Jueves, 17 de marzo de 2022

No es bueno que el hombre esté solo, dijo Jehová, y le hizo compañera. A lo largo de la Escritura en sus historias de siglos, los creyentes han gozado de compañía para la procreación y para el goce del cuerpo y de la mente. La ayuda idónea fue creada para que la humanidad disfrutase en la santidad de su Creador. Por supuesto, la maldad ha ido aumentando en la medida en que el hombre avanza hacia su final, y aquella ayuda ejemplar se ha convertido en un objeto de maltrato para ambos bandos. El canto al sufrimiento por el dolor emocional de los sentimientos rotos, de los hogares venidos abajo, de los matrimonios en mancilla, ha hecho que muchos se retiren asustados del lecho conyugal.

Pablo llegó a comprender un poco esta situación hasta decir que bueno le era al hombre no tocar mujer. Sin embargo, la fuerza emocional y biológica de los hijos de Dios impera y nos conduce a desear la compañía en este tránsito hacia la morada eterna. Uno se queda perplejo de la reacción que tiene la persona cuando se le habla de matrimonio. Tal concepto tiene un estigma por la infamia a la cual ha sido sometido, pero varón y hembra creó Dios a los primeros humanos para que se unieran y se acompañaran.

En los momentos de angustia existencial, cuando nos hacemos la pregunta de dónde venimos y hacia dónde vamos, surge un conflicto teórico entre la fe y la prueba. La fe vino como don de Dios a sus elegidos, pero ella apunta a lo que no se ve. Lo que se ve, ¿a qué esperarlo? Por eso, la confianza en Dios le brinda honra de parte de sus hijos, los cuales esperan obtener aquello que anhelan pero que todavía no contemplan. En la oración de Jesús encontramos un abanico de elementos como motivación para orar. Una motivación fundamental sería el pan nuestro de cada día; ese pan necesario para el sustento diario que abarca no solo la ingesta alimenticia sino la adquisición de aquello que se hace esencial para el alma.

No solo de pan vivirá el hombre, aseguró Jesucristo, para referir de inmediato a su palabra, la del Padre. Esa palabra que contiene la vida eterna, la que da testimonio del Hijo, la que nos habla de su persona y de su obra. Pero hay mucho más en aquella expresión del pan cotidiano: puede extenderse su alcance a cada asunto relevante que necesitamos para completar la alacena de nuestras necesidades emocionales y no solo biológicas. 

En tal sentido, Jesús también enseñó a sus discípulos con un mensaje que puede tocarnos hoy día. Leemos en Juan 14: 13 y 14 lo siguiente: Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré. Estas son palabras del Cristo que consuela, que no vino solo para exigir un código moral elevado, sino que vino a ofrecer un método infalible para que obtengamos la saciedad de aquello que deseamos. Lo que nuestra alma busca, lo que nuestros ojos ven a la distancia, como en forma borrosa, todo ello lo ofrece Jesús a sus escogidos.

Ese Jesús que dijo esas palabras nos exhortó a que nuestro corazón no se turbara, advirtiéndonos que si creíamos en Dios creyéramos también en él. Agregó que en la casa de su Padre había muchas moradas, que él se iría allá para prepararnos lugar a nosotros. Prometió volver cuando el tiempo fuere el propicio, de acuerdo a los signos dados en las Escrituras, una vez que el Padre lo ordene. Jesús ha rogado al Padre para que nos envíe el Consolador, el Espíritu de verdad que ahora mora en nosotros, los hijos que hemos sido llamados eficazmente. El mundo por el cual Jesús no rogó no puede recibir ese Espíritu, porque no le ve ni le conoce (nosotros no lo vemos pero lo conocemos y mora con nosotros). El mundo no lo puede ver, por lo tanto no lo puede conocer; el creyente, aunque no lo ve lo conoce. Esto prueba que por medio de la fe entendemos, sabiendo que la fe misma es un regalo de Dios (Efesios 2:8).

Cualquier cosa que pidamos en su nombre la tendremos, una promesa hermosa que no debemos dejar de admirar. ¿Necesitamos asistencia para la predicación del evangelio? Pidámosla que la tendremos. Tal vez deseamos un milagro que abra algunas puertas de bronce con cerraduras de hierro, se nos ha prometido que se hará ese favor. Cualquier bendición especial de la cual necesitemos para poder andar en paz, satisfechos, con la ansiedad dominada, también la obtendremos como un favor del Señor. 

Nos movemos en medio de una crisis existencial en este caótico mundo, plagado de guerras y rumores de guerras, de hambre por todos lados, de maldad aumentada, de gente que maldice el nombre del Señor, de los que desafían la integridad de su ley, de los que reclaman un estado de anomia total para gobernarse a sí mismos. Plagas o enfermedades de muchos tipos, terremotos en diferentes lugares, falsos profetas que pululan en los púlpitos, templos físicos convertidos en sinagogas de Satanás, teología mixta o ecuménica, ligereza doctrinal, pasiones espirituales desenfrenadas, apego a la carne antes que al Espíritu, todo ello como escenario áspero que carcome el corazón que busca a Dios desde lejos, que supone que no lo puede alcanzar.

Sin embargo, el método de Jesucristo parece sencillo: la oración pura y simple, colocarse a orar, a pedir, a suplicar, a agradecer, a pedir por su reino y por cada cosa que necesitemos. Él ha prometido darnos todo ello a su debido tiempo, pero tenemos que procurarlo por medio de la fe, de esa confianza que implica el acercarse a él creyendo que existe, que está allí, para que nuestras palabras que ya conoce antes de ser pronunciadas derramen nuestra ansiedad en súplica delante de su majestad. Una majestad con amor, no una majestad despótica. 

En otro momento el Señor también nos dijo algo referente a la oración: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mateo 7:7-11). El Señor habló de un padre de familia cuyo hijo le pedía pan, pero aseguró que ese padre no le daría jamás una piedra. Si le pidiere un pez, no le daría tampoco una serpiente; y si nosotros que somos malos sabemos dar buenos regalos a nuestros hijos, ¿cuánto más nuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le piden?

Cuando pedimos sometidos a la voluntad del Padre, tenemos las cosas que le hemos pedido. Si nos sometemos a su divina voluntad (por el espíritu que nos dio para amar sus estatutos) de seguro recibiremos lo que necesitamos. Si buscamos su presencia hallaremos esa presencia con todo lo que implica el añadido de su reino, si tocamos la puerta se nos abrirá. Detengámonos un momento ante la puerta de la misericordia y supliquemos por ayuda. De seguro recibiremos aquello que anhelamos, siempre que lo hagamos conforme a la voluntad del que nos formó, siguiendo su lineamiento: la constancia en la oración, buscando en oración, llamando en oración. 

Pablo escribió que cuando esto hacemos la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús, Señor nuestro. Cada creyente debería hacer memoria de sus oraciones respondidas, quizás sería un buen hábito escribir un registro de los días en que pidieron algo y de los días en que lo recibieron. Esto con el propósito de animarse siempre, porque en ese camino de soledad que nos lleva al cielo conviene hacer memoria de los pasos por donde nos ha traído Jehová. Nada mejor que aquellas oraciones contestadas cuando nos hallábamos en crisis, como la crisis de la esclavitud de Israel en Egipto, como la apertura del Mar Rojo, como la travesía en el desierto junto a Moisés. 

Cuando el Espíritu traiga a tu memoria un nombre, una persona, lo hará por algo. Sin saber la razón puedes interceder por ella, de tal forma que comiences a vivir una vida de oración intensa. La forma en que se ora es muy variada, de pie, de rodillas, con los ojos cerrados o abiertos, con las manos reposadas o alzadas, sentados, acostados, caminando, en cualquier instante: eso también implica constancia. En la Biblia leemos que se mandaba a orar los unos por los otros; ¿Está alguno afligido entre vosotros? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas (Santiago 5:13). 

Jesús dijo que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos (Mateo 18:19). Jesucristo tuvo por costumbre irse lejos de la multitud para estar a solas con el Padre. Job, Elías, el profeta Daniel, el salmista David, oraron a solas. Ellos son un ejemplo para nosotros, un estímulo para insistir en esa vida de comunión con el Señor; lo mismo hizo Ana, la madre del profeta Samuel, en soledad frente a Dios. Y tú, cuando ores, entra a tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público (Mateo 6:6). 

La oración a solas tiene algunas características para investigar y admirar: 1) nos enseña humildad, ya que nadie nos ve y no lo hacemos para ganar aplausos en una congregación o para que nos consideren más piadosos; 2) nos brinda el beneficio de la privacidad, por cuanto podemos contarle a Dios cosas que no desearíamos que otros nos oyesen; 3) nos enseña disciplina, ya que no contamos con ayuda de los demás sino que debemos creer que Dios está allí y que nos premia por ese acto; 4) nos acostumbra a una rutina que no está sujeta a la voluntad de los demás, de manera que podemos disponernos sin preguntarles a otros si ellos desean unírsenos; 5) la recompensa pública nos incrementa la fe, nos redunda en gozo por recibir aquello por lo cual pusimos la confianza en quien puede dar sin medida.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:32
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios