Lunes, 04 de abril de 2022

Decimos que el ser humano se compone de cuerpo, alma y espíritu. La Biblia nos recomienda y exhorta a que probemos los espíritus, para ver si son de Dios. Jesucristo afirmó que de la abundancia del corazón habla la boca, dándonos a entender que el buen árbol dará siempre un buen fruto. La oveja que ha sido llamada eficazmente, sigue al buen pastor y jamás se va tras el extraño. Esa oveja nunca dará un mal fruto. Ah, pero no nos confundamos con el pecado en relación con lo que produce el corazón, de otra manera el creyente jamás daría el buen fruto que aseguró Jesucristo.

La ley del pecado está en nuestros miembros (Romanos 7), así que ella gobierna y nos somete muchas veces. Lo que deseamos hacer en nuestro hombre interior, en ocasiones no lo hacemos. Entonces, urge probar quiénes son los espíritus con los cuales interactuamos. Me refiero a las personas que nos rodean a diario, entre ellos aquellos que suponemos hermanos en la fe de Cristo. Conviene tener rigor al respecto, ya que abunda en muchas personas la eiségesis como praxis de vida. Sí, no la exégesis, sino aquella interpretación subjetiva, que va hacia adentro e indaga en la preconcepción que deseamos demostrar.

Resulta casi normal en el hablar de la gente que profesa la fe cristiana el concebir la herejía sin herejes. Puede examinarse una doctrina determinada y declararla herética o plagada de errores, pero al mismo tiempo se exonera a los herejes porque ellos asumieron la falsedad por ignorancia. Esos errores, por cierto, conducen a un final de muerte espiritual, como le infirió Jesús a la mujer de Samaria. Los samaritanos adoraban lo que no sabían, porque la salvación venía de los judíos. Así que poco le importó al Señor decirle la verdad en la cara, pues más valía el dolor de su impacto que el continuar en la mentira doctrinal.

Algunas personas han llegado a preguntar, en relación a la doctrina de la gracia, si es necesario creer todo ese paquete para poder ser salvo. Pero acá pudiera haber una pregunta capciosa, ya que un sí o un no como respuesta presupone un error o el caer en una trampa. No es necesario creer en todo ese paquete de la gracia para poder ser salvo, ya que la salvación es precisamente por gracia. Si es por gracia, el trabajo intelectual poco importa. Ah, pero decir que esa doctrina no es importante resulta por igual en la negación de la misma.

Así que siendo la salvación de pura gracia (y no por obras, para que ninguno se gloríe), hemos de comprender la relevancia de esa doctrina. El Espíritu tiene como una de sus misiones el conducirnos a toda verdad. De esta forma, resulta imposible dar un fruto de ignorancia al respecto, si tenemos el corazón lleno de esa verdad de Dios. En tal sentido, negar la doctrina de la gracia, o tal vez preguntarse si resulta necesario creer en ella, demuestra lo que se tiene en el corazón.

Una de las formas de probar los espíritus para ver si son de Dios consiste en estar atentos al evangelio que confiesa la persona. Hay un solo evangelio, pero los otros evangelios son anatemas. El hombre natural no conoce las cosas del Espíritu de Dios, no las puede discernir, ya que para él son locura. Esto prueba que no hace falta creer en la doctrina de la gracia como un requisito para poder ser salvo. Pero de igual manera, Pablo se pregunta si alguien puede invocar a aquél de quien nunca ha oído nada. Es decir, una persona que llega a creer conoce en quién ha creído. Hay un tipo de conocimiento por medio del cual el siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11), hay un conocimiento acerca de la justicia de Dios que permite diferenciar entre vida y muerte (Romanos 10:1-4).

La persona que llega a creer no tuvo que haber conocido previamente la doctrina esencial acerca de la salvación, porque si se le exigiera tal conocimiento caeríamos en la falacia de la salvación por obras. Empero, de igual forma sería falaz pretender vivir en la ignorancia de aquello que enseñó Jesús. Horroroso resulta el señalar que se puede vivir en medio de doctrinas heréticas pero justificar al herético por causa de su ignorancia. Jesucristo habló contra los escribas y fariseos que rodeaban la tierra en busca de un prosélito, para hacerlo doblemente merecedor del infierno de fuego.

Esos prosélitos ya estaban perdidos, aunque Jesús los consideró doblemente perdidos y culpables por cuanto creyeron un evangelio anatema (el de aquellos escribas y fariseos). No excusó el Señor a ninguno de ellos, no presupuso que el ignorante doctrinal sería excusado por haber caído en el engaño de aquellos que pregonaban un anuncio contrario a las Escrituras. Al contrario, los catalogó como doblemente merecedores del infierno. Así que a la pregunta de si hay que creer todo lo que la Biblia enseña en cuanto a doctrina de salvación, la respuesta será: Sí, hay que creer todo eso.  

EL CONOCIMIENTO DEL SIERVO JUSTO.

Isaías nos plantea que si conocemos al siervo justo muchos seremos justificados. Los llamados creyentes han concordado con el conocimiento sobre la persona de Jesucristo. Hubo siglos de la temprana iglesia cuando se levantaron herejías en torno a la persona de Jesucristo, para decir que él no era consustancial con el Padre, que no era coeterno, que apenas era una criatura engendrada en un día determinado, que no había venido en carne sino en apariencia de materia. Todas esas herejías fueron debatidas y rechazadas, así como sus herejes fueron algunos desterrados, otros enviados a prisión pero todos excomulgados de la iglesia. Sin embargo, otras atrocidades sucedieron en aquella iglesia estatal, al enviar a la muerte a una cantidad de personas por sus herejías contra la doctrina bíblica.

Pelagio fue un hereje condenado que volvió arrepentido después de su expatriación. Este monje aceptó su error difundido respecto a que Jesucristo no era necesario para poder ser justificad. Pese a ello, continuó con su otra herejía acerca del libre albedrío humano. La iglesia lo aceptó porque reconoció su herejía mayor, pero le excusó la menor haciéndola parte de su doctrina oficial. En uno de tantos sínodos, Jesucristo fue llamado coeterno con el Padre, en ataque a la herejía de Arrio, pero se asumió a cambio otra herejía: que María era la madre de Dios (Teotokos). 

De esta manera, a lo largo de la historia eclesiástica oficial, los sínodos, a pesar de sus grandes errores, han resuelto algunos asuntos vitales en cuanto a la doctrina bíblica, en especial en aquellos puntos que competen a la persona de Jesucristo. Por esa razón, hoy día, resulta común en cualquier denominación eclesiástica reconocer que Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios, consustancial con el Padre. No obstante, hay separaciones congregacionales que sostienen que solo Jesús existe, lo demás son modalidades o manifestaciones modales del Hijo: en Padre y en Espíritu. Vemos que no hay paz total en cuanto a la herejía o a la opinión propia que hemos llamado eiségesis, en claro desacato a lo que Pedro dijo: que la Escritura no es de interpretación privada. 

Pese a lo dicho, todavía se cuela una herejía mayor en la mayoría de las denominaciones cristianas. El ataque al trabajo del siervo justo; a partir de hace algunos siglos, con el advenimiento de Arminio como un peón de Roma en las filas del protestantismo incipiente, se ha sostenido la expiación universal en favor de toda la humanidad, sin excepción. Escuchamos sobre la creencia en un Cristo que murió por todos pero que no salvó a nadie en particular, más bien hizo una redención potencial y aguarda para que los muertos en delitos y pecados levanten una mano en las iglesias, den un paso al frente, repitan una oración de fe y pidan que sus nombres sean escritos en el libro de la vida. 

Por tierra se echan cantidad de textos que hablan de la elección del Padre, del poder discrecional del Espíritu para dar vida (sin que medie voluntad de varón o de carne), de la eficacia de la sangre del Cordero que se derramó en beneficio de los que el Padre le dio. Se pasan por alto textos como No ruego por el mundo (Juan 17:9), Ninguno puede venir a mi si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44), No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros (Juan 15:16), A Jacob amé mas a Esaú odié, antes de que hiciesen bien o mal, antes de que fuesen concebidos (Romanos 9:13-24).  Jesucristo afirmó que el buen pastor daría su vida por las ovejas, no por los cabritos; a unos judíos les dijo que no podían venir a él ni creer en él porque no formaban parte de sus ovejas (fijémonos en que no les dijo que no eran ovejas porque no habían creído en él: Juan 10:26). Por gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no de vosotros pues es un don de Dios (Efesios 2:8). Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra (Romanos 11:6). 

Vemos que resulta imposible cualquier colaboración de la criatura muerta en delitos y pecados, enemiga de Dios. El libre albedrío deviene una falacia, enfatizada por Pelagio y asumida por la iglesia oficial del momento. Sigue perpetuada la mentira en más del 90% de las congregaciones evangélicas, también presente en el catolicismo como doctrina oficial. Si el hombre muerto en delitos y pecados tuviese posibilidad de elección, anularía la gracia en tanto la salvación sería por obras. Esa condición haría que la gente pudiera gloriarse (1 Corintios 1:29). Veamos lo que dice Pablo cuando escribió a los Efesios, en su carta del mismo nombre, en el capítulo 2, verso 9: no por obras, para que nadie se gloríe. Cuando el ser humano aporta algo de su obra para cooperar con la gracia de Cristo, tiene de qué gloriarse. Soy salvo porque con mi libre albedrío acepté la oferta de Dios; Cristo me salvó porque yo acepté de buena voluntad. A esos autodenominados cristianos les cuesta sobremanera el tener que aceptar que todo viene de Dios, que Él no es injusto por odiar a Esaú, que tiene misericordia solamente de quien Él quiere tenerla, pero que endurece a quien Él quiere endurecer. Que de esa manera Él exhibe ante el mundo su poder y gloria, su juicio contra el pecado y su amor por los justificados en Cristo. Todos éstos como fruto de la herencia dada a Jesucristo, habiendo sido predestinados conforme al designio de su voluntad, para que seamos para alabanza de su gloria (Efesios 1:11-12).

Decimos de nuevo ante la interrogante que aparece por doquier: Sí, hay que creer todo esto porque esto es doctrina útil, como le dijo Pablo a Timoteo. El conocimiento del siervo justo podrá justificar a muchos. Ese conocimiento no refiere solamente a la persona de Jesucristo, al decir que es el Hijo de Dios, que vivió una vida intachable, que cumplió toda la ley sin quebrantarla en algún punto. Refiere también a la obra que hizo en la cruz, cuando derramó su sangre por sus ovejas que el Padre le dio, por su pueblo elegido desde los siglos, por la iglesia que es su cuerpo. En el día final Jesús les dirá a muchos que se aparten de él porque nunca los conoció, a pesar de los milagros y razones que ellos puedan presentarle. El conocer en la Biblia implica más que al aspecto cognitivo, refiere también a la intimidad, al contacto especial que Dios tiene con sus elegidos.

Muchos llegan a aceptar la soberanía de Dios en forma parcial, por lo cual rechazan la predestinación negativa (como ellos mismos la llaman). Aseguran (como lo hizo Spurgeon) que Esaú se condenó por su desobediencia, por vender la primogenitura, por ser un fornicario. Spurgeon argumenta que su alma se rebela y se opone, abjura, de aquella persona que coloca la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. En otros términos, Spurgeon resiste al Espíritu Santo, se opone al Espíritu Santo en clara rebelión y abjura de él, ya que fue el Espíritu de Dios el que inspiró a Pablo a escribir lo que colocó en Romanos 9. Por otro lado, en lo escrito por el apóstol a los gentiles, se deja ver en forma clara que Dios asume odiar a Esaú antes de que hiciese bien o mal, lo cual equivale a no tomarle en cuenta su venta de la primogenitura, su fornicación ni sus otras maldades. La pregunta levantada de inmediato por el objetor retórico colocado por Pablo en su carta, nos da el alivio de que alguien que objeta a Dios comprende el sentido del texto. Su oposición contra la justicia divina sobresale cuando se habla de Esaú, no de Jacob. 

Es como si aquel objetor hubiese dicho: Dios es injusto por condenar al pobre de Esaú sin que éste tuviese otra opción y ya no pudo resistirse a la voluntad divina. Bien, Spurgeon y todos los que lo siguen en su teología errada, al igual que el objetor de Pablo en Romanos 9, se sublevan contra el que colocó la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Lo mismo hacen más del 90 por ciento de las iglesias protestantes en el mundo, al igual que la iglesia católica. Este criterio viene como examen para los espíritus, mediante el cual ellos declaran lo que tienen en su corazón y demuestran ser árboles malos, o al menos no haber jamás creído (Juan 10:1-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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