Lunes, 21 de marzo de 2022

Leemos que Jehová se arrepintió de haber hecho al hombre, con lo cual se presume que está como un científico sometido a la ley del ensayo y error. Otros aseguran que se trata de una figura antropomórfica, mediante la cual el relator presenta a Dios descrito como alguien con sentimientos humanos. Esto último se haría con la finalidad de acercar más al lector a ese Dios de la creación, para que no se sienta tan disminuido frente a su enorme presencia. Pero estos antropomorfismos traen problemas de diversa índole, uno de ellos se relaciona con el hecho de que pudiera interpretarse que Dios no sabe muy bien lo que hace, que en ocasiones se ve tomado por sorpresa debido a que no se imaginaba del todo lo que podría ocurrir.
Este camino se pavimenta en forma especial para el teísmo abierto, posición que anuncia a un Dios que no conoce el futuro sino que mira diversas posibilidades de lo que podría ocurrir. Ese texto de Génesis 6:6 pudo haber tenido otro sentido original, a lo mejor los términos empleados en un primer momento no sugieren exactamente lo que el traductor colocó. Tal vez el manuscrito tomado en cuenta no fue el idóneo, a lo mejor quisieron darle un giro diferente al que en un principio había. Esa tarea queda para los filólogos inquietos, los que además deberán ser honestos con el texto en ciernes. 
Si tomamos en cuenta el vocablo usado por los constructores de la Septuaginta (la primera Biblia hebrea compendiada como un libro, formada por judíos o hebreos pero vertida en lengua griega), nos daremos cuenta del sentido posible que tendría ese verso. ἐνεθυμήθη es la forma verbal (aoristo, indicativo, pasiva, 3a persona singular) que aparece en Génesis 6:6 en la versión griega de la Septuaginta. Significa ponderar, pensar profundamente, considerar, concluir. Vemos que no tiene que referir forzosamente a la idea de arrepentimiento, como lo hacemos los humanos, simplemente relata la manera en que el Dios de la Biblia pensó la situación de la maldad humana de ese entonces. Él sintió lo que estaba sucediendo en la tierra con la maldad del hombre, lo pensó y lo consideró. 
Un comentarista bíblico del siglo XVIII, John Gill, en sus Comentarios, sugiere que Dios no puede arrepentirse ya que Él nunca cambia su mente ni altera sus propósitos. Gill señala que si ese es el término a leer en Génesis 6:6, sería una figura de antropopatía, como si actuara en forma similar al ser humano. Tal vez Dios ha sido visto como si fuese un alfarero que construye un vaso de arcilla y lo rompe porque no le gustó la forma como quedó; y es que a Dios no le pareció bueno el pecado del hombre. Agrega Gill que Dios es un Ser simple, no compuesto, no sujeto a pasiones ni afectos. Al contrario, tiene un gran odio por el pecado, pero no sufre un cambio pasional al estilo humano.
Nosotros podemos mirar el relato de la creación para comprobar que cada vez que Dios hacía algo lo consideraba bueno en gran manera. La obra de sus manos debía ser un fruto perfecto, como en realidad lo fue; sin embargo, en cuanto al pecado se refiere, no hubo contentamiento. Esa obra no fue buena en gran manera. Dirán algunos que estoy afirmando que Dios hizo el pecado, pero la Biblia asegura que Él hace el bien y crea el mal, que hizo aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo, no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38). Que formo la luz y creo las tinieblas; que hago la paz y que creo el mal. Yo soy el Señor, que hago todo esto (Isaías 45:7). 
Por otro lado, Pedro relata que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en el tiempo apostólico en medio de los hombres (1 Pedro 1:20). Quiere decir que Jesús no fue una carta bajo la manga del Padre sino el sujeto y objeto del plan para la creación, el que recibiría la gloria de Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). Entonces, el lamento de Dios por el pecado humano no puede considerarse como un arrepentimiento de un Dios al que le salió mal el experimento. Es una forma de narrar que pudo estar distorsionada en la traducción del texto a otras lenguas. 
El texto del Génesis que nos ocupa muestra a un Dios que consideró, que infirió y que pesó en su corazón para concluir que no había sido bueno el pecado para el hombre o el hombre para tenerlo en el pecado.  Eso puede mirarse como un acto sincrónico en un punto del tiempo. No implica que en su decreto eterno (1 Pedro 1:20) no haya ordenado y sabido lo que ordenaba respecto al pecado humano. No veo conflicto, más allá de que no quisiera usar siempre el concepto de la figura del antropomorfismo divino. Lo veo como un resultado esperado, Dios hizo al hombre bueno y lo dispuso a pecar (Él hizo el mal y al malo para el día malo), por lo tanto sabía de antemano con lo que se encontraría. No cabe, pues, la idea de arrepentimiento en el sentido humano, de alguien que se hubiese equivocado, como si se hubiese sorprendido. ¿Por qué el escritor bíblico no dijo lo mismo de Lucifer? Dios también podría haberse arrepentido de haber creado a Lucifer bueno y después de haberlo hecho malo para el día malo. Entonces, si no existe tal paralelismo entre el hombre y Lucifer, el sentido tiene que ser diferente en el texto de Génesis 6:6. Dios pudo haber expresado un lamento por el pecado y sus consecuencias, como Jesucristo dio un ay por Judas, el hijo de perdición que iba conforme a las Escrituras. De igual manera, Jesús lloró al ver sufrir a la familia de Lázaro, pero él había demorado varios días para que su amigo muriera de manera que pudiera hacer después el milagro. Nadie critica a Jesús como si no supiese que Lázaro iba a morir, porque el relato lo señala con la intención de demorar para hacer el milagro. 
Estamos frente a una perspectiva de narrativa, el narrador del Génesis, al menos en ese verso, tiene otra intención: no digo que malévola, ni siquiera sugiero que antagónica con otros narradores. Simplemente coloca a Dios reflexionando sobre su obra. Si comparamos con los seis primeros días de la creación, veremos que Dios decía que se agradaba de lo que había hecho. Pero cuando se confronta con el pecado su visión resulta diferente. Hizo algo malo pero necesario (al malo para el día malo), por eso su lamento pero no su arrepentimiento. Si uno hace algo bueno se alegra, si uno hace algo malo se entristece o lo lamenta. De igual manera Dios se presenta a Sí mismo como alguien que se alegra por haber hecho lo que hizo en sus seis días, pero se conmueve por haber hecho al hombre sumergido en el pecado, producto del conocimiento del bien y del mal, con la presunta independencia que el hombre emprendió frente a su Creador.  Primera de Pedro 1:20 nos  presenta a Jesucristo preparado desde antes de la fundación del mundo para resolver el problema que Dios se propuso. El canto de Dios por el pecado tiene que ser un canto de tristeza y no de alegría, como bien lo refleja Génesis 6:6.  El juicio de Dios supone un canto de ira, ya demostrado en el Calvario cuando juzgó a Jesucristo por el pecado de todo su pueblo.
El texto bíblico lo asumimos como autoridad, por palabra de Dios. El problema aparece si nos salimos del contexto, ya que si tomamos un término aislado puede llevarnos a una asunción de lamentable interpretación. Si Dios se arrepiente entonces pareciera hijo de hombre, cosa distinta a lo dicho por un profeta bíblico del Antiguo Testamento. Así puestas las cosas hemos de pensar en los textos originales, en sus múltiples traducciones, sin tener que asumir a priori que hubo mala intención en el traslado y custodia de esos textos. Pero el error puede aparecer cuando se traspone dinámicamente el sentido originario de un término, aunque medie la intención de hacer comprender al lector lo que el intérprete presupone debe entender. 
La palabra viene como metáfora de la realidad, pero existen miles de metáforas, incluso aparecen metáforas dentro de otras metáforas. Debe haber un hilo conductor para el lector bíblico, debería partir siempre de una presunción que nazca de la objetividad del relato. Esto es, Dios se manifestó como Ser soberano, hace como quiere, predestinó desde la eternidad todo cuanto acontece. Desde esa perspectiva, el lector debería preguntarse si ese Dios bíblico así manifestado es susceptible de arrepentimiento. Dada la respuesta negativa debemos comprender los contextos de los términos aislados que pueden dar origen a malas interpretaciones.
Otros textos bíblicos pueden referir a la misma idea, la de Dios que ordena un castigo pero que luego lo suspende. Envió a Jonás a Nínive, después muestra misericordia por el arrepentimiento; más tarde castiga a la ciudad malvada que sucumbió ante el pecado. ¿Sabía Dios todo lo que acontecería? Por supuesto que un Dios Omnisciente lo sabe todo, además de que todo lo ha preordenado. En 1 Crónicas 21:15 se lee del arrepentimiento de Jehová cuando su ángel destruía Jerusalén, todo por causa del castigo escogido por David en el tema del censo a Israel.  μεταμέλει fue el verbo usado por el narrador de ese pasaje, significa arrepentirse, tener lástima o piedad. En esta ocasión el que escribe el texto colocó a Dios como el ser sensible al que David había referido en el verso 13: Ruego que caiga en la mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas en extremo, pero no caiga en manos de hombres. Dios también se muestra como fuego consumidor, grande en misericordia, aunque posee ira contra la desobediencia humana. Se ha dicho de Él que es lento para la ira y grande en misericordia. No es un Dios aislado que se olvidó de su creación, al contrario, convive con su pueblo escogido. 
Estos textos no pueden dar luz verde al teísmo abierto, ni al libre albedrío humano; hablan más bien de la sensibilidad de Jehová ante el hombre arrepentido de su mal, todo lo cual se propuso desde los siglos en relación con los que ama. El Señor al que ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. El lector bíblico debe tener en cuenta que Dios ha ordenado su ley pero que ella no salvó a nadie, fue un rasero muy alto para poder cumplirla a cabalidad. Sin embargo, la ley nos condujo a Cristo. Esa ley puede ser aceptada o rechazada, en tanto mandato general; pero lo que Jehová decretó desde la eternidad no tiene visos de arrepentimiento. La distinción teológica entre ley y decreto divino resulta de vital importancia para la comprensión general del texto sagrado, para evitar la colisión natural que conlleva el uso de antropomorfismos.
En síntesis, Jehová se presenta como el que es, el único Ser, del cual todo depende. Hizo a Jacob para amarlo y a Esaú para odiarlo, pero no cambia de parecer. No podemos imaginarlo como que un día ama y odia a la misma persona, asunto propio de los seres humanos. Al pueblo amado le envió a su Hijo para rescatarlo de las tinieblas. Ese Hijo rogó al Padre por los que le había dado (los hijos que Dios me dio), el fruto de su aflicción, los coherederos de gloria, pero dejó dicho en forma expresa que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Ciertamente, Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta (Números 23:19).
César Paredes
[email protected]
destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:50
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios