Jueves, 07 de abril de 2022

Cierto que Jesucristo llamó a pecadores y no a justos, pero no vino a salvarlos a todos sino a rescatar a su pueblo de sus pecados. Así lo dejó dicho el ángel en una visión dada a José, el cual debería colocarle al niño por nacer el nombre de Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados. Jehová salva, significa el término Jesús en su original étimo, ya que por causa de la promesa hecha en el Génesis el Señor vino a ser él mismo el cumplimiento de lo esperado. 

Nadie puede venir a Jesús si el Padre no lo envía, mas aquellos enviados por el Padre hacia el Hijo no serán echados fuera jamás. Entonces, la salvación tiene una certeza de un ciento por ciento. El predicador del verdadero evangelio no sabe quiénes son sus oyentes, no conoce a ciencia cierta si hay elegidos del Padre para que sean llamados eficazmente. En tal sentido, está en capacidad y autorización de anunciar las buenas nuevas de Jesucristo para el mundo, siempre y cuando predique todo el consejo de Dios. 

No resulta válido que el evangelista acuda a la persuasión para seducir los espíritus, como si Dios quisiera que todo el mundo fuese salvado. Si así hubiese querido el Todopoderoso de seguro lo habría dicho y lo habría hecho. Los textos aislados de sus contextos pueden dar rienda suelta a la teología de la libre oferta del evangelio, pero ajustados a la gramática y a la semántica bíblica no permiten tal desmán.

Si Jesucristo no rogó por el mundo la noche previa a su muerte, ¿cómo podrá querer la salvación de todo el mundo, sin excepción? Judas Iscariote no formó parte de su redil salvado, tampoco el Faraón de Egipto, ni ningún otro réprobo en cuanto a fe. Esos réprobos son dejados para tropezar en la piedra que es Cristo, de acuerdo a lo anunciado por el apóstol Pedro. A muchas personas les habló el Señor en parábolas, para que oyendo no entendieran y no se fueran a arrepentir. 

Esaú fue odiado desde la eternidad, guardado para ser objeto de la justicia divina contra el pecado humano, sin mediación de perdón alguno. El hombre no debe altercar contra su Creador, ya que ha sido considerado como una olla de barro en manos del alfarero. Muchos hacen fila con el objetor levantado por Pablo en el capítulo 9 de su Carta a los Romanos, bajo la bandera de declaración de protesta contra la supuesta injusticia divina. Incluso existen teólogos de renombre que también han sucumbido a la tentación de rebelarse contra el designio divino (véase Jacob y Esaú, predicación de Spurgeon). John Wesley también alzó su puño contra el Dios del cielo y de la tierra, se burló de la predestinación y aseguró que un Dios que elige desde la eternidad, sin tomar en cuenta la obra humana, viene a ser alguien peor que un tirano o peor que un diablo.

La predicación de la libre oferta del evangelio se basa en la obra del pecador. El pecador muerto en delitos y pecados, que odia a Dios por naturaleza, que no busca lo bueno, resulta ahora facultado para aceptar o rechazar esa libre oferta. No se sabe de dónde le vino la vida, ya que de acuerdo a lo que le dijo Jesús a Nicodemo el Espíritu es el que da vida y no la carne. Si el Espíritu lo vivificó debe vivir eternamente, pero en esta teología del pozo del abismo los pecadores viven y mueren de repente; de acuerdo a su teólogo favorito (Luis de Molina), Dios se despoja por un instante de su soberanía para hacer que el pecador actúe en plena libertad y decida si lo ama o lo odia. 

Esa fábula no tiene sustento bíblico, mucho menos lógico. Si Dios dejara de ser soberano en favor del hombre, todavía la criatura continuaría muerta en sus delitos y pecados, de manera que haría falta algo más que el simple auto-despojo de soberanía. El hombre ha de ser vivificado por el Espíritu, pero si éste vivifica para que después muera actuaría sin el sentido propio de la Divinidad. Aunque la salvación sea predicada como un acto que se condiciona al sacrificio de Jesucristo, en realidad, bajo la libre oferta del evangelio, sigue habiendo un condicionamiento vinculado a la criatura.

En el Derecho Civil el ser humano debe ser libre de actuar para poder incurrir en culpa, lo mismo acontece en el Derecho Penal. Por igual se podría extender esta premisa jurídica a todos sus departamentos, pero no cabe trasladar tal modelo al plano teológico. La Biblia plantea la muerte espiritual del hombre, por lo cual urge su resurrección. Si Dios es soberano su criatura no lo es, pero precisamente por esa falta de cualidad libertaria le debe sujeción. Si el hombre fuese libre, independiente de Dios, no tendría que rendirle un juicio de rendición de cuentas. 

La libre oferta del evangelio presupone el mito religioso del libre albedrío. Presupone por igual una expiación universal, extendida en principio a cada miembro de la raza humana. De igual forma, implicaría una redención potencial y no actual, esto es, Cristo no salvó a nadie en particular (ni siquiera a su pueblo que vino a redimir) sino que hizo posible que el hombre fuese salvo. Esa posibilidad pasaría por el crisol de la libertad de decisión humana, decisión de un muerto y no de un enfermo espiritual.

Las implicaciones de la libre oferta aumentan todavía: el pecado de Adán pasaría a la humanidad como una infección, pero nunca como una muerte. Es por esa razón que el ser humano desvinculado de su muerte eterna puede vivir para decidir su destino, dada su libertad y vida supuestas. En vez de haberse escrito que todos habían muerto en sus delitos y pecados debió decirse que todos se enfermaron por sus delitos y pecados. Vemos que mucha Biblia deberá ser reinterpretada, vuelta a escribir, porque las presunciones de la libre oferta del evangelio no están en consonancia con las páginas de las Escrituras. 

Lo que sí existe es una elección incondicional, dada la depravación total del ser humano. Todos los elegidos del Padre deberán escuchar el verdadero evangelio (no el anatema) para poder acudir a Jesucristo. Como dice la Escritura: Y serán enseñados por Dios y luego vendrán al Señor. Se predica a todos para testimonio a todas las naciones, para que los elegidos del Padre oigan el llamamiento que el Señor les hace, para que los réprobos salten de ira y acarreen mayor culpa por su rechazo natural. Eso lo dice la Escritura, que algunos acarrearán mayor condenación, que la palabra del Señor no volverá a Él vacía sino que hará aquello para lo que fue enviada.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:14
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