Lunes, 11 de abril de 2022

Vivimos en un mundo de juicios, cada día valoramos lo que nos rodea y tomamos decisiones. Algunos confunden esa actividad con el libre albedrío, pero en realidad esas acciones forman parte de la capacidad humana para juzgar las cosas. Jesús nos recomendó no juzgar según las apariencias, sino con justo juicio (Juan 7:24). Como seres espirituales hemos de juzgar todas las cosas (2 Corintios 2:14-15), así que conviene adentrarnos en este tema y en esta actividad. Por otra parte, se nos ha dicho que probemos los espíritus para ver si son de Dios, que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos, que de la abundancia del corazón habla la boca.

El creyente está en la posición de juzgar todo, ya que juzgar implica cribar, pasar por un colador (el de la razón) de acuerdo con la ética de Jesucristo. ¿Cómo podemos apartarnos de las inmundicias si no logramos diferenciarlas? Cuando se nos exhortó a no dar lo santo a los perros ni echar las perlas a los cerdos, el que aquello nos dijo supuso que estaríamos en capacidad de distinguir tales animales por la conducta humana. Tenemos un estándar para poder medir y distinguir aquello que juzgamos, el Espíritu que habita en nosotros. El hombre depravado juzga de acuerdo a su naturaleza desviada, así que no lo hace con justo juicio. 

Juan nos pidió en una de sus cartas que nos alejáramos de aquellas personas que no traen la doctrina de Jesucristo, porque tales personas no tienen ni al Padre ni al Hijo (1 Juan 2:9-11). Para poder distinguirlas hace falta juzgarlas, esto es, estar pendientes de lo que confiesan con su boca pues ello proviene de lo que creen en su corazón. Así de simple. Un árbol malo no dará jamás el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio de Jesucristo, ya que en algún momento se le abrirá el sobre o el bulto, o su tallo, y dejará entrever su carga o su savia. 

Hay quienes llegan dando bendiciones y hablando del Señor, hasta el punto de maravillarnos. Asumen la salvación por gracia, pero por igual aseguran que se reúnen con aquellos que combinan gracia y obras. De esa manera su confesión los denuncia como árboles malos, calificando como los que no habitan en la doctrina de Cristo sino que están desviados de ella. Este tipo de persona enfatiza en el Cristo como Hijo de Dios, como un ser sin pecado, como el cumplidor de toda la ley; agrega que murió como un mártir pero resucitó al tercer día, y todo parece marchar como la Biblia enseña. 

Pero lo mismo hizo Pelagio y en medio de su palabrería lanzó varias herejías. Estos predicadores anuncian que el hombre tiene libre albedrío para decidir su destino eterno, de manera que contradicen la palabra de Dios cuando ella nos expone que el hombre murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien entienda ni quien busque a Dios. ¿Cómo puede esa persona entender que Cristo es el Señor si no ha nacido de nuevo? Cierto es que debemos predicar el evangelio con todo el consejo de Dios, pero es el Espíritu el que da vida. Estos falsos hermanos asumen que tienen el Espíritu de Dios pero lo contradicen al torcer el evangelio para su propia perdición. 

Los falsos profetas (falsos maestros de hoy) vienen vestidos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Ciertamente no agarraremos uvas de espinos, ni higos de los abrojos (Mateo 7:16). Jesús nos indicó que estábamos en capacidad de distinguir a los cerdos, a los perros y a los falsos profetas y maestros que vienen en su nombre, los que por supuesto simulan la verdad que no pueden creer. El fruto de sus corazones se exhibe cuando hablan del centro del evangelio, de la expiación hecha por el Señor. En este punto trastabillan y son descubiertos, ya que no soportan el tener que afirmar con naturalidad que Jesucristo murió en exclusiva por su pueblo. 

Entonces, ¿cómo vamos a caminar juntos en yugo desigual? El que no cree el evangelio de Cristo sigue siendo un incrédulo, aunque diga que viene en su nombre, aunque conozca la Biblia de memoria y lleve una vida piadosa. Eso hacían los fariseos de la época de Jesús en la tierra, pero fueron llamados generación de víboras, sepulcros blanqueados llenos de podredumbre por dentro. Lo que se cree, la doctrina de Jesús, se confiesa; si es una falsa doctrina igualmente se confiesa con la boca. No hay manera de detener el flujo que sale del corazón del hombre porque de su abundancia hablará. De esa manera se podrán probar los espíritus, escuchando su doctrina y descubriendo el giro que le dan a las palabras de la Escritura. 

Tan grave resulta la confusión entre un incrédulo y un creyente que el apóstol Pablo habla del contraste entre Cristo y Belial. No se trata de un hermano ignorante, de un hermano que tiene una visión un poco distinta de la que se asume de la Biblia, sino de uno que se hace pasar por hermano, de alguien que no ha nacido de nuevo, de un prisionero de las tinieblas que se viste como ángel de luz. Así de dura es la situación, por cuya razón Juan nos recomendó a no decirles bienvenidos. ¿Y qué es lo que sale por la boca que proviene del corazón? La prueba que Jesucristo demanda es la confesión del evangelio: está hablando del árbol bueno y del malo, de sus respectivos frutos no intercambiables, de lo que se guarda en su corazón. ¿Qué sale de nuestra boca que pueda servir para demostrar lo que tenemos en el corazón? Lo que sale es el evangelio que hemos creído, la doctrina de la cual nos ocupamos, el conocimiento del siervo justo.

No podemos juzgar al otro por sus obras sino por sus frutos. ¿Osará alguno juzgar como perdido o salvo a alguien en base a sus obras buenas o malas? Se juzga por el evangelio que se ha creído, por la doctrina de Cristo en la cual se ha de habitar. El que no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo, pues, tendrá al Espíritu Santo? 

La apariencia muestra cosas que pueden ser simuladas por el corazón: los fariseos aparentaron su fidelidad a Dios pero terminaron ordenando la crucifixión del Hijo de Dios. Ellos guardaban una compostura moral muy digna, fueron sinceros en lo que creían y por esa causa lucharon. Sin embargo, su problema no se centró en su ética sino en su doctrina. No pudieron discernir la presencia del Mesías que había sido anunciado en las Escrituras, ya que estuvieron ocupados en sus obras (el hacer y no hacer), haciendo proselitismo por la tierra para demostrar que su obra crecía.

Cabe agregar que juzgamos a la gente como regenerada o como no regenerada, pero no decimos que los no regenerados son por fuerza réprobos en cuanto a fe. Dios tiene su remanente y lo que se puede afirmar es que cuando la oveja es llamada por el buen pastor ella lo sigue, sin irse detrás de los extraños (Juan 10:1-5). Pero sí que podemos afirmar, sin equívoco alguno, que todavía no ha sido llamada con eficacia la persona que confiesa un evangelio diferente al enseñado por el apóstol Pablo. Es posible que algún día sea llamado eficazmente, pero también pudiera suceder que nunca lo sea. Una vez que Dios salva a una oveja ésta jamás confesará un evangelio falso. Los que no aman la verdad recibirán un espíritu de estupor (de engaño) enviado por el mismo Dios para que se gocen en la mentira y terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-13). Se deleitan en la injusticia los que colocan la justicia propia al lado de la de Cristo; detestan la verdad los que tuercen la Escritura para que diga que Jesucristo hizo posible la salvación para toda la raza humana, sin salvar un alma eficazmente. Estas personas aman la mentira por cuanto aseguran que Jesucristo murió por igual por el mundo por el cual no rogó que por el mundo amado por el Padre. Se deleitan en la injusticia porque esperan que Dios vea la justicia de ellos: su obra al levantar una mano, su corazón dispuesto en virtud de su libre albedrío, haciendo creer que Dios justificará por igual a aquellos por quienes Jesucristo no murió en la cruz.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 11:31
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios