. De esa manera sus predicadores o discípulos aseguran que él ya hizo su parte, que ahora le toca a cada quien hacer la suya. 

Por esa vía, la falsa iglesia pavimenta un sendero más cómodo para las multitudes. Anuncia a un Dios que ama a todos por igual, pero que sufre por causa de los que se le resisten. Dice que todos pueden acudir a él porque el Padre quiere tal cosa, contrario a lo que dicen las Escrituras. De esta gente dijo Pedro que torcía los escritos de la Biblia para su propia destrucción. En realidad los que así creen le están dando una interpretación privada a aquello que es de pública interpretación, dada la claridad del Espíritu Santo en su exposición e inspiración. 

La iglesia verdadera es el pilar y la fundación de la verdad (1 Timoteo 3:15). Al ser cierta tal aseveración, no sería posible encontrarse con una iglesia que predique un evangelio espurio. Así que en todos aquellos sitios donde se proclama un evangelio diferente al de las Escrituras, fuera de contexto, no existe la verdad como supuesto fundacional. La Biblia no distingue entre herejías y herejes, no dice que condena la herejía pero exonera al hereje. Al contrario, condena por igual ambas entidades. Jesús dijo de los fariseos que rodeaban el mundo en busca de un prosélito pero que lo hacían doblemente merecedor del infierno de fuego. 

Si Jesús hubiese condenado solamente la herejía hubiese exonerado al prosélito recogido por los fariseos, pero más bien lo juzgó como doblemente merecedor de la condena. Tal vez porque ya estaba perdido y luego se unió a la herejía de los fariseos que sumaba pecado a pecado. En síntesis, la iglesia verdadera, fundamento de la verdad, predica la verdad. No tuerce las Escrituras, no esconde textos ni los saca de contexto, sino que se gloría en anunciar todo el consejo de Dios. Esa iglesia predica abiertamente como lo hizo Pablo, diciendo: A Jacob amé pero a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos.

Si alguno oyere esa voz y se incomodare, diciendo que ese Dios no sería justo, sepa que ya aquello fue pensado y señalado en las Escrituras. La respuesta la dio el Espíritu de inmediato, en el capítulo nueve de la Carta a los Romanos. Pero hay quienes se ofenden por las palabras duras de oír, así que en lugar de irse se quedan merodeando para denunciar a quien tal cosa anuncia. Hoy día la inclusión forzada por la ley pretenderá callar las voces incómodas para dar paso a unas palabras más blandas que agraden a los oídos encantados y seducidos por las fábulas artificiosas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 20:40
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