Domingo, 17 de abril de 2022

Pablo habló del evangelio anatema, Jesucristo también lo hizo, en referencia a los falsos maestros que enseñarían doctrinas de demonios. El árbol bueno no puede dar un fruto malo, pero el árbol malo tampoco dará un fruto bueno. En la metáfora usada por Jesús acerca de esos dos árboles, se refiere a las personas que confiesan aquello que abunda en sus corazones. De la abundancia del corazón habla la boca, fue su dictamen final en ese discurso. El habla espontánea delata el cambio lingüístico, lo mismo acontece con el evangelio: mientras más espontánea es la persona más fácilmente demostrará lo que tiene por dentro.

Muchos vienen en nombre del evangelio de Cristo, pero se nos exige probar los espíritus para ver si son de Dios. En el tanto hablar de los que profesan el evangelio, en algún momento la herejía sobresale de su construcción teológica. No podemos adorar a un Dios que no conocemos, de allí la urgencia de predicar el evangelio para que se invoque a aquel a quien se llegue a conocer. El mal evangelio no llevará un alma a los pies de Cristo, como e falso Cristo jamás salvará un alma. El falso Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, para hacer una salvación potencial que no reclama un alma en particular. 

Dios es justo y justifica al impío. La forma de justificarlo no demuestra arbitrariedad, más bien se afianza en la lógica de la expiación por los pecados del hombre injusto. Una justicia especial le es aplicada, la justicia de Jesucristo quien es a su vez la justicia de Dios. La forma en que Jesús consiguió esa justicia fue por medio del proceso de la cruz. El Padre lo castigó por causa del pecado de todo su pueblo (Mateo 1:21); de esta forma, Jesús tomó los pecados de aquellos que el Padre le dio y el Padre nos impartió la justicia de Jesucristo.

Ese cambio nos convenía, ya que de otra manera nuestro celo por Dios vendría a ser inútil, pues no sería conforme a ciencia (Romanos 10:1-4). Sabemos que Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), de manera que no murió por ese mundo por el cual no pidió la noche previa a su martirio. Rogó por los que el Padre le dio y le daría por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes, palabra incorruptible enseñada por él mismo. Existe una gran diferencia entre el Jesús que murió en forma específica por los elegidos del Padre y aquel Jesús que dicen que murió por todos, sin excepción.

El falso Jesús espera que los muertos en sus delitos y pecados se levanten por cuenta propia para que valoren su esfuerzo en la cruz, y con la ayuda de los predicadores que sugestionan y persuaden a la audiencia la gente acepte una oferta que se le atribuye al Señor. Ese falso Cristo asume el libre albedrío como la bandera de los que presumen independencia de Dios, para que por medio de esa suposición escojan libremente y el Padre lleve más gloria. Pero la criatura sigue siendo barro en manos del alfarero, el cual ha hecho vasos de honra y vasos de deshonra. Al que quiere endurecer endurece, cosa que no se predica para que la gente no se espante. El falso evangelio anuncia palabras blandas para que la gente no se ofenda y no se retire murmurando de Jesús y su soberanía, de tal manera que los predicadores tampoco pierdan sus prospectos.

Como oveja a muerte fue llevado, y como cordero mudo delante del que lo trasquila no abrió su boca. Su generación, ¿quién la contará? Esas fueron las palabras de Felipe cuando fue dirigido hacia el Etíope que leía el texto de Isaías. De esa manera se le anunció el evangelio de Jesús a aquel eunuco, para que creyera en su corazón que Jesucristo es el Hijo de Dios (Hechos 8:32-38). El texto que el eunuco etíope leía era el de Isaías 53, el que habla sobre el Mesías herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, aquel que llevó el castigo por nuestra paz. Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). 

Vemos que el etíope leía y no comprendía, pero el conocimiento le llegó cuando el Espíritu le abrió el entendimiento una vez que Felipe le expuso el evangelio verdadero. No fue el evangelio anatema el predicado, si así hubiese sido el etíope hubiese continuado en su ignorancia. Algunos judíos en la época apostólica tenían gran celo por Dios, solamente que no poseían el conocimiento conforme a la Escritura; por esa razón colocaban su propia justicia junto a la de Dios, ya que no conocían tal justicia. Cristo es la justicia de Dios, el justo que pagó el pecado de los injustos, pero ese siervo justo justificó a muchos, no a todos sin excepción.

Pablo refirió al otro Cristo el cual él jamás predicó. Dijo que sus predicadores son anatemas, que sus oidores y seguidores también lo son, así que poco importa quién lo predique, pues podría ser incluso un ángel del cielo, ya que sería por igual anatema (maldito). Claro que los falsos maestros de entonces predicaban en el nombre de Jesús (del Jesús de las Escrituras), incluso pudieron cantarle himnos de alabanza. Ante ese otro Jesús se inclinaban para poder hablar en su nombre, cruzando las Escrituras para sustentar sus argumentos. No olvidemos que pudieron orar pública o privadamente en el nombre de Jesús, por lo cual también decían que creyeran en ese Jesús que ellos predicaron. 

Solamente había una pequeña diferencia entre ese Jesús y el Jesús predicado por los apóstoles. El de los apóstoles había muerto en exclusiva por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21; Juan 3:16 frente a Juan 17:9). La advertencia de Pablo es por igual la advertencia del Espíritu Santo, para que tengamos en cuenta que estos predicadores anunciaban a otro Jesús. Ellos no llegaron a decir que el César era Jesús, tampoco dijeron que Jesús todavía no había venido a morir por su pueblo, ya que eso los delataría en forma mucho más evidente. Ellos asumieron el Cristo predicado por Pablo y los apóstoles, hablaron de su muerte en la cruz, de su resurrección y de sus milagros. Repetían algunas palabras que sabían que Jesús había dicho, recordaban sus mensajes y parábolas, sus abundantes metáforas y ejemplos dados a las multitudes. Así que al parecer anunciaban el mismo Jesús predicado por Pablo y los 12 apóstoles. 

Decían por igual que había que creer en Jesucristo para poder ser salvo, honraban a los muertos diciendo que vivirían por siempre si habían creído en el Señor, aseguraban que había una resurrección para que se llenaran de esperanza en Cristo. También hablaron de tomar fuerzas en el Espíritu, de ese Jesús que no nos dejaría huérfanos, que intercedía ante el Padre por todos los que son suyos. Ah, pero Pablo también recomendó ocuparse de la doctrina para los asuntos de la salvación. Así se lo dijo a Timoteo, así también lo anunció Juan en una de sus cartas. Si ese Jesús no va conforme a la doctrina apostólica, entonces se trata de una imitación. 

Ante el buen pastor que pone su vida por las ovejas, surge un Jesús que puso su vida por ovejas y cabritos. Ante el Jesús que dio su vida por sus amigos, por su iglesia, por los que el Padre le dio, aparece un Jesús que también dio su vida por amigos, iglesia y los que el Padre le dio, pero con la excepción de que el Padre le dio a todo el mundo y cada quien decide si acepta o rechaza tal oferta. Ante el Jesús que dijo un día que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, aparece ahora el Jesús que anuncia que todos pueden venir a él si tan solo ponen un poco de voluntad personal. Ante el Jesús que salvó a todos los que el Padre le dio aparece otro Jesús que no salvó a nadie en particular sino que hizo una salvación potencial que depende de cada quien el aceptarla o rechazarla.

Por supuesto, Pablo advertía contra ese otro Jesús, el anatema. Los falsos maestros admiten la predestinación divina pero con la salvedad de que se hizo no por voluntad absoluta de Dios sino por mediación de la criatura. Esto es, Dios no predestinó por el puro afecto de su voluntad sino que lo hizo basado en lo que vio. Miró en los corredores del tiempo y descubrió que había un número considerado de personas que lo aceptarían, por lo cual los predestinó. Esta tesis tiene demasiados huecos como para que contenga la sangre de Cristo. 

Veamos algunas de las fallas de tal tesis: 1) Dios no sería Omnisciente, ya que tuvo que averiguar quién iba a creer y quién no; 2) se trataría de un Dios poco sabio, dado que una vez descubierta el alma que caminará inequívocamente hacia Cristo no tendría necesidad de ser predestinada, pues ella misma se habría auto-destinado hacia Jesucristo; 3) sabiendo Dios que muchas almas no iban a aceptar su oferta, de todas formas envió al Hijo a morir por ellas inútilmente; 4) si tiene que averiguar el futuro de esas almas tiene por igual que averiguar el futuro de la historia humana, lo cual lo haría un plagiario al robar las ideas de los corazones humanos y dictarlas luego a sus profetas como si fuesen ideas propias; 5) el infierno se muestra no como lugar de castigo por el pecado humano irredento sino como un monumento al fracaso del Hijo en la cruz, el cual murió por todos pero no pudo salvar a todos.

La gracia abundante de Dios, su misericordia, se ve en la regeneración que no depende de voluntad de varón. Gracia que perdona, gracia que trae el amor de Dios, gracia que nos justifica. Esta gracia es un don, no un derecho, un regalo divino antes que una adquisición humana. En consecuencia, no estamos sujetos a la pena de la muerte eterna sino que triunfaremos en la resurrección, hacia vida eterna. Hemos triunfado sobre el pecado, sobre Satanás y la muerte, sobre el engaño de los falsos maestros (los extraños cuyas voces ya no conocemos: Juan 10:1-5). Aunque todavía pequemos, porque tenemos la ley del pecado sobre nosotros (Romanos 7), no estamos sujetos a ritos, no dependemos de una fe autogenerada, no suponemos el libre albedrío ni que hayamos alcanzado la justicia de Dios por causa de ayudar un poco con nuestra voluntad. Sabemos que antes estuvimos muertos en delitos y pecados, lo mismo que los demás, pero que hemos pasado de muerte a vida por causa de aquél que nos amó eternamente. Por lo cual se escribió que Dios amó a Jacob y odió a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas, aún antes de ser concebidos. Esta declaración bíblica (Romanos 9) no puede ser soportada ni tolerada en lo más mínimo por los que viven fuera de la doctrina de Cristo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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