Jueves, 21 de abril de 2022

No te rindas equivale a cualquiera de los 33 versículos de la Biblia que dicen no temas. También podríamos encontrar esa expresión en las muchas admoniciones de entusiasmo con las que el Señor nos anima: Mira que te mando que te esfuerzo, que seas valiente; Yo estaré contigo hasta el fin; Voy a preparar lugar para vosotros, etc. El miedo se ha convertido en un denominador común entre los que militan en el mundo, miedo a una guerra, terror a un robo, pánico a algún accidente que ocurra. Las más de las veces la gente nos saluda para descargar su peso de angustia sobre nuestros hombros.

La ansiedad comienza su operación clandestina y nos aflige, ejerciendo tal presión que debemos buscar alivio de inmediato. Pero el creyente tiene el grato recuerdo de su Señor, el que nos ha dicho que no desmayemos porque Él es nuestro Dios. Él siempre nos sustentará con la diestra de su justicia. No puede ser menor la ayuda si ya nos redimió de la muerte y del pecado, si ya Su Hijo pagó por cada uno de los que el Padre le dio. De allí que se nos conmine a hacer un esfuerzo, a ser valientes, ya que no nos ha dado Dios espíritu de cobardía sino de poder y de dominio propio.

Además, se nos ha recomendado insistentemente el no estar afanosos, aunque cada día traiga su propio afán; más bien debemos dar a conocer a nuestro Dios (el que ya conoce todo) por medio de la oración todo cuanto nos preocupa, con acción de gracias. De esa manera la paz de Dios guardará nuestros pensamientos en Cristo Jesús. Ese acto de guardar nuestros pensamientos se da por el solo hecho de hablar con el Señor, sea en forma oral o mental, privada o pública, aún escrita. Tiene sentido por cuanto la oración implica súplica para satisfacer nuestras carencias, sean estas afectivas o biológicas, materiales o espirituales. Aquel pan nuestro suficiente para cada día de la oración modelo, tiene su lógica en este momento de ruego.

Debemos acostumbrarnos a la acción de gracias, incluso desde antes de recibir el don pedido. Esa es una manera de reconocernos humildes ante el Dios soberano, sea cual fuere su respuesta. En ocasiones pedimos y no recibimos aquello deseado, tal vez porque lo hemos pedido mal. Hemos hecho una solicitud que no nos conviene y el Señor no nos entrega aquello que nos puede dañar. No nos dará una serpiente cuando pedimos un pan, pero sí que nos hará justicia contra nuestro adversario. Sabemos quién nos adversa, si bien utiliza personas, gente propicia para ser utilizada en contra nuestra. El Señor se reirá del maligno, sea demonio o sea humano, porque ve que viene su día; el Señor nos ha recomendado a estar quietos y a ver que Él es Dios.

En el camino al Calvario el Señor cayó con el peso de la cruz, por causa de los azotes recibidos y las ofensas inferidas, pero se levantó una y otra vez. También nosotros podemos caer (incluso por causa de nuestros pecados) pero tenemos el ejemplo del Maestro que no se rindió. Los salmistas recomiendan esperar pacientemente a nuestro Dios, ya que Él se inclinará a nosotros y nos honrará en aquello que le hayamos pedido. 

Si existe la promesa de guardar nuestros corazones y pensamientos entonces vale la pena el intento de orar siempre. Evitemos toda ansiedad, sepamos que mientras oramos descargamos la aflicción en el que sufrió tan cruenta pena por nuestros pecados. Esa paz de Dios nos preserva, nos evita la angustia extrema, nos ahuyenta la soledad mordaz que aflige el alma redimida en el mundo regido por su príncipe. Muchos sos los errores y abundantes las herejías de los malvados, así que al orar también podemos buscar defensa contra esos ataques.

Pablo le escribía a los filipenses para exhortarlos a pedir a Dios debidamente, pero les recomendó que se dedicaran a pensar en todo lo bueno, en todo lo justo, en todo aquello que fuere puro y que tuviere algo digno de alabanza. Esas cosas son dignas de pensarlas y de meditarlas, ya que el mundo lo que aporta es una madeja de preocupaciones inútiles.  Orar sin desmayar pero al mismo tiempo pensar en lo que valga la pena, son dos acciones útiles para el creyente en este mundo. 

No temas, yo te ayudo (Isaías 41:13).  Con esas palabras Jehová habló a Isaías para que le dijera al pueblo de Israel que no desmayase. También nosotros recibimos ese aliento de las Escrituras, pues como dijo Pablo: aquellas cosas se escribieron por causa de nosotros. Si el Todopoderoso está diciéndonos que nos ayudará, creámosle porque si Él no lo hace nadie lo podrá hacer. Además, Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El Dios que hizo los cielos y la tierra al sonido de su voz, el que separó lo seco de lo húmedo, el que liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, por medio de Moisés, es el mismo Dios que separará el mar tormentoso para que lo atravesemos sin problema alguno. Ese mar de tormentos se cerrará contra nuestros enemigos y ellos perecerán en sus penas, en sus aflicciones, como también dice la Escritura: huye el impío sin que nadie lo persiga. El Dios de Elías está con nosotros, el mismo que estuvo con Eliseo, el que operó señales y milagros con los apóstoles o primeros discípulos de Jesucristo. 

Ahora andamos por fe y no por vista, ahora somos llamados bienaventurados por creer sin ver; ahora nosotros amamos a Jesús a quien no hemos visto, así que ese Dios invisible para nosotros hará visible sus dones cuando nos responda a nuestras súplicas y ruegos. Él es el Dios que coloca los pensamientos en el corazón del rey y lo inclina a todo cuanto quiere; asimismo pondrá en los corazones de los que nos rodean el deseo de lo que Él haya ordenado. Tornó para bien lo que los hermanos de José pensaron para mal, nos ha dicho que todas las cosas nos ayudarán a bien, porque Él nos ha llamado desde la eternidad. Con amor eterno nos ha amado, su misericordia se prolongará igualmente. 

Cuando busques a los que tienen contienda contigo no los hallarás, serán como nada y como cosa que no es; simplemente porque Jehová sostiene tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudo (Isaías 41:13). Será suficiente ese texto para inclinarnos a orar, si bien la Biblia contiene muchísimos ejemplos similares. Lo que nos toca hacer es la súplica, el ruego, la inclinación ante la presencia del que todo lo puede. En la medida en que eso hagamos le iremos conociendo más y más, pero por igual si leemos su palabra aprenderemos a indagar en su voluntad. 

Son dos voluntades, la de Dios y la nuestra; la oración nos permite bajar nuestro ego ante el gran Yo soy. En realidad Él es el único EGO que existe, nosotros somos imágenes de lo que es. Pero en la medida en que nos alejamos del gran Yo soy nos engrandecemos entre nosotros mismos, lo que hace que la soberbia aparezca con todas las consecuencias de maldición que atrae. Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes. En la cámara secreta aprendemos a bajar nuestro ego ante el gran Yo soy, de manera que en ese espacio aprendemos mejor nuestro lugar en el mundo y de qué estamos hechos.

No te rindas, viene a ser el resumen de aliento que Dios dicta a sus hijos. No te rindas porque haré lo necesario para sacarte de ese pozo, de manera que después pondré tus pies sobre la roca sólida y nadie te podrá dañar. Sigamos intentándolo porque da buenos resultados, cada creyente sabe de esta verdad, si bien la recomendación conviene para darnos ánimo los unos a los otros.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:26
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