Martes, 08 de marzo de 2022

El creyente camina castigado como un ciervo atravesado con una flecha, siente el dolor y continúa hacia la siguiente estación. Sufre y en su llanto recuerda la cruz donde el Cordero expiró sin queja por su trabajo. En esa visión comprende que lo suyo hace tiempo que lo lleva, pero se manifiesta como de poca monta. Aquella carga por el pecado de todo su pueblo necesitaba lomos de búfalos para ser transportada, pilares de roble junto a columnas de mármol, paredes de bronce y entrepiso de hierro, para poderla sostener. El varón de dolores, experimentado en quebranto, no abrió su boca sino para perdonar a quienes no sabían lo que hacían, para suplicar un poco de agua, para preguntarle al Padre la razón por la cual lo había abandonado.

El dolor y fuga de cada creyente se produce cuando miramos lo que nos rodea, el mundo doblado por las guerras, todas ellas insensatas, por la avaricia del hombre sobre el hombre, por el ego descomunal que se pelea con otros egos. La fuga se nos abre como la salida del espectáculo de las pestes y hambrunas, del apocalíptico tiempo que circunda los respiros. Miramos hacia la eternidad y contemplamos los cielos, aquellos que contienen el Paraíso adonde llegó el ladrón redimido por recibir perdón. 

Cosas inefables vio Pablo cuando arrebatado llegó al sitio donde iremos a morar por siempre. Por indecibles nos perdimos la descripción, pero la fe imagina y construye los parajes no relatados, donde el agua clara atraviesa el bosque de la vida. De esta manera recordamos las palabras del Maestro: voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Ese lugar de la casa de su Padre posee muchas moradas, tantas como para que sus habitantes yazcan holgados. Cualquier doloroso recuerdo será disipado, cualquier lágrima se borrará de nuestros ojos. Fuga bendita, aunque el dolor ahora hiere por la estaca volante que lanzó el cazador. 

Sentémonos un rato más en los lugares celestiales con Cristo, contemplemos su dolor a causa de los que lo escarnecieron, los que menearon la cabeza para decirle que lo librara Jehová en quien había confiado. No hay quien ayude en la angustia, a menos que Dios se acerque; nuestro corazón como cera ante el rayo de sol queda como relato de muerte. No lo neguemos esta vez, aunque el gallo cante de continuo, como un reloj que avisa el momento de la traición. 

Dolor porque nadie cree a nuestro anuncio, dolor porque creemos haber quedado solos. Dolorosa voz del que clama en el desierto, de los que por la fe ven más allá de lo que otros miran. Sufrió aquel que llevó nuestras enfermedades y dolores, el azotado y herido por Dios. Un hombre herido y molido por causa del pecado de su pueblo, cuyo castigo sirvió a nuestra paz. Se angustió y afligió, pero como cordero que no sabe hablar no profirió queja. Nuestra fuga hacia los largos días en la casa de Jehová, para satisfacer el alma del que fue azotado. 

Nuestro dolor llega cuando del impío vemos sus ojos saltados de gordura, cuando descubrimos que ellos logran con creces los antojos del corazón. ¡Cómo se mofan y hablan con altanería! No parecen turbados del mundo, su voz martilla el oído del que está atento a la palabra de Dios. Pensamos que seremos desechados en el tiempo de la vejez, atormentados por aquellos que consultan sobre nuestras almas. Las aguas nos anegan hasta que el cieno profundo nos atrapa; nos secamos la garganta de tanto gritar, por causa de los que nos aborrecen sin causa. El poderoso enemigo destruye nuestras fortalezas, se acerca para abatirnos. El momento ha llegado en que nuestra insensatez se recuerda, en que nuestra conciencia nos reclama por el tiempo perdido. 

Con escarnio quiebran el corazón, sin que haya consoladores. Nuestra fuga en la penumbra, o bajo el rayo de sol, sostenida por el brazo del que gobierna su creación. De día bajo una nube, de noche en columna de fuego, el mar abierto nos dará el pasaje, sin que miremos hacia atrás. El libro de los relatos sagrados sugiere la historia repetida, una voz que clama por agua y la lluvia que cubre la tierra seca. Los capitanes con sus cincuenta son derretidos, un hacha flota en el río, la tierra se abre y traga gente. Una palabra enciende la luz, una voz separa lo seco de lo que contiene agua. De Egipto hemos salido, de la esclavitud nos hemos fugado.

¡Canta, oh, alma, la cólera encendida del Dios divino! Que los tiranos se achiquen y aquellos que empobrecen el salario del pobre se llenen de vergüenza. El fuego consumidor caerá de repente y los entendidos comprenderán. La mentira la disipa la verdad, como luz en las tinieblas. Que Dios se levante para que sus enemigos sean esparcidos. Que se alegren los justos con saltos de alegría, que exalten al que cabalga los cielos. ¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición (Proverbios 22:22).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:16
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