Mi?rcoles, 20 de abril de 2022

Si la salvación es por gracia y absolutamente segura, ¿por qué la advertencia contra la apostasía? Si Jesús murió por las ovejas, ¿no hace segura la redención particular que hizo en la cruz? El rey Ezequías fue obsequiado con quince años más de vida, de parte de Jehová por intermedio del profeta; sin embargo, preguntas similares a las anteriores pudieran hacerse respecto al rey. ¿Para qué tendría que alimentarse el rey si tiene garantía de vida por quince años más? ¿Tendrá el rey necesidad de respirar, si Jehová le obsequió 15 años más de vida? ¿Podría el rey lanzarse desde una montaña muy alta y asegurar que no morirá, si la palabra de Jehová es cierta? 

Sabemos que las respuestas a esas interrogantes son todas similares: no tentaremos al Señor nuestro Dios, el que predestinó el fin también hizo lo mismo con los medios. Si Dios le dio más años a Ezequías le dio también el deber de alimentarse y de cuidar su cuerpo para que alcanzase los días señalados. De igual forma el hijo de Dios es advertido en cuanto a la apostasía para que no caiga en ella, porque caer allí significa estar fuera de la gloria divina. Nuestro transitar por el mundo implica muchas trampas del enemigo, significa que caminamos en la casa del oprobio, por lo cual vale cualquier admonición para no tropezar. 

Por otro lado, el que cree estar firme mire que no caiga; algunas divisiones surgen para separar lo malo de lo bueno, otras para señalar a los que son de Dios y permanecen con Él. Dios advierte a sus elegidos para que no caigan en la apostasía, precisamente porque ellos oirán su voz y el espíritu colocado en ellos amará el andar en sus estatutos. Dios no les dice a sus elegidos que caigan en la apostasía porque allí no habrá peligro para ellos, porque ellos ya son salvos; Dios les dice que tengan cuidado de no caer, muy a pesar de que Él sabe que no caerán porque Él sostiene sus manos. 

Cuando se nos exhorta a continuar el camino de la santificación (la separación del mundo), se hace para que evitemos el castigo que el Padre le da a todo el que tiene por hijo. Hubo falsos profetas en el antiguo Israel, como habrá falsos maestros entre la iglesia, para introducir herejías destructoras, aseguraba Pedro (2 Pedro 2:1). También habrá hombres de mente depravada, reprobados en lo que respecta a fe (2 Timoteo 3:8). El que enseña una doctrina diferente y no conforme a las sanas palabras del Señor Jesucristo, está envanecido y nada entiende. Posee, más bien, un interés morboso para las discusiones y contiendas de palabras, y se supone que por estar privado de la verdad tiene la piedad como medio de ganancia (1 Timoteo 6:3-5). 

Hay una apostasía silenciosa que viaja en las mentes no transformadas por el Espíritu de Dios. Hay cristianos de profesión (no de conversión) que alegan su propia transformación de carácter, de personalidad, como si fuese la evidencia necesaria para demostrar el nuevo nacimiento. Muestran un gran celo por Dios, pero no conforme a ciencia (Romanos 10:1-4). 

Existen también los apóstatas que sostienen la herejía de la expiación universal. Al no comprender lo que significa el centro o núcleo del evangelio, extienden la redención del pueblo de Dios hacia el mundo en su totalidad. Si Cristo expió los pecados de Esaú, entonces ¿a qué viene el odio de Dios por esa persona, como señala la Escritura? (Romanos 9). En realidad, estos apóstatas establecen que la diferencia entre cielo e infierno yace en la criatura, en algo que ellos hacen, en un trabajo que coopera con la gracia divina. Ellos suman herejía tras herejía, ya que contrarían la Escritura al afirmar que el hombre natural no está muerto en delitos y pecados sino que apenas enfermó. Ellos predican que cualquiera puede acudir a Cristo ya que el Señor murió por todos, sin excepción, el cual está a la espera de las almas por las cuales hizo el sacrificio en la cruz. No obstante, el Cristo de la Biblia afirmaba que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo trajere; y si eso llegase a suceder, él no lo echaría fuera. Es decir, si el Padre le envía a todo el mundo, sin excepción, Jesucristo no echaría fuera a ninguno de ellos.

Dado que eso no sucede, se habría de concluir -al seguir los pasos de la herejía trazada- que el infierno viene a ser un monumento del fracaso del Señor: un Dios hecho hombre que murió por todos sin excepción, pero cuya sangre no funcionó en todos los que caminan presurosos a la perdición final. La sangre del Hijo es pisoteada por todos esos herejes que sostienen que el Padre lo castigó por los pecados de aquellos que perecen eternamente. En otros términos, el Padre envió al Hijo a morir por aquellos a quienes jamás salvaría. Eso no es más que herejía tras herejía, como el pecado que trae pecado y finalmente la muerte. 

La garantía de la seguridad del creyente en Cristo yace en la sangre expiatoria y en la justicia de Cristo, solamente. Es la sangre de Cristo la que limpiará nuestras conciencias de obras muertas, para servir al Dios vivo (Hebreos 9:14). Ese Jesús, con una sola ofrenda,  hizo perfectos por siempre a los santificados (Hebreos 10:14). Cuando el religioso no posee el conocimiento del siervo justo, descansa en el trabajo que pueda hacer para ayudar en su propia justicia ante Dios. Esto es salvación condicionada en el pecador, dado que el irredento no ha comprendido que Jesucristo hizo todo en favor de su pueblo (Mateo 1:21). El irredento puede leer la Biblia y memorizar muchos textos, pero siempre actúa fuera de contexto. Por otro lado, el irredento pelea continuamente contra el absolutismo del Creador, le objeta su odio por Esaú como lo declara la Biblia. Él sostiene que sería un Dios más justo si tan solo hubiese dejado que Esaú se hubiese condenado por causa de sus malas obras; él no tolera que Cristo haya hecho todo, porque como sabe que el Espíritu de Cristo no está en él intenta extender la expiación a todos, sin excepción, para ver si él puede entrar entre esos elegidos.

Pero esa actitud no lo ayuda, ya que antepone su justicia a la de Dios, al convertirse en un colaborador de Jesucristo para beneficio de sí mismo (obtener la salvación). Si tuviera el Espíritu de Cristo viviría en la doctrina del Señor, pero no puede porque la detesta. Es capaz de amar la ética cristiana, de vivir modestamente y con apariencia de piedad, pero en cuanto a los fundamentos de la doctrina del Señor se convierte en su principal objetor. Se siente ofendido por las palabras tan duras de oír, de manera que construye del Jesús de la Biblia un ídolo, un dios hecho a su imagen y semejanza. Dado que ese ídolo es acogido por millones de personas denominadas creyentes, se afianza en la falacia de cantidad, asumiendo que la mayoría debería tener la razón. Al menos siente que la falsa autoridad de sus teólogos le brinda el respaldo de su extraña creencia. Con razón el Señor les dirá en el día final que nunca los conoció, que se aparten de él al lugar destinado para los perdidos (los cabritos irredentos). El creyente no desdeña la ley de Dios, sino que intenta agradarlo en todo cuanto haga. Sabe que peca, pero agradece por Jesucristo quien lo librará de su cuerpo de muerte (Romanos 7). 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:54
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