Lunes, 25 de abril de 2022

Vivamos justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2:12-13). Esta certeza se fundamenta en las palabras de Jesucristo, de que vendría por segunda vez a buscarnos. Él nos ha preparado y aún prepara un lugar para nosotros, sus ovejas, por quienes dio su vida para impartirnos su justicia. El sacrificio del Señor garantiza la redención, así que todo lo que el Padre le da vendrá a él. Esa es una seguridad que no se puede medir, de tal magnitud que nos cuesta comprender. Pesamos las cosas de acuerdo a nuestros propios raseros, por lo que finalmente resultamos no merecedores de un favor tan grande. Pero de eso se trata la gracia, de otorgarnos aquello que no merecemos por nuestros esfuerzos, sino por el trabajo exclusivo del Señor. Los habladores de turno ligan el evento de la segunda venida con la aparición del hombre de pecado, no lo denunciamos como si eso no ocurrirá de la manera en la Biblia lo anunció, sino por el foco de su discurso. En lugar de centrar su mensaje en la esperanza bienaventurada parecieran gozarse de llamar nuestra atención con la desesperanza propia del anticristo. Hablan por doquier con exageración, dándoles palo a la piñata teológica que contiene su confusión. Aseguran que en un mes determinado o en un año específico habrá de manifestarse el inicuo, cuyo advenimiento es por obra de Satanás. Así que entre esa figura terrible y los sellos, trompetas y las copas de la ira de Dios, junto a los ayes de unos ángeles, el creyente debe mantenerse en una esperanza que ya no parece tan feliz. Por eso conviene mirar el corazón del evangelio. No se trata de buscar fortaleza en nosotros mismos, en aquello que suelen llamar nuestra fidelidad, más bien conviene conocer a fondo lo que involucra la expiación en la cruz. Si esta expiación se hizo por las ovejas del Señor, como él lo afirmó, si no todos los seres humanos fueron objeto de ese sacrificio, entonces aparece la felicidad de que hayamos sido tomados en cuenta. Y esa es la certeza absoluta del creyente, lo que lo hará caminar por donde tenga que ser dirigido, a sabiendas de que cuanto acontece está programado por el Padre y de que todas las circunstancias nos ayudarán a bien. Pero los fabuladores de oficio trabajan duro para captar simpatizantes hacia sus doctrinas demoníacas. Salen anuncios advirtiéndonos sobre quién sería el personaje abominable del anticristo, con el ánimo de meter miedo a la audiencia. Con ello intentan persuadir que se puede huir de sus ardides demoníacos, pero lo que no dicen es que sus palabras encubren la trampa para que el oyente acuda hacia el regazo de un evangelio anatema. Le dicen a la gente que todo su futuro depende de su libre albedrío, sin el cual no podrán dar gloria a Dios. Pero la Biblia dice lo contrario, que el hombre sigue siendo responsable pese a que no puede decidir su destino. Ciertamente hay una llamada general al arrepentimiento, como igualmente existe la predicación del evangelio para testimonio a todas las naciones. Sin embargo, aquellos cuyos nombres fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, son los que acudirán al llamado eficaz que el Espíritu hace a través del evangelio predicado. El Dios de honor y gloria no abarata su mensaje, aunque muchos resulten ofendidos. No buscará a sus escogidos a merced de un evangelio anatema; al contrario, la oración de Jesucristo en el Getsemaní parece decir lo opuesto. Por la palabra de aquellos primeros discípulos se añadirán los que el Padre le siga dando hasta el último converso. No por la palabra de los Judas ni de los maestros de mentiras, no por el evangelio anatema, aunque lo predique un ángel del cielo. De allí la importancia de atenerse al texto de la Escritura, de atarse a la doctrina que nos puede salvar, como le sugirió Pablo a Timoteo. Por el conocimiento del siervo justo serán justificados muchos (Isaías 53:11), no por la ignorancia que se tenga del Señor. Tampoco el conocimiento significa pronunciar la palabra Dios o Jesús, sino que presupone el escudriñamiento de las Escrituras porque allí parece estar la vida eterna. ¿Sabe usted lo que significa la expiación de los pecados? ¿Entiende usted la significación de haber ido al madero a poner la vida por todos los pecados de todo su pueblo, de acuerdo a Mateo 1:21? Jesús murió recibiendo el castigo del Padre por todos los pecados de aquellas personas que representó en la cruz. No murió por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9), así que no dio su vida en rescate por Esaú, ni por el Faraón de Egipto, ni por ningún réprobo en cuanto a fe. Jesucristo hizo una redención específica y eficaz, con nombre y apellido, de aquellos que le fueron otorgados por el Padre como la herencia que Dios le dio. Ese fue el fruto de su trabajo, el linaje que verá, el cual lo hace satisfecho. El que uno se encuentre en ese grupo ha sido considerado una suerte (Efesios 1:11) o una herencia, como algunos prefieren traducir el término griego de ese texto. Pero si es una herencia no pensemos en que nos corresponde por derecho nuestro, sino por el derecho del Hijo en virtud de aquello que hizo por los que el Padre le dio. Fue hecho pecado, aunque no hubo pecado, de manera que hasta el Padre lo abandonó por un momento en la cruz. A cambio nos hicieron el mejor negocio del mundo: recibimos su justicia. Hemos sido declarados justos por un mandato judicial divino, de tal forma que la justicia de Cristo (nuestra pascua) nos fue imputada. Él tomó nuestros pecados, pagó por ellos, pero nosotros tomamos su justicia y fuimos justificados. No que hayamos sido habilitados para no pecar, o para cumplir la ley, sino que todo lo cumplió el Señor para nuestro favor. Nosotros hemos recibido la gracia divina, junto con la fe y la salvación (Efesios 2:8). Nadie nos puede separar del amor de Dios en Cristo Jesús, otra de las esperanzas bienaventuradas que poseemos. La Biblia es el único libro que Dios escribió, al utilizar a los santos hombres suyos a quienes inspiró. Ella nos habla de la redención, de la planificación del Padre desde antes de la fundación del mundo, de su amor que equivale a haber pensado en nosotros como los elegidos, como los herederos junto con Cristo, nosotros como hijos adoptivos del Todopoderoso. Dice Juan que el creyente no peca, pero de inmediato ha dicho o dice que si decimos que no tenemos pecado le hacemos a él mentiroso (al Señor), así que si confesamos nuestros pecados él es fiel y justo para perdonarnos. Ese él (verso 9) refiere a Jesucristo su Hijo (verso 7), el Hijo de Dios, el inmediato referido expuesto como antecedente del pronombre personal de tercera persona singular (1 Juan 1:7-9). Jesucristo todavía perdona pecados, aunque intercede por nosotros ante el Padre. Su capacidad no le fue limitada, más bien en su resurrección le dijo a los apóstoles que le había sido entregada toda potestad en el cielo como en la tierra. Y si cuando estuvo en esta tierra, siendo poco menor que los ángeles, sometido a la humanidad escogida, fue capaz de perdonar pecados, ¿cuánto más no lo será ahora que recibió toda potestad en todo lugar? Pero aún esa cualidad algunos pretenden limitar para equipararlo a un Dios disminuido, apocado, como si el hecho de interceder continua o perpetuamente por su pueblo le impidiera el ejercicio de una actividad que le es propia y que ha sido mencionada por Juan en su carta (1 Juan 1: 1-9). En el afán de criticar la herejía de los que suponen el modalismo, que Dios se manifiesta como Padre, como Hijo y como Espíritu, al rechazar a las tres personas del Dios Trino, sostienen otra herejía. Sucede lo mismo que aconteció en un viejo concilio, cuando al condenar el arrianismo se aprobó la herejía de María como la madre de Dios. Parece ser que la esperanza bienaventurada proclamada por muchos que se profesan como cristianos es una esperanza infeliz. Si están tan sumidos en la herejía, en cualquiera de sus manifestaciones, si no entienden el sentido limitado de la expiación en la cruz, en realidad niegan el verdadero evangelio y asumen el anatema del cual habló el apóstol Pablo condenándolo. Dios amó a algunos con amor eterno, así que no los enviará al infierno de fuego. Ese fue su amor especial para su pueblo escogido, no porque hubiese mérito en ellos mismos sino por los méritos de su Hijo. Si usted pregunta por qué razón el Padre no escogió a toda la humanidad para recibir ese beneficio, la respuesta la encontrará en la Escritura. Dios tiene misericordia de quien quiere tener misericordia, así quiso que fuera y Cristo nos mostró su humildad al aceptar esa voluntad: Así, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:26). ¿Quién es el hombre para que alterque con Dios? ¿Por qué hemos de pelear con Dios por el alma de Esaú? Todo cuando hizo para su propia condenación fue el producto del odio previo de Dios. Entonces, ¿Por qué, pues, Dios inculpa? La pregunta siempre asalta en círculo, ya que no hay otra interrogante para el hombre natural sino la que involucre una acusación contra el Creador por lo que ha hecho. Pese a las inquisitorias y a las acusaciones contra la justicia de Dios, el Espíritu ya respondió: El hombre no es nadie para altercar con su Creador. No es más que barro en manos del alfarero, no es sino una olla de barro hecha de la misma masa que todas las vasijas que el Padre tuvo a bien hacer. Unos para vida eterna y otros para muerte perpetua. ¿Es, pues, Dios injusto por eso? Así parecen acusarlo los del evangelio anatema, los que proponen una expiación universal cuya condenación recaiga en el fuero del pecador. De esa forma intentan defender a Dios de sus propias acusaciones, pero Él no ha solicitado tal defensa porque no tiene un tribunal al cual acudir. Al contrario, la criatura le debe un juicio de rendición de cuentas porque no posee libre albedrío. Si lo poseyera no tendría nada que responder porque sería una criatura independiente del Creador.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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