Viernes, 08 de abril de 2022

Hay dos versos en la Carta a los Romanos que suelen servir de examen a cada persona que los lee y los comprende. La cantidad de respuestas que se dan alrededor de su sentido pone de manifiesto el malestar que causan en la mente de los lectores. Incluso ha habido filólogos que transgredieron las leyes propias de la Semántica, bajo el intento de torcer el sentido único de los términos. Han llegado a decir que odiar significa amar menos. Otros, hacen referencia a la lucha entre dos naciones, despojando al texto de su denotación original, para acallar el zumbido que llega hasta el oído del alma a causa de aquellas palabras duras de oír.

Son duras tales palabras para los que no son llamados en forma eficaz, son fuertes incluso para los que hemos creído, como el apóstol Pablo lo dijo al principio del capítulo 9: Tengo gran dolor y profundo pesar en mi corazón, por mis parientes según la carne, pues deseara yo mismo ser anatema por causa de ellos. El apóstol sabía lo que iba a escribir, por lo tanto preparaba el terreno para avisarnos que lo que vendría a continuación resultaría impactante. La verdad suele doler al principio, pero después trae un fruto apacible de justicia a quienes la creen. Dios amó incondicionalmente a Jacob, así como odió incondicionalmente a Esaú (Romanos 9:13,18). Esta proposición espanta al hombre carnal, porque las cosas del Espíritu de Dios se han de discernir espiritualmente. Sigue pareciendo una locura ante muchos que se dicen creyentes pero que no lo son. No lo son por cuanto resisten el consejo de Dios, su soberanía en materia de salvación y condenación. 

El mundo seduce el alma religiosa, haciendo que se abstenga de dar el visto bueno a esa declaración del apóstol. No se tiene problema con el amor de Dios a Jacob, pues al fin y al cabo resulta en beneficio de la criatura; el problema se presenta con la condenación de Esaú. Ahora se levantan los objetores en fila contra el Creador, bajo protesta por la injusticia cometida: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? Esa interrogante continúa vigente, muy a pesar de que ya se le dio su respuesta inmediata.  

Claro resulta para la religión el alejar de toda injusticia al Dios que pretende servir. De igual forma se aleja de toda sospecha al Dios que promulgan, bajo el cuento de que Dios endurece al que se endurece a sí mismo primero. Para los objetores de la soberanía absoluta de Dios, Esaú fue libre en un principio y Dios lo odió porque sabía que iba a vender su primogenitura. Pero el texto bíblico no los apoya, al contrario, impide cualquier cercanía con ese contexto. Dios lo hizo antes de que fuese concebido, aún antes de que hiciese algún mal (Romanos 9:11).

Eso nos indica que Dios no miró el futuro de Esaú, como si tuviese que averiguar lo que no sabía. No. Dios no miró el futuro de Jacob, como si tuviese que averiguar lo que no sabía. Si hubiese sabido que Jacob lo iba a amar entonces Jacob tendría algo de qué gloriarse; además, Jacob hubiese sido salvo por obras y no por gracia. La obra de Jacob hubiese sido su disposición para luchar por la bendición de Jehová, en contraposición con el descuido de su gemelo Esaú. Pero la Biblia, repito, no da pie para tal conjunción de ideas.

Terrible resulta para el religioso el salirse del Dios romántico, del Dios bonachón que aguarda a que se le acerquen las almas creadas y le den el visto bueno al sacrificio del Hijo. Ese Dios quedaría satisfecho al ver que su esfuerzo por salvar a la raza humana dio fruto por la buena voluntad de los muertos en delitos y pecados. En tal caso no estarían muertos sino que serían zombies. El Dios de la Biblia busca su propia gloria, la que merece como Creador de todo cuanto existe. Aún el Hijo estuvo preparado como Cordero desde antes de la fundación del mundo, lo cual implica que la caída de Adán estaba en su programa.

Si no hay caída no hay redención, si Faraón no es endurecido no hubiese habido la gloria del milagro del Mar Rojo, con todas las consecuencias previas y posteriores al paso del mar. La pascua, por ejemplo, vino como resultado de la liberación que le dio Jehová a aquel pueblo esclavo, educándolos desde el primer momento en que la celebraron hasta la llegada del Mesías anunciado. Todavía continúa mostrándonos lo que significaba, ya que todo aquello apuntaba a Cristo, el Redentor que vendría por su pueblo. 

El pueblo elegido es catalogado como el conjunto de vasos de misericordia, en tanto que el pueblo reprobado configura el grupo de los vasos de ira. Todos esos vasos los ha creado el alfarero (Dios), el cual reclama para sí mismo la gloria de lo que ha hecho. Los que se le resisten están también configurados para que le resistan, como lo hizo el Faraón; solamente que hoy en día la diferencia entre unos y otros no se ve en forma tan notoria como la que existía entre esclavos y pueblo opresor.

La religión de turno nos habla de un redentor común para toda la raza humana, de un redentor que no queriendo que ninguno perezca salvó a todos en forma potencial. Dependerá entonces de la buena voluntad del prospecto de turno para aceptar o rechazar semejante proposición. Hoy día la diferencia entre los elegidos y los no elegidos sigue notoria, pero no es igualmente contrastante como lo fue entre el Israel esclavo y el Egipto opresor. Ahora, el ángel de luz disfraza a sus mensajeros para que aparezcan como ovejas, aunque sean lobos rapaces. 

De esta manera, la doctrina bíblica es imitada en la mayor parte que se pueda, pero se le da un giro sutil en cuanto a la expiación. Como si ese giro fuese un asunto de forma, de preferencia, antes que un tema de fondo y de tipo. No es lo mismo creer en un Jesús que salvó a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21) que creer en un Jesús que salvó a todo el mundo en forma potencial. En este último caso, el infierno pareciera algo que el pecador busca por dejar a un lado la misericordia de Jehová, lo cual resulta en un evangelio más político, más blando y más aceptable entre las masas. 

Así como Dios hizo que el Faraón desobedeciera su orden de dejar ir a los israelitas, también hace que muchos escuchen su palabra como si fuese una parábola incomprensible. De esta manera cumplen su propósito eterno, el destinar a unos para perdición perpetua, mientras a otros los ha destinado para vida eterna. ¿Y qué, si Dios así lo planificó y lo expuso en su palabra? Dar coces contra el aguijón no conviene a nadie, pero algunos parecen destinados a esa suerte.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:47
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios