S?bado, 05 de marzo de 2022

Se levantarán muchos en mi nombre, algunos dirán: allí está el Cristo, pero no le creáis, dijo Jesús. Pablo refirió al evangelio para decir que había uno solo, aunque que al mismo tiempo existía el evangelio anatema (maldito). Dicho en forma diferente, los otros evangelios y los otros Cristos son falsos. Urge descubrir en la Biblia quién es el Cristo y cuál es su evangelio, ya que esa búsqueda nos permitirá hallar el testimonio de Jesús. Las Escrituras testifican de él y también contienen la vida eterna. 

El camino más fácil para un lector sería el leer con cuidado y prestar atención a lo que va descubriendo. Son muchas las manera de enfrentarse a un texto, pero cada quien seguirá el camino que su lógica le indique. Podemos acercarnos a las palabras de Jesús, a sus discursos, para subrayar aquello que compete a la doctrina de la cual debemos ocuparnos. Pablo le dijo a Timoteo que se ocupara de la doctrina y le dio razones muy válidas: la vida eterna o la salvación eterna se encuentran atadas a las enseñanzas de Jesucristo.

El Señor afirmó que había venido a enseñar la doctrina de su Padre. Por consiguiente, el deber de un buen lector sería acercarse a lo que Jesús dijo y expuso. Por ejemplo, en Juan 6 leemos que Jesús realizó el gran milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Mucha gente quedó regocijada por la comida y por el impacto del prodigio ante sus ojos. Ellos seguían a Jesús y fueron llamados sus discípulos, de acuerdo al narrador del evangelio. Jesús los confronta con la teología del Padre y les dice que ninguna persona puede venir a él si el Padre no lo trae. 

Con esa frase Jesús frena las aspiraciones personales de aquella muchedumbre que lo seguía. En ese seguir a Jesús faltaba un elemento básico: el hecho de ser enviado por el Padre. Jesús insiste y les expone que la Escritura había señalado que aquellos que fuesen enseñados por Dios vendrán a él, una vez que hubieren aprendido del Padre. Por supuesto, en el mismo contexto ya había dicho que todo lo que el Padre le daba vendría a él, y el que a él viniere no sería echado fuera. La promesa llega hasta la resurrección final o postrera. 

El énfasis dado en esta enseñanza, construye una doctrina o cuerpo de estudio. Jesús les demuestra a aquellos discípulos que conoce los corazones de ellos, pero se los indica con frases teológicas que parecían duras de comprender. La gente sentía que lo que ellos hacían venía motivado por su propia libertad, que su religiosidad maravillada por los milagros y las palabras del Maestro se mostraba como fruto espontáneo de su asentimiento y condescendencia con el liderazgo de este Mesías. Pero Jesús repitió su mensaje: Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere.

Esa charla que les dictaba tenía el propósito de enseñarles que su mítico libre albedrío no servía de nada. Lo que ellos hacían por su cuenta no les daba provecho alguno. Para venir a Jesús hacía falta algo que ellos no poseían: ser enviado por el Padre, haber sido enseñado por Él y haber aprendido de Él (Juan 6:45). De inmediato comenzó la murmuración y la racionalización. Así como en la fábula del zorro y las uvas, a ellos les pareció que las uvas estaban verdes, por lo cual no valía la pena intentar alcanzarlas de nuevo. Dijeron que aquella palabra de Jesús era muy dura; pero agregaron una falacia de generalización apresurada, como para justificar su impotencia. Ellos dijeron que ya que les parecía dura suponían que nadie más podía oírla. En otros términos, las palabras de Jesús no podrían ser oídas por su dureza (Juan 6:60 y 66).

El que busca en la Biblia lo que Jesús dijo puede llegar a una encrucijada donde tendrá que decidir a cuál Jesús seguir. Recordemos que Jesucristo habló de los falsos Cristos que se levantarían en su nombre, así que si el lector lleva una preconcepción de lo que debe ser el Cristo que busca, resultaría posible que se consiga con el Cristo indebido o con el evangelio maldito. En realidad hay un solo Cristo, pero muchas imitaciones. Un solo evangelio, pero muchas copias de mentira. A lo mejor el que lee y busca ya habrá escuchado que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, y eso es lo que va a indagar hasta encontrarlo forzosamente en la Biblia. Pero ¿qué tal si la Biblia no respalda esa tesis sino que presenta a un Cristo que murió en exclusiva por los pecados de su pueblo? (Mateo 1:21). 

En las Escrituras se ha dicho que por el conocimiento del siervo justo éste justificaría a muchos (Isaías 53:11). Jesús llevó las iniquidades de los muchos que llegamos a conocerlo; en realidad él no rogó por el mundo (Juan 17:9) pero sí murió por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). Por esa razón agradeció al Padre por los que le había dado y le daría por la irreprensible palabra de ellos. Ese Jesús derramó su vida hasta la muerte para llevar el pecado de muchos (Isaías 53:12). 

El otro Jesús, del otro evangelio, se supone que murió por todo el mundo, sin excepción. Pero ese Jesús resultó un fracaso total, sigue aguardando para que algún alma bondadosa lo asuma como redentor. Pese a ello, muchos desfilan hacia el infierno eterno, a pesar de que aquel Jesús pagó por sus pecados en la cruz. ¿Un absurdo, verdad? La razón por la que esta gente anda perdida se basa en la ignorancia de la justicia de Dios. Aquellos discípulos que comieron de los panes y los peces ignoraban la soberanía de Dios, les pareció duro de oír el que Dios sea el que escoja a quién llevar hacia Su Hijo. Pero hoy día sigue habiendo millares de personas que desconocen lo que significa la justicia de Dios.

La ley se introdujo para que todos nos viéramos como pecadores, la ley no salvó a nadie. Solamente Jesucristo vino para cumplirla a cabalidad, lo cual agradó al Padre. Ese Jesús era la promesa dada a Eva respecto a la simiente que le daría duro en la cabeza a la simiente de Satanás. Aquella promesa se cumplió por fin, así que el Padre lo nombra como su justicia. Jesús vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por aquellos elegidos desde antes de la fundación del mundo por el Padre (Efesios 1:4-5,11). Estos son los mismos mencionados en Apocalipsis 13:8 y 17:8, los que tienen su nombre escrito en el libro de la vida desde que el mundo se fundó.

Jesús no fue un as bajo la manga que el Padre se sacase frente al pecado promovido por Lucifer. No, él ya estaba preparado como Cordero desde antes de que el mundo fuese creado (1 Pedro 1:20). Dios tuvo su plan y lo ha llevado a cabo en forma perfecta, de manera que le dio un pueblo como fruto de su trabajo al Hijo, un linaje escogido por el puro afecto de su voluntad. Como está escrito: A Jacob amé, pero a Esaú odié. La justicia de Dios se fundamenta de acuerdo a su ley en el único que pudo cumplirla sin quebrantar ni un solo punto. Escrito está: el que no cumpliere toda la ley sino que la ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Bendito es aquel hombre a quien el Señor no imputa de pecado (Romanos 4:8), así que Jesús pagó por esos pecados que ya no pueden ser imputados a su pueblo. Esa es la justicia de Dios, un acto judicial a favor de su pueblo en la virtud del sufrimiento de Su Hijo por el pecado de todos aquellos a quienes representó en el madero.

Si alguien no logra entender que esta es la justicia de Dios, ¿cómo puede decir que conoce a Dios? ¿Cómo puede argumentar que tiene el Espíritu de Dios si rechaza su palabra? De allí que resulte fácil hacer la distinción entre el árbol bueno y el árbol malo, por los frutos que da la boca a partir de lo que se tiene en el corazón. ¿Cuál evangelio has creído? ¿En cuál Jesús has confiado? ¿En los falsos Cristos que mueren por todos, sin excepción, o en el Jesús que pagó todo en exclusiva por su pueblo? ¿Acaso ese pueblo no fue formado desde la eternidad por el Padre para que por gracia y no por obras obtengamos su amor? ¿Es usted de los que quieren agregar méritos ante la gracia de Dios? Si esta palabra le parece dura de oír, su destino será el mismo de aquellos discípulos que se fueron murmurando porque no resistieron que los despojaran del ídolo que parecía colgarles del cuello, el célebre libre albedrío. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:49
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