Mi?rcoles, 02 de marzo de 2022

El ladrón en la cruz que clamó al Señor pidiéndole que se acordara de él cuando volviera en su reino, había comprendido el evangelio. No conocía muchas cosas de teología, no sabía, tal vez, que al morir iría al Paraíso; sin embargo, le fue revelada esa información por palabras de Jesús. Pero aquel ladrón supo que el evangelio era Jesucristo mismo, ya que Jesús vino como la buena noticia para el pueblo escogido de Dios. De seguro aquel ladrón no tenía que saber que él formaba parte de ese pueblo, pero por la gracia de Dios supo que tenía a su lado el evangelio.

Desde siglos atrás, el pueblo judío (incluido Israel) se había educado en la tarea del sacrificio a Jehová. Si alguien había cometido pecado y deseaba ser perdonado, llevaba un sacrificio al Tabernáculo, al sacerdote, para que en memoria de ese Mesías que vendría fuese lavado. El arrepentimiento o cambio de mentalidad formaba parte de la ofrenda por el pecado, pedagogía que fue inculcada en lo más íntimo del alma de los servidores de Jehová. La justicia de Dios fue anunciada a ese pueblo que aprendió la tipología de lo que habría de venir.

Ese ladrón tuvo la suerte de morir con el evangelio a un costado, pero con la ventaja de recibir la promesa de ir al Paraíso una vez que exhalara su último suspiro. El Dios de la misericordia y clemencia, tardo para la ira y abundante en amor, le había perdonado su iniquidad. La Biblia enseña que la muerte entró al mundo gracias al pecado de un hombre, que cualquier ser humano nace muerto en su espíritu por causa de sus delitos y del pecado original de Adán. De igual manera afirma que la vida eterna en Cristo Jesús vino como regalo de Dios. Conocer el evangelio importa, ya que por ese conocimiento el siervo justo justificará a muchos (Isaías 53:11). 

En el momento de la crucifixión de aquel ladrón, muchos judíos continuaban con el celo de Dios. Judíos más probos que aquel ejecutado por el Imperio Romano seguían leyendo su Torah. Grandes maestros como Gamaliel o Nicodemo continuaron predicando sobre el Mesías que vendría, pero no comprendieron que crucificaban lo que más aguardaban. En realidad ignoraban la justicia de Dios, ya que como toda persona incrédula de la verdad tiene cegado el entendimiento le parece locura la justicia de Jehová. 

Pablo juzgó como perdidos a todos aquellos que ignoran la justicia de Dios (Romanos 10:1-4). Esa gente tiene celo de Dios pero no conforme a conocimiento, ya que demuestran ignorancia respecto a la justicia divina. La lógica teológica enseña que cuando se ignora tal justicia se coloca la suya propia, como si fuese suficiente el mérito humano para heredar el reino de los cielos. Los judíos reseñados por Pablo actuaron y actúan todavía hoy día de forma similar a las naciones que ignoran la justicia de Dios. Este conjunto de personas asume la mérito-gracia, una combinación de factores que pretenden asegurar la redención divina.

La gente religiosa se esmera por merecer la salvación, por hacer obras agradables a Dios para asegurar su partida de este mundo. A semejanza de los judíos celosos de Dios andan perdidos, al desconocer la justicia de Dios. ¿Por qué Jesucristo ha sido considerado como la justicia de Dios? Porque no habiendo cometido pecado cumplió toda la ley divina, todas las exigencias que ningún otro ser humano pudo concluir. Ni Moisés, ni Aarón, ni Samuel ni Elías, cumplieron toda la ley. Ellos tuvieron que ofrecer sacrificios a Jehová como sombra de aquello que vendría. Así nos lo asegura el autor de Hebreos, al decirnos que Jesucristo hizo un sacrificio de una vez y para siempre en favor de todo su pueblo.

Pablo supo que aquellas personas de Israel estaban perdidas, a pesar de su gran ética y el enorme celo por el Dios de la Biblia. No lo supo por ser omnisciente, sino porque conoció los frutos que ellos daban de aquello que creían. Jesús lo enseñó claramente, que de la abundancia del corazón hablaría la boca, como fruto inequívoco para que el creyente pueda reconocer quién es quién. Dime qué evangelio confiesas y te diré lo que la Biblia enseña acerca de la redención y de la condenación eterna. El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene al Padre ni al Hijo, asegura 2 Juan 1:9.  Acá hay otra clave importante: El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36). 

La justicia que Dios acepta es la de su Hijo, como mérito de su trabajo en la cruz. En ese madero el Señor pagó por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) en forma exclusiva (Juan 17:9). No pagó por los pecados del mundo por el cual no rogó, sino por los del mundo amado por el Padre (Juan 3:16). En tal sentido, Jesús viene como la buena noticia (el evangelio) para todos aquellos que son llamados eficazmente de las tinieblas a la luz, de acuerdo a su doctrina. El cuerpo de enseñanzas de Jesús posee suma importancia, ya que por ese conocimiento el siervo justo salvará a muchos. La ignorancia respecto a lo que Jesús enseñó e hizo tiene consecuencias funestas. 

Ignorar la justicia de Dios conlleva a intentar establecer la justicia propia del individuo, la cual ha sido catalogada como trapo de inmundicia. 

Pero esa información la habían olvidado porque el corazón de ellos se había engrosado. Desde antiguo se había escrito: En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6). El justificado vive por la fe en ese Jesús justicia de Dios, bajo la confianza del Dios justo que justifica al impío (Romanos 4:5). Esto sucede porque Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Corintios 5:21).

Ha sido una declaratoria judicial la que nos ha liberado de la condenación eterna; esta declaración del Juez de toda la tierra no se sujetó a ningún acto que le brindara habilidad al pecador. De esta forma queda excluida la presunción de mérito-gracia, la perversa combinación de la gracia de Dios junto al mérito del individuo. El que coloca el más mínimo esfuerzo como soporte de su redención final, tiene un evangelio anatema o maldito. De suma importancia resulta el conocimiento de lo que hizo ese siervo justo mencionado por Isaías, al punto de que gracias a ese conocimiento nos justificará el Señor. 

Pero nadie se equivoque pensando que el conocimiento salva, ya que eso también sería obra o mérito sumado a la gracia. El conocimiento está en las Escrituras pero lo da el Espíritu a cada persona que va haciendo nacer de nuevo. Si usted no conoce ese Cristo de la Biblia, no podrá invocarlo (Romanos 8), así que conviene examinar las Escrituras porque ellas dan testimonio de la justicia de Dios. El Espíritu que nos conduce a toda verdad no dejará en la ignorancia de esa justicia a ninguno de sus redimidos. Así aconteció también a aquel ladrón en la cruz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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