Jueves, 24 de marzo de 2022

Cuando los contrarios se colocan en relación, una cosa nombrada como contraparte debe sobreentenderse en el discurso. Son los tropos de la lengua, presentados en diversas formas. Una de ellas es la antífrasis, para contrastar sentidos opuestos y saltar hacia la ironía. Desde este lugar se puede derivar hacia el sarcasmo, mucho más cortante que la ironía. En una conversación entre el rey Acab y el profeta Elías, el gobernante de Israel le hace una pregunta extraña: ¿Me has hallado, enemigo mío? La construcción lingüística esperaría la expresión amigo mío, como un rasgo de la sorpresa del rey.  La ironía se sobrepone y por esa razón el parlamento aparece de esa forma, pero el profeta responde en el mimo tono: Te he encontrado, porque te has vendido a hacer lo malo delante de Jehová (1 Reyes 21:20).

La antífrasis nos permite asimilar el contraste del sentido, de tal forma que la ironía del rey (en el topos del todo-poder frente a su súbdito) se muestra por el descaro de llamarlo enemigo mío. El profeta habla en nombre del Dios de Israel y le encara al rey que no le tiene miedo, con el alegato de que ese hallazgo se ha producido en forma natural por cuanto el rey ha llegado a convertirse en un reo de Jehová. 

En la Biblia las figuras literarias o de lenguaje abundan. Jesucristo fue altamente irónico con los judíos religiosos y con los dirigentes de Israel. El dijo que en Israel había suficientes viudas y leprosos, pero que Elías había preferido irse a Sarepta junto a una viuda para cuidarse mutuamente, al tiempo que Eliseo sanó de la lepra a un sirio de nombre Naamán. Jesús les encaraba que Dios había mostrado su poder y su misericordia para con dos enemigos naturales de Israel, antes que mostrar su gracia para con el pueblo que se creía exclusivo sobre la tierra. Justamente, Elías vino en el tiempo de la gran apostasía de Israel, cuando se fueron al servicio tras los Baales, apoyados por su rey Acab y por la reina Jezabel. 

Los contrastes entre los nuevos beneficiarios y los habituales receptores del favor de Dios, resaltan para ironizar y molestar a quienes escuchaban que habían perdido los favores de siempre. El descaro de Israel por fuerza de su religión apegada a la letra, había conducido a la nación hacia un camino de muerte. El Mesías tanto anunciado y esperado se encontraba con ellos, pero ellos no lo conocieron. Jesús intentaba decirles que continuaban tan embrutecidos como aquellos antecesores que sirvieron a los Baales.

Vemos simetría entre Moisés y Josué, dos libertadores prototipos del Cristo por venir. Uno rescata al pueblo de la esclavitud egipcia, el otro lo conduce hacia la tierra prometida. Ambos sujetos se muestran dotados de poderes especiales, signos del liderazgo encomendado, como acompañamiento inequívoco del apostolado ejercido. Eran enviados especiales de Dios en favor de su pueblo, necesitaban la manifestación de señales particulares para cumplir dos objetivos: 1) que el pueblo creyera en ellos como dirigidos por Jehová; 2) que el pueblo se beneficiara concretamente para sortear incontables peligros. 

Después de Moisés y Josué pasan años, siglos enteros, pero no vemos señales especiales. Están los profetas que hablan la palabra de Jehová, inspirados comunican lo que Dios quiere dar a conocer; en ocasiones interceden por un rey, por un favor particular. Pero ninguno de ellos hace milagros o señales especiales como marca de su apostolado. Más bien algunos son ejecutados por sus propios mandatarios, otros van al destierro, siendo apresados y conducidos al exilio. Pero cuando Israel se encuentra perdido en gran manera, Jehová tuvo a bien enviar a Elías y con él a Eliseo, un sustituto del primero. Ambos profetas fueron acompañados de poderes especiales, de tal manera que el pueblo pudiera corroborar que ellos eran en realidad enviados de Jehová.

Transcurren siglos y llegamos al último de los profetas con quien culmina la ley. Estamos en presencia de Juan el Bautista, el preparador del camino del Señor. Jesús se refirió a él como el más grande de los profetas, pero Juan no hizo señales ni milagros, su única distinción fue su verbo encendido contra los fariseos, su vestimenta de piel de animales y su alimento de langostas y miel. Sin embargo, cuando Jesús inicia su ministerio, de nuevo el pueblo de Israel puede notar las excepcionales señales que lo acompañaron. Él era Dios, y quiso demostrar su poder en diversas formas, para que muchos llegasen a creer.

Sus apóstoles elegidos también fueron dotados de los prodigios ante quienes predicaron, acompañándolos por mucho tiempo los dones especiales dados por el Espíritu. Estas señales permitían distinguir su apostolado, para que fuesen reconocidos como enviados del mismo Jesús. Pablo destaca por su don de sanidad, aún su pañuelo sanaba a la distancia, según el libro de los Hechos. Sin embargo, él mismo anuncia que los dones cesarán, lo cual comprobó cuando a su hermano y amigo Timoteo le recomienda tomar vino y no agua por causa de su estómago. A otros hermanos dejó en ciertas ciudades por estar enfermos, así que comprobamos que no pudo usar su don de sanidad en ninguno de ellos porque llegaba el tiempo de lo perfecto o completo, se acercaba el instante en que aquellas señales no eran necesarias. 

La palabra de Dios estaba casi terminada en cuanto a su revelación, así que los dones no fueron necesarios. Ahora tenemos lo que ha sido completado, allí podemos comprobar por medio de la fe que Dios habla, promete y cumple. Irónico sería pretender buscar otra revelación cuando la que nos fue dada ya ha sido sellada, bajo pena de maldición a quien le añada o le quite a lo ya manifestado. Si alguien no cree suficiente el contenido de la Biblia, pero en cambio necesita buscar por otra vía, está militando en un evangelio diferente. 

La roca espiritual que seguía a los antepasados en el desierto era Cristo (1 Corintios 10:1-4). Sin embargo, muchos de ellos quedaron estancados en esos lugares secos y cálidos, por codiciar cosas malas. Pablo nos advierte contra la idolatría, así como contra la fornicación. El apóstol nos dice que no tentemos al Señor, porque muchas de aquellas personas murieron por causa de las serpientes, que no murmuremos para no morir por manos del destructor. Esas cosas les acontecieron a los antiguos israelitas, pero quedaron escritas por causa de nosotros, para que podamos estar firmes. 

Acá también existe una simetría, lo sucedido tiempo atrás puede repetirse en forma de calamidad para el pueblo de Dios. La lección enseñada por la historia de aquellos personajes, suministra información suficiente para que evitemos el daño por causa de nuestros males. El apóstol resume su admonición diciéndonos que huyamos de la idolatría, aunque el ídolo no sea nada en sí mismo. Sin embargo, lo que los gentiles (las gentes) sacrifican, a los demonios sacrifican, y no a Dios (1 Corintios 10: 20). Acá también vemos un grado irónico en la declaración del apóstol: si el ídolo es nada, ¿por qué hablar contra el peligro que acarrea? 

Precisamente, el ídolo es nada en relación a Dios, ya que no lo representa. Ah, pero Pablo deja ver que el ídolo sí que representa a otra entidad espiritual: al demonio. Esto lo corrobora Juan, en Apocalipsis 9:20, en el relato que menciona el toque de la sexta trompeta y el haberse dado el primer ay. Dice así: Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar.  

Terrible el mundo de la idolatría, de los que buscan a un dios que no puede salvar. Poco importa el nombre que le den, ya que si no se trata del Dios de la Biblia, del verdadero Jesucristo junto a su doctrina (2 Juan 1:9-10), quien tal cosa haga viene a ser anatema. Jesucristo es la roca que fue golpeada, de la cual salió agua (Éxodo 17:6); en los días de su carne parecía rudo como la piedra, pero por igual le dijo a la mujer Samaritana que el que bebiere del agua que él daría no tendría sed jamás. Él es el agua para vida eterna, la roca golpeada por Moisés para saciar la sed de su pueblo. Es también la roca sobre la cual muchos tropiezan, pero piedra de salvación para los elegidos del Padre (1 Corintios 10:4). 

Si el diablo es el león rugiente, Jesucristo es el león de Judá; si Satanás es la serpiente antigua, Jesucristo es la serpiente de bronce levantada en el desierto; si los cabritos irán al lago de fuego, Jesús también es el chivo expiatorio, el que cargó con los pecados fuera del campamento. Así también aparece la simetría bíblica, bajo un juego irónico por contraste, como antífrasis. Cristo refresca el alma del pecador que viene hacia él, ya que todos los que el Padre le envía son recibidos y jamás serán echados fuera. El que quiera, beba gratis del agua de la vida eterna. ¿Quién es el que quiere? El que ha sido enviado por el Padre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:51
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