Lunes, 07 de marzo de 2022

El argumento de cantidad protege al pentecostal, arropado con la masa en medio de una fuerza de inter-denominaciones. Sin embargo, el simple hecho de su fuente prueba su herejía, al ser el producto de la teología de John Wesley. Ese es el falso evangelio de salvación mediante la voluntad y las obras del pecador. Dicho en otros términos, el arminianismo como doctrina subyace en el corazón del pentecostalismo. Ha habido uno que otro movimiento a favor de la tesis de la gracia absoluta, pero sin abandonar la superstición de los dones o carismas como bandera de esa franquicia.

¿Qué enseñó Wesley? Que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, que el Espíritu anhela que cada quien sea salvo por medio de su propio libre albedrío. El Espíritu, dicen, es un Caballero, por lo tanto no forzará a nadie a creer. El cabestro del libre albedrío permite que sean conducidos al camino cuyo final mortal los sorprenderá. Wesley odió la doctrina de la gracia, se burló del Dios de la Biblia al señalarlo como un tirano, como peor que un diablo, por el solo hecho de amar a unos y odiar a otros. 

Recordemos la oración intercesora de Jesús, relatada en Juan 17. Encontramos en ella una frase muy relevante para lo que se expone: te ruego por los que han de creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:20). No rogó Jesús por los que habrían de creer en él por la palabra del evangelio anatema (maldito) sino por la palabra de los que el Padre le había dado. Esa es la palabra limpia, sin mentiras persuasivas, muy dura de oír para los que tienen oídos delicados.  

Wesley predicó una doctrina que garantizaba una segunda bendición, que superaba la primera bendición del perdón de pecados. Esa doctrina decía que aquella segunda bendición se obtendría bajo el esfuerzo del perfeccionismo, a punta de libre albedrío y trabajo humano. Como si los antiguos religiosos sometidos a la ley de Moisés hubiesen alcanzado la redención por sus éxitos, como si Pablo no hubiese dicho que la ley no salvó a nadie, que la ley sirvió para que el pecado aumentara. Y entre Wesley y los pentecostales existe un nexo común: la presencia de Charles Finney, un predicador fecundo en el siglo XIX, llamado líder del segundo despertar cristiano en los Estados Unidos de Norteamérica. 

Finney introdujo el método sicológico en el protestantismo, para llamar al altar, para que la gente aceptara a Cristo. Un piano suave mientras el predicador llama, la gente orando en silencio mientras las notas de la música suavizan las almas y permiten que penetre la palabra persuasiva del predicador. La presión se dirige a los que asisten a la reunión de predicación y el prospecto levanta la mano. Hay casos en que levantan la mano en varias ocasiones, como si las anteriores veces no hubiese sido suficiente. El pietismo se pregona a voces, bajo un lamento por el pecado en la consideración del corazón perverso más que todas las cosas.

En realidad, esta gente sigue bajo la descripción que hiciera el profeta Jeremías, cuando hablara del corazón del hombre caído. Pero Ezequiel nos habla del corazón transformado, del nuevo nacimiento, de la intervención divina para trasplantar un corazón de carne. Esa actividad se realiza una sola vez en la vida, así que de acuerdo a lo que el Buen Pastor dijo de sus ovejas, ellas no se vuelven ya más tras la voz de los extraños. Pero estos creyentes arminianos, seguidores del evangelio maldito, el evangelio de las obras y del libre albedrío, tienen que dar muchos pasos al frente para reforzar su respuesta anterior. De esta manera guardan fechas de su conversión o de su nuevo propósito de servir a Cristo, sin que les importe en lo más mínimo la doctrina del Cristo que dicen amar con el corazón.

De aquel movimiento de santidad y de la doctrina del perfeccionismo nace el Segundo Bautismo, como si dependiese del esfuerzo humano, como si el hombre cooperara con el Espíritu Santo para cumplir las condiciones de santidad. Roma, Pelagio, el Semipelagianismo, Arminio, Wesley, Finney y Billy Graham, todos con la bandera del libre albedrío y del Espíritu que capacita por instantes al ser humano para que libremente decida si quiere o no seguir a Cristo. En ese evangelio extraño milita la mayoría de la cristiandad que profesa externamente seguir a Jesucristo. Para nada han tomado en cuenta lo que la Biblia señala de la soberanía absoluta de Dios. El Señor nos ha predestinado de acuerdo al puro afecto de su voluntad; ha amado a Jacob eternamente, pero ha odiado a Esaú eternamente, sin mirar en ninguno de los gemelos alguna obra buena o mala, aún antes de que hubiesen sido concebidos. 

La doctrina metodista de Wesley viene como eslabón entre Inglaterra y los Estados Unidos para la aparición del pentecostalismo. El esfuerzo en su tesis sobre la santidad y perfección humana en esta vida dio como resultado la respuesta de la carne ante la confusión teológica. En clara oposición bíblica, los pentecostales insisten en su fruto carnal. La salvación no depende del que quiera ni del que corre, Romanos 9:16, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (pero endurece a quien quiere endurecer). Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8). El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él (Efesios 1: 3-4). 

El Espíritu de Cristo no fue dado como fruto de mentira sino de verdad. Así que el movimiento carismático pentecostal no es de Jesucristo, ya que el Espíritu no opera conversiones de fe a partir de un falso evangelio. Si un ángel del cielo os trajere otro evangelio, sea anatema (maldito), declaró Pablo. Los que habríamos de creer lo haríamos por la palabra incorruptible traída por aquellos apóstoles escogidos para tal fin, en palabras ya citadas por Jesucristo en Juan 17. Esa palabra de verdad está en las Escrituras, así que no necesitamos una prédica del falso evangelio para nacer de nuevo, necesitamos la predicación de la palabra de verdad. Esa palabra la enseñó Jesucristo como parte de la doctrina del Padre que él anunciaba, pero escandalizó a muchos de los que ya se consideraban sus discípulos. En Juan 6 podemos leer sobre este hecho típico de los que se escandalizan por las palabras duras de oír que profería Jesús. 

Pese a los milagros de los panes y los peces, pese a los sermones del Señor, pese a su ética y retórica, aquellos discípulos regurgitaron el contenido sólido de su mensaje. No pudieron contener el concepto de soberanía absoluta de Dios, aquella que gobierna incluso quién ha de ser salvo o condenado. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere, enseñó Jesús. Esta frase encendió el odio contra el Señor y comenzaron a distanciarse de sus palabras, dando murmuraciones, diciendo que esa palabra era dura de oír para todo el mundo. Pues bien, esa palabra le pareció una ofensa a John Wesley, tanto que aseguró que un Dios que dijera tal cosa sería peor que un diablo. A ese falso maestro siguen los pentecostales, éstos han creído por la palabra de aquél falso maestro.

La oración de Jesús en Getsemaní deja establecido que la salvación viene por la predicación de la palabra de verdad, a través de los que ya la han recibido y viven en ella. El que no vive en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. ¿Cómo podrá, pues, tener al Espíritu Santo? Salid de ella, pueblo mío, dijo Jesús respecto a los que viven en la Babilonia espiritual.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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