Viernes, 04 de marzo de 2022

Por naturaleza el ser humano quedó enemistado con su Creador. La teología de la depravación total no afirma que el hombre esté en forma absoluta en el pecado, como si cometiera a diario las más horrendas ofensas contra el Hacedor de todo. Sí asegura, en cambio, que todos los humanos quedamos atrapados bajo muerte espiritual, por causa de nuestros delitos y pecados. Cada quien mostrará variación del mal, unos se asoman como más atrevidos que otros cuando de hacer daño se trata. Pero todos, sin distinción, en el estado natural del espíritu quedamos como enemigos de Dios.

Sin embargo, hubo un cambio a partir de la oferta de justicia que se le dio al ser humano. Desde que Abraham fue llamado y mucho antes de él, cuando se le prometió la simiente a la mujer, la cual lucharía y vencería a la simiente del diablo, andamos en esperanza. Pero esa esperanza vino por medio del sacerdocio que apuntaba a Cristo, como dijo el autor de Hebreos: todo aquello era sombra de lo que habría de venir. El sacrificio de Cristo nos convenía, ya que es una sola ofrenda por el pecado, sin tener que morir varias veces.

Las facultades del alma quedaron afectadas por la herencia que nos legó Adán. Muchos dicen amar a Dios, buscarlo y entregarse a él, pero cuando uno les habla lo que la Biblia enseña se desconciertan. Les sucede lo que a aquellos discípulos les pasaba, que no podían escuchar la palabra del Señor porque la consideraban dura de oír. Es decir, esa gente se encantaba con sus milagros, con la sabiduría de sus labios, con su humildad y sencillez de espíritu; pero cuando llegó el momento de escuchar su doctrina se espantaron y ofendieron. 

Jesús dijo en una oportunidad que él había escogido a sus discípulos y no ellos a él. Nosotros le amamos a él porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). El hombre natural hace obras muertas, aún las que más se estiman entre los hombres, sin importar su cualidad moral o su religión. Son fruto para muerte, ya que bajo la ley de Dios no se puede cancelar la deuda del pecado. De hecho la ley no salvó a nadie: Sin embargo, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino mediante la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado (Gálatas 2:16). Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado. (Romanos 3:20).

La vieja promesa de la serpiente todavía tiene bajo encantamiento la mente humana: ustedes serán como Dios (Génesis 3:5). De allí que cada quien prefiera un Dios a su medida, que se ajuste a su criterio de justicia y se comporte como el genio de la botella para que le haga milagros o favores. La Biblia insiste en que el hombre natural está completamente corrompido, que odia a Dios, que se ha apartado por su propio camino. Asegura que no hay quien haga lo bueno, quien busque al Dios verdadero, que no hay justo ni aún uno. Es decir, el rasero de la justicia divina se colocó muy alto, de tal forma que nadie puede alcanzarlo por sus méritos. 

No hay meritocracia ante Dios, pero el hombre caído sumergido en la religión insiste en la mérito-gracia. Una combinación entre la gracia de Dios y el esfuerzo humano, la vieja tesis de la serpiente: con el esfuerzo de comerse el fruto del árbol prohibido se convertirán en Dios. Esa promesa siguió a la teología hasta los viejos fariseos que creían que por sus buenas obras según la ley habían alcanzado a salvarse de la ira venidera. Pero Juan el Bautista les salió al paso para gritarles en público: ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Tal promesa continuó en las filas de las múltiples teologías del cristianismo, presentada algunas veces en Sínodos o Concilios, predicada casi siempre en los púlpitos de los domingos religiosos. 

El molinismo como doctrina propuesta por Luis de Molina, jesuita que le sale al frente al emergente protestantismo, vino a ser la égida de Jacobo Arminio, el peón de lanza metido por Roma en las filas de los calvinistas del momento en que vivió. Hoy día la tesis del libre albedrío florea y reverdece, pero como la hierba verde se secará. Ya mucho antes Pelagio la había presentado como doctrina, la cual fue rechazada; pero su insistencia hizo que Roma la adoptara siempre y cuando dejara de lado otras herejías. De esta manera se ha enseñado en los templos y seminarios desde hace muchos años, hasta que la feligresía siente que de natural le fluye su sentido de libertad.

Pero la Escritura insiste sin que se borren sus palabras, cuando Jehová habla ante Moisés, prometiéndole que endurecerá el corazón del Faraón. Pablo retoma en el Nuevo Testamento la doctrina del Dios soberano, reafirmando el texto que habla del endurecimiento del Faraón como voluntad explícita de Dios. Agrega el apóstol lo que ya había dicho Malaquías, lo que ya desde antes se había anunciado, que Dios tendrá misericordia de quien quiera tenerla, pero endurecerá a quien Él quiera endurecer. Dijo que había amado a Jacob pero que había odiado a Esaú, aún antes de que hicieran bien o mal, aún antes de que hubiesen sido concebidos (Romanos 9).

Este concepto de soberanía absoluta de Dios enerva a las masas religiosas, les sigue pareciendo palabra dura de oír hasta resultar ofendidos porque se han metido contra el ídolo que cuelgan en sus pechos: el libre albedrío. Y no solo Pablo y los demás escritores bíblicos, sino que también Jesús enfatizó su doctrina una y otra vez. Ninguno puede venir a él, dijo, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Aseguró que hablaba en parábolas para que no pudieran entenderlo, no sea que comprendieran el mensaje y se arrepintieran y él tuviera que salvarlos (referente a algunas personas). Dio gracias al Padre por haber escondido algunas cosas del evangelio a ciertas personas; no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión, sino solamente por los que el Padre le dio y le daría por la palabra irreprensible de aquellos primeros creyentes.

El evangelio que redime es el evangelio de verdad, no el anatema que tiene apariencia de piedad pero carece de su eficacia. La roca fundamental es Jesucristo con su expiación a favor de todo su pueblo (Mateo 1:21), pero la de muchos religiosos engañados es el libre albedrío junto a sus buenas obras. Ellos militan en la mérito-gracia, una combinación mortal que los devuelve al ejercicio de la ley que no salvó a nadie. 

El hombre continúa siendo responsable de sus actos, más allá de que no sea libre de ellos. He allí el dilema planteado por el objetor levantado contra la tesis de Pablo en Romanos 9: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? ¿Quién puede resistirse a su voluntad?  La responsabilidad humana aparece gracias a la soberanía de Dios; el Dios soberano exige, más allá de que la criatura no pueda cumplir con su mandato. Tal vez usted esté tentado a insistir en que aquello no es justo, ya que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios. Ese razonamiento tiene la ventaja de la lógica humana, como la tuvo el objetor que demostró comprender el planteamiento de Pablo. Pero sin duda, la respuesta que dio el apóstol es la misma que usted tendrá: ¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios? No eres sino una olla de barro en manos del Alfarero. 

Con esa respuesta se nos demuestra lo que somos en las manos de Dios, así que le debemos un juicio de rendición de cuentas. En esa rendición se demostrará que no hubo ningún libre albedrío, sino que todo fue realizado de acuerdo a sus planes eternos e inmutables. ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! (Isaías 45:9-11).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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