Martes, 19 de abril de 2022

La gente dice que como puede escoger un par de medias del almacén, ellos ejercen el libre albedrío. De igual manera suponen que Dios se rige por la justicia terrenal, de esa forma sostienen que solamente la criatura libre puede ser cargada con responsabilidad por lo que hace. Nace entonces el dualismo, la suposición de que la libertad debe existir para poder responder ante el Creador. Imaginar que porque no podemos caminar sobre las aguas Dios tampoco puede, sería un craso error. Presentar analogías terrenales cuando se trata de asuntos espirituales puede dirigir al que así piensa y actúa a un camino cuyo final es de muerte. 

El Creador le anunció a Moisés lo que iba a hacer con el Faraón de Egipto, manipularlo hasta que estuviese maduro para su sacrificio, para exaltar su gloria en medio de la tierra. También le informó a Jeremías lo que haría con Ciro, el rey de Persia, de manera que en el tiempo oportuno Jehová despertó el espíritu de Ciro e hizo que pronunciara su voy y dejara por escrito lo que el Señor le había dicho al profeta. El libro de los Proverbios asegura que el corazón del rey está en las manos de Jehová, como las corrientes de las aguas, a todo lo que Dios quiere lo inclina (Proverbios 21:1). 

Con esos relatos de la Biblia se muestra apenas la punta del iceberg, así que deberíamos procurar mirar a fondo la dimensión de su poder. Él se presenta a Sí mismo como el alfarero y nos dice que nosotros somos apenas el barro en sus manos. Toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, toda ella en principio posee un corazón engañoso y perverso, más que todas las cosas. Sin embargo, esas palabras de Jeremías refieren en exclusiva al hombre natural, mientras que las palabras de Ezequiel anuncian el cambio que haría el Señor. Nos colocaría un corazón de carne y nos daría un espíritu nuevo, que amaría su palabra. 

Al parecer, muchos teólogos y hombres de religión continúan con el viejo corazón reseñado por Jeremías, ya que no les agrada la palabra de Dios cuando refiere a su soberanía absoluta sobre todo lo que ha hecho. A ellos les molesta mucho el que se haya escrito que Dios amó a Jacob y odió a Esaú, antes de que hiciesen bien o mal, antes de ser concebidos. Ellos se convierten en abogados de Esaú, alegan que el Faraón se endureció a sí mismo y por eso Dios lo terminó de endurecer; pero ellos saben que eso no es lo que la Biblia enseña. A pesar de sus conocimientos, sienten que esas palabras son duras de oír y sus oídos resultan ofendidos.

Ciertamente, no depende del que quiera ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia; así que tiene misericordia de quien quiere tenerla pero a quien Él desea endurecer endurece (Romanos 9: 18). Dios llamó a Abraham de un pueblo pagano, le prometió una descendencia que sería una nación grande, pero también le dijo que sería un pueblo esclavo por un número determinado de años. De esa manera leemos que los hermanos de José lo entregaron a gente enemiga, con el pensamiento de deshacerse de él. José después les recuerda que aunque ellos hayan pensado mal Jehová lo volvió para bien. Este parlamento lo celebran los amantes del libre albedrío, como si fuese un texto que respaldara su entelequia. Al contrario, si no tomasen el texto en forma aislada comprenderían que la actitud de los hermanos de José obedecía al designio de Jehová, de acuerdo a lo que le anunció a Abraham. Ellos cumplían al calco el guión de Dios, de manera que al vender a su hermano a los ismaelitas estaban dando pie para que la semilla de Jacob fuese hacia Egipto y pasados algunos años sufriera la esclavitud. 

El propósito de Jehová estuvo claro desde siempre, como se lo dijo a Abraham. Por esa razón llamó a Moisés y le expuso muy claramente que él endurecería el corazón del Faraón, para que no dejara salir al pueblo de Israel de la esclavitud (Éxodo 4:21; 7:3; 9:12). Todo aconteció como Jehová le había informado a Moisés que sucedería. El Antiguo Testamento exhibe a un Dios que endurece a sus enemigos, que anuncia lo que acontecerá, para que su pueblo lo conozca y le dé la gloria (Deuteronomio 2:30; Josué 11:20). Los hijos de Elí no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir (1 Samuel 2:25). ¿No fue Jehová quien hizo que el pueblo no oyera el consejo de Ahitofel para que de esa manera se atrajera el mal a Absalón? (2 Samuel 17:14). 

Cualquiera puede leer el Salmo 73, de Asaf, para darse cuenta de lo que hace el Señor con los impíos: los engorda, hace que no tengan muchas penas y que consigan con creces los antojos del corazón, pero los ha puesto por igual en desfiladeros. Ellos caerán y será muy tarde para arrepentirse, Jehová despreciará su apariencia como quien despierta de un sueño. Dios ha hecho aún al impío para el día malo (Proverbios 16:4), así como hizo a Judas y lo colocó como diablo entre los apóstoles. 

¿Qué dijo Pedro respecto al Mesías? Dijo que Dios lo había ordenado desde antes de la fundación del mundo como Cordero, así que de esas palabras se deriva el que Adán y Eva hayan tenido que pecar. ¿Todavía osa alguien que se crea sensato pensar que Adán tenía libre albedrío? ¿Acaso alguien todavía sospecha que Adán hubiese podido arrebatarle la gloria guardada para el Hijo en su rol de Redentor? Ese mismo apóstol escribió que Jesucristo es la piedra de tropiezo y roca de ofensa, para que tropiecen los que fueron ordenados para tal fin (1 Pedro 2:8). 

¿Qué vamos a decir de los moradores de la tierra, los que adoran a la bestia y se ufanan de su maravilla? Dios también los ha colocado para tal fin (Apocalipsis 13:8; 17:8 y 17). Se predica el evangelio de Cristo para testimonio a las naciones, para que los elegidos del Padre puedan ser llamados eficazmente, para que los réprobos en cuanto a fe sean asolados con mayor énfasis. Aquellos que dicen ser creyentes, pero que se espantan de las palabras de la Biblia, de la soberanía divina en todos los renglones humanos, sepan que el sacrificio del impío es abominación a Jehová (Proverbios 15:8). En cambio, la oración de los justos es su delicia; esos justos somos los justificados en Cristo, los que él representó en el madero y por quienes se entregó a sí mismo cargando el castigo de nuestros pecados. 

La falsa analogía se estima como falacia, una mentira que no puede traspasar la criba de la razón. Los que suponen que el hombre tiene como atributo natural y moral la libertad de acción frente a su Creador, para que pueda ser declarado culpable en un juicio, extrapolan el ámbito de la analogía terrenal hacia la celestial. En el Derecho Civil y Penal de los seres humanos tal proposición suele ser válida, pero en el ámbito de la soberanía absoluta de Dios sobre sus criaturas el modelo fracasa. Se nos acusa de promover que somos como robots en manos de un Dios que mueve todos los hilos del títere, pero en realidad la metáfora bíblica muestra algo mucho peor: somos barro en manos del alfarero. Estamos en sus manos y nos moldea a su antojo.

¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo, no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38). ¿Se tocará trompeta en la ciudad y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho? (Amós 3:6). En palabras de Dios a Ciro, a través del profeta Isaías: Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto (Isaías 45: 5-7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:39
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