Jueves, 10 de marzo de 2022

El grandísimo misterio de la piedad (devoción) se nota porque Cristo (el que no cometió pecado) fue justificado por el Espíritu (1 Timoteo 3:16). La unión de dos naturalezas en Cristo, la divina y la humana, en virtud de su nacimiento de una virgen, lo creemos aunque como parte de la revelación de Dios.  La persona de Dios se manifestó en carne, sin que la materia le resultase repugnante, cuando el Verbo se encarnó entre nosotros. Por esa manifestación se pudo escribir lo que se había visto y oído, lo que las manos palparon, tocante al verbo de vida. La expresión justificado puede comprenderse como tenido por inocente, así que Jesucristo por el Espíritu no fue hallado culpable de nada. 

Él fue hecho pecado aunque no conoció pecado, por cuya razón la Escritura afirma que fue justificado (sin culpa alguna). No dice que fue limpiado del pecado, como algunos sostienen con sutilezas infernales. Una persona llevada a juicio por acusación de alguna transgresión de la ley puede ser juzgada; pero en ese juicio hecho se le puede justificar (vale decir, declarar inocente). Jesús vino en semejanza de carne (Romanos 8:3), pero fue tenido por el Espíritu de Dios como inocente desde principio a fin. Por esa razón, debido a su naturaleza de Cordero sin mancha, sumado al hecho de haber cumplido toda la ley, el Padre lo declaró su justicia. De igual manera, aquella justicia se extendió a todo su pueblo por haber llevado todos los pecados de cuantos representó en la cruz (Mateo 1:21). 

No confundamos el primer Adán con el segundo. En Adán todos mueren (por causa de la herencia del pecado), pero en el segundo Adán todos viven. ¿Qué significa esta vida en el segundo Adán? Por cierto, no podríamos hablar de la universalidad de la redención, más bien hablamos de la totalidad de los redimidos, aquellos hijos que Dios le dio, el fruto de su trabajo, los que pertenecían desde el principio al Padre y que fueron enviados a Jesús el Cristo. El primer Adán representa a todos sus herederos, habiéndonos legado la muerte como paga por el pecado. Pero ya muertos en delitos y pecados, la dádiva de Dios se manifestó en ese misterio de la piedad: en el segundo Adán todos aquellos a quienes Cristo representó en la cruz viven para siempre. 

Hay una historia, una sintaxis: a los que Dios amó (conoció íntimamente desde antes) a esos también predestinó, pero a los que predestinó a esos también llamó, justificó y glorificó. Vemos que los escogidos de Dios debemos ser llamados para entrar por la puerta que es Cristo. En ese momento nos convertimos en ovejas que seguimos al buen pastor, si bien antes éramos ovejas descarriadas. Nunca una oveja ha sido una cabra, como jamás una cabra podrá ser oveja. 

El milagro del nacimiento virginal implica que Dios quería que su Hijo no tuviese pecado heredado de Adán, por lo cual el primer Adán no representó al segundo Adán. No obstante, el misterio de la piedad nos anuncia que en tanto Jesucristo es la simiente prometida a Abraham (en Isaac te será llamada descendencia) en ese mismo sentido Jesucristo desciende de Adán. Una implicación técnica necesaria, pero no substancial como para que el pecado lo tocase. ¿Acaso el Cristo no es también el hijo de David? Sin embargo la pregunta se plasma en la Escritura, acerca de quién es aquel de quien el Señor le dijo a mi Señor que se sentara a su diestra. La respuesta la sabemos, se trata del Cristo,  el que es antes que Abraham, de Isaac o de David.

A Cristo, por lo tanto, no se le imputa de pecado. Él se hizo pecado por causa de su pueblo, por cuya razón el Padre lo abandona en la cruz, como el más cruel castigo que persona alguna pudiera recibir. El ateo es alguien dejado por Dios a un lado, al menos ese sentido griego se plasma en la literatura que nos viene de la época antigua. Hoy día el ateo se siente orgulloso de abandonar a Dios, pero no se da cuenta del significado primigenio, ironía que le acompaña hasta que Dios quiera tener misericordia (si es que la tiene). Jesucristo fue enviado por el Padre como siervo justo, para hacer un trabajo encomendado. En eso se determina el amor del Padre por sus escogidos, a lo que cual se suma que el Hijo vino en semejanza de carne pecadora. La semejanza presupone una apariencia externa, ya que nació de una mujer pecadora (jamás sin pecado concebida, como afirma la teología romana). Por esa razón el Cristo pudo morir en una cruz, ya que el hecho de poseer semejanza de carne pecadora lo habilitó para sufrir nuestras debilidades. La Biblia ha sido enfática al decirnos que Cristo no conoció pecado, que no cometió ninguno por cuanto fue el Cordero sin mancha. De otra forma no hubiese agradado al Padre y no hubiese cumplido su misión de redimir a su pueblo. 

Su muerte fue contada entre los transgresores, habiendo muerto en medio de dos ladrones; pero esa semejanza de carne pecadora lo era solo en tanto semejanza. Por haberse hecho pecado sufrió muerte, de tal manera que por su dolor sufrido y por el castigo infringido por parte del Padre pudiese redimir por entero a su pueblo, a fin de heredar el fruto preparado: los hijos que Dios le dio. El pecado por fin fue expiado para que llegara el perdón procurado por su gracia y trabajo, para que finalmente su pueblo llegase a ser salvado. Ese misterio de la piedad, por más que misterio, se comprende con gozo como la revelación de Dios en favor de su pueblo. 

Dios castigó a su Hijo, pero lo tomó como ofrenda por el pecado (Hebreos 10:6). Dios abolió la ley por medio de su cumplimiento por parte del Hijo, para establecer el evangelio; desvaneció su primer pacto para establecer el nuevo. El sacerdocio de Cristo fue establecido, algo que nos convenía sobremanera, ya que no hace falta más ofrenda por el pecado. Si a semejanza de Melquisedec se levanta un sacerdocio distinto (Hebreos 7:15), se introdujo una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (Hebreos 7:19). Vale decir, esa semejanza entre Cristo y Melquisedec significa que Jesucristo no es Melquisedec, como el segundo Adán no es el primer Adán; tampoco implica que Jesús sea de la naturaleza de Melquisedec como el segundo Adán no hereda la naturaleza pecaminosa del primer Adán. Esta es otra semejanza del Cristo presentada en la Biblia, para resaltar el misterio de la piedad.

El sacerdocio de Jesús se considera inmutable, para salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, sacerdocio que nos convenía con ese oficio. Jesús fue santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, hecho más sublime que los cielos, sin la necesidad de ofrecer cada día sacrificio por sus propios pecados para después ofrecerlos por los del pueblo. Este sacrificio se hizo una vez para siempre, ofreciéndose Jesús a sí mismo (Hebreos 7:26-27). 

De nuevo la aclaratoria, el Jesús separado de los pecadores lo fue en tanto no pecó en manera alguna. No se dice aquello en el sentido de que no participó en medio de los injustos, pues vino a buscar enfermos y no sanos, a llamar no a justos sino a pecadores. Comía con los publicanos, conversaba con los transgresores, con quienes compartió su muerte, habiendo rescatado a uno de ellos in extremis. Se comprende que Jesús no descendió de Adán como de una generación ordinaria, sino que su nacimiento virginal por obra del Espíritu Santo lo definió en su naturaleza sin pecado. 

Generalizar apresuradamente por la humanidad de Cristo como alguien que participa de la pecaminosidad de Adán, presupone causar una implicación indebida, se considera una falacia de analogía impropia. Ese error también se contempla en la herejía de la expiación universal, al decir que Cristo murió por todos los pecadores o que quitó todo el pecado del mundo. ¿Cuál pecado limpió y de cuál mundo? Siempre conviene mirar el contexto para alejarnos de los pretextos de las teologías anatemas. El misterio de la piedad apunta a Cristo como redentor de su pueblo, añadiendo que por el conocimiento del siervo justo éste justificará a muchos. Ninguno puede venir a él si el Padre que lo envió no lo trajere. Todo lo que el Padre le da al Hijo, vendrá a él y jamás será echado fuera. Esto forma parte del misterio de la piedad.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:29
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