Lunes, 04 de abril de 2022

La gracia de Dios salva siempre, la desgracia nunca. El Faraón de Egipto no conoció la misericordia de Dios jamás, fue levantado para mostrar el poder del Todopoderoso en toda la tierra. El anuncio de Jehová a Moisés nos da a entender el propósito del Creador, de manera que se recoge después en las Escrituras que el Señor endurece a quien quiere endurecer. Pedro nos habla de aquellos preparados para tropezar en la piedra que es Cristo, de manera que una gran lista conforma los réprobos en cuanto a fe.

De ellos nos refiere un poco Juan en su Apocalipsis, cuando escribe que los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo adorarán a la bestia y se asombrarán al verla (Apocalipsis 13:8; 17:8). Dios proveyó para que el Faraón llegara a gobernar Egipto, le dio cuna de faraones, riqueza y poder. Con Judas Iscariote vino su providencia, dándole lo necesario para que naciera, viviera y se sostuviera hasta que el Mesías lo escogiera como diablo. Pero eso debe entenderse como providencia divina, de manera que las riquezas de muchos pecadores no pueden ser contadas como bendición.

De esta manera Asaf, el salmista, lo expone: los impíos prosperan sin pasar trabajos como los demás mortales, sus ojos se le saltan de gordura, no tienen congojas por su muerte sino que logran con creces los antojos del corazón. Incluso ponen su boca contra el cielo, contra la doctrina del evangelio; pueden darse el lujo de profesar un falso evangelio llegando a decir que Dios no sabe todas las cosas. Ellos se inventan que Dios tiene que averiguar el futuro en los corazones humanos, que dio a Su Hijo en vano por una humanidad que se pierde. Agregan que solamente los que son más avezados resuelven, por buena voluntad (equivalente a libre albedrío dispuesto), recibir la oferta general del Dios vivo.

Ah, pero el salmista comprendió en el Santuario de Dios que lo que él había creído era una falacia. Ciertamente, el impío prospera por la providencia divina pero no por la bendición divina. Son dos cosas distintas, ya que Dios mismo ha puesto a los impíos en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos (Salmo 73:18). De repente son consumidos de terrores y Dios despreciará su apariencia. La enseñanza de Asaf nos conduce a dejar a un lado la torpeza, para poder diferenciar entre providencia y bendición (verso 22). 

La Biblia nos dice que a los que amamos a Dios todas las cosas nos ayudan a bien. Hasta acá cualquiera podrá alegrarse diciendo que ama a Dios y tiene el beneficio de que todo le ayude a bien; sin embargo, el verso aclara de inmediato: esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. ¿Quiénes son esos llamados? Son los mismos que el Padre le envía al Hijo (Juan 6:44), los que conoció desde la eternidad de acuerdo al sentido de ese verbo. En las Escrituras, conocer implica también algo distinto a la semántica de lo cognitivo, refiere a la intimidad, al tener comunión. José no conoció a María su mujer hasta que dio a luz el niño, pero sabemos que era su esposo porque la había conocido cognoscitivamente. El texto bíblico habla del conocer de José como de tener comunión íntima con su esposa. 

Estos conocidos (amados) fueron predestinados. Si Dios predestina a una persona lo hace porque esa persona no puede auto-destinarse; si Dios hubiese averiguado el futuro de esa persona y hubiese descubierto que ella lo seguiría incondicionalmente, entonces no lo habría predestinado. No hubiese hecho falta la predestinación por cuanto lo que Dios vio de antemano que acontecería en el futuro debería ocurrir como cierto. 

Sabemos que a los que predestinó los llamó por medio del evangelio, ya que no podríamos invocar a aquel de quien no hayamos oído nada. El conocimiento del siervo justo nos permite que seamos justificados; sin su conocimiento no podríamos jamás ser justificados (Isaías 53:11). Por supuesto, a los que aman a Dios (conocidos, predestinados, llamados) también justificó en Cristo, con su sangre, por causa de su trabajo en la cruz. Jesucristo puso su vida por su pueblo (no por el mundo por el cual no rogó, Juan 17:9), llegó a ser la justicia de Dios y el Padre nos otorgó la justificación gracias al trabajo de Su Hijo. 

Ese trabajo no fue general, por todo el mundo sin excepción; quienes así afirman suponen mal, ya que el sacrificio de Cristo no puede dar fruto de inutilidad. La sangre de Cristo no limpió a Judas ni al Faraón, ni a ningún otro réprobo en cuanto a fe. Entonces, si se hubiera derramado en favor de ellos diríamos que Dios fracasó en el intento de salvación, ya que castigó en Su Hijo todos los pecados de toda la humanidad, porque después le reclama a unos cuantos por los pecados ya perdonados de ellos. Eso sí que sería injusto, cobrar dos veces por la misma deuda. 

Jehová ha hecho todas las cosas para sí mismo, aun al impío para el día malo (Proverbios 16:4). No dejará el Señor impune a los altivos de corazón, de manera que hizo al Faraón para mostrar la gloria de su ira por su pecado, hizo a Judas como diablo, en la providencia del recorrido del Hijo. Hizo al hombre de pecado para que se manifieste, a cada familiar espiritual de Esaú, con el fin de gloriarse en ellos y de resaltar aún más su amor para con los escogidos.

Entendemos que todo cuanto Dios le envía a su pueblo (sus escogidos para vida eterna) se entiende como bendición y no solamente como providencia. A veces lo que Dios nos envía no nos parece bueno, puede ser una tragedia, una calamidad temporal, pero también esas situaciones nos ayudan a bien. ¿De dónde fluye la bendición de Dios para sus hijos? De Jesucristo, en quien nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él. Dios nos predestinó en amor para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Efesios 1:3-6).

Si lo que medió fue el puro afecto de su voluntad, diremos que no hay obra humana que pueda agregarse. Ni siquiera nuestra disposición de ánimo, ya que mientras anduvimos muertos en delitos y pecados no podíamos siquiera saber o gustar las cosas del Espíritu de Dios. Nos parecía locura todo lo que manaba de la palabra de Dios, pero su gracia eficaz nos sedujo con la violencia del que todo lo puede. Nuestro fruto no son los convertidos que uno alcance para Cristo, sino aquello que emane de nuestro corazón: de la abundancia del corazón habla la boca. Fijémonos en Noé, quien pregonaba la justicia y nadie le oyó; en Juan el Bautista, el más grande de los profetas y vivía solo en el desierto ante el cual clamaba su voz; en Isaías que preguntó quién había oído su anuncio o en Elías que supuso que solamente él había quedado.

Por esa razón Jesucristo enfatizó en que el fruto del buen árbol será siempre bueno: la confesión que emana de su corazón el creyente. Si alguien cree un evangelio anatema, el fruto será por igual maldito; en cambio, la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, es decir, no confesará nunca un mal fruto (el fruto del evangelio espurio). Jesús agradeció al Padre por los que le había dado y le daría por medio de la palabra de aquellos primeros discípulos; eso nos indica que no es posible seguir a Jesús por medio del evangelio falso. Nunca el evangelio mentiroso podrá alcanzar un alma para Cristo; los que hemos creído lo hemos hecho por medio de la palabra incorruptible.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:47
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