Jueves, 24 de febrero de 2022

Sabemos que el Espíritu vivifica, sin Él no podríamos haber sido regenerados. Así se lo manifestó Jesús a Nicodemo, el maestro de la ley que no sabía el significado del nuevo nacimiento. Aquel cambio de corazón predicado por Ezequiel refería a la circuncisión del corazón anunciada por Moisés, el hecho de quitar el corazón de piedra y colocar uno de carne. Esa actividad la hace Dios y no puede existir voluntad humana que la rechace o que la realice (Juan 3). Aclarado este punto, surge la interrogante sobre cuál será el primer fruto de esa regeneración hecha por el Espíritu.

Ya con el corazón transformado, tanto el nuevo como el viejo creyente confiesa con su boca lo que guarda dentro de ese corazón de carne. Como el buen árbol dará siempre un buen fruto, así que su evangelio será el mismo que pregonaron Jesucristo y sus apóstoles, al igual que todos los escritores que lo refirieron en las Escrituras. La sensatez se impone con su hermana la lógica: no puede un creyente recién nacido seguir el evangelio anatema, del extraño, ya que estaría dando un mal fruto. Eso no le es posible (Juan 10:1-5), de manera que los que sostienen que podemos creer con una doctrina falsa o casi verdadera se equivocan, sin haber comprendido lo que significa el nuevo nacimiento. 

¿Qué significa que Jesús sea el Cristo? Esta pregunta resulta esencial responderla, ya que nos demostrará el énfasis que coloca la Biblia no solamente en la persona de Jesucristo sino también en su trabajo realizado en la cruz. Si alguien cree solamente que Jesús es el Hijo de Dios, que vivió sin pecado, que murió y resucitó al tercer día, que está a la diestra del Padre y que vendrá por segunda vez para hacer su juicio a esta tierra, anda errado en lo que refiere al evangelio. El evangelio no trata únicamente sobre la persona de Jesús el Cristo, no habla tan solo de su ética y de sus milagros, sino que refiere a su doctrina (cuerpo de enseñanzas) respecto a la soberanía del Padre, al propósito de la venida del Hijo, al trabajo de Jesucristo en la cruz. 

De hecho, el Señor al expirar dijo que todo había sido consumado (Tetélestai); ¿qué fue lo que se concluyó en la cruz? Lo propuesto en Mateo 1:21, que Jesús vendría a salvar a su pueblo de sus pecados. Lo mismo que dice Juan 10:14-15, de manera que solamente lo que el Padre le envía él lo resucitará en el día postrero (Juan 6: 37), ya que ninguno puede venir a él si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Jesús no vino a salvar a los cabritos, no vino a redimir al hombre de pecado (el anticristo), no vino a dar su vida en rescate por todos sino por muchos. 

De hecho, Jesús le dijo a un grupo de personas que ellos no podían acudir a él porque no eran de sus ovejas; no les dijo que no podían ser ovejas porque no venían a él, sino todo lo contrario: la cualidad de oveja precede al hecho de venir a Jesús (Juan 10:26). Esa cualidad no se adquiere en esta tierra, sino que desde siempre se ha tenido en virtud de Aquel que formó los vasos de honra o de misericordia, según el puro afecto de su voluntad. Cierto resulta que el que no cree el evangelio está perdido (Marcos 16:16), pero aunque creer el evangelio sea un mandato general no presupone que sea un decreto universal. Los que se aferran a la decisión que ellos hicieron de seguir a Cristo, están bajo el engaño de la serpiente antigua. El hombre muerto en delitos y pecados no tiene potestad de decidir nada, a él no lo ayuda ni siquiera el mitológico libre albedrío. No dice en ningún lado la Escritura que Dios se despoja por un momento de su soberanía para dejar que la criatura indefensa tome las riendas de su vida, se abalance sobre Cristo y decida seguirle. La soberanía divina forma parte de la esencia de Dios y de su gloria, pero Él dijo que no daría a nadie su gloria. 

Hablamos el evangelio, enseñamos sus doctrinas, pero esto se hace para la gente que tenga oídos para la comprensión. No se hace para que cualquiera pueda tomar la decisión por Cristo, más bien esa actividad la realizan los que bajo la influencia sicológica de los predicadores, bajo el terror de sus palabras de juicio, se aferran en su religiosidad a una promesa que consideran justa siempre y cuando sea general y universal. 

La Biblia nos asegura que la doctrina en sí misma no salva, ya que el incrédulo supone que la palabra de Dios es locura por no poder discernirla. Su incapacidad le niega toda posibilidad del conocimiento salvador de Dios; pero en el ser humano regenerado por el Espíritu, la doctrina le viene como una marca de ser miembro del reino de los cielos. Ese creyente se ocupa de la doctrina porque ha sido salvado y seguirá siendo salvado hasta la redención final, porque así ayudará a otros, como le dijo Pablo a Timoteo. El Espíritu no deja en la ignorancia a aquel a quien regenera, más bien se convierte en su tutor, en su guía, para conducirlo a toda verdad. Y cuando lo regenera lo hace entender que Jesucristo es el Hijo de Dios, que dio su vida en rescate por su pueblo, que no depende de nosotros en cuanto nuestra naturaleza caída lo impide. 

Isaías describe a quienes andan perdidos, los que están sin luz en el mundo: …No tienen conocimiento aquellos que erigen el madero de su ídolo, y los que ruegan a un dios que no salva (Isaías 45:20). También dijo este profeta que el siervo justo justificaría a muchos por su conocimiento (Isaías 53:11). Pablo agrega que hay personas que tienen celo de Dios pero están perdidos porque su celo no se tiene en base a conocimiento (Romanos 10:2). Es decir, el conocimiento importa pero no es un prerrequisito para la salvación, ya que el impío no percibe las cosas del Espíritu como debiera y para él son locura. Por esa razón las desprecia, así que todo lo que hace en torno a la Divinidad lo ejecuta sin conocimiento, sin ciencia. Si fuese un prerrequisito para la salvación el impío (como lo fuimos todos los que hemos creído) entendería el evangelio por cuenta propia y no le parecería locura la palabra de Dios.

Pero admitir que el conocimiento es necesario para un creyente resulta básico. El conocimiento de la verdad revelada le viene como un fruto al regenerado, en tanto existe un conocimiento básico que lo da el Espíritu: Jesús el Hijo de Dios dio su vida en rescate por muchos, no por toda la humanidad. Eso se desprende del hecho de que otros mueren sin creer, mientras que los que creen no pudieron hacerlo sin la fuerza del Espíritu. Pero nadie puede decir que creyó un evangelio diferente, el evangelio anatema del extraño y que poco a poco va creyendo el verdadero. La acción de la regeneración es un acto y no un proceso, de manera que se es o no se es regenerado. No existe algo así como casi regenerado o a punto de ser regenerado. 

La Biblia también dice que tienen el evangelio escondido aquellos que no conocen el evangelio (entre los cuales están los que suponen que tienen poder de decisión, que pueden pasar por un proceso de redención desde un evangelio de mentira hacia un evangelio depurado). El dios de este mundo les cegó el entendimiento en su incredulidad, de manera que no les resplandezca la luz del glorioso evangelio de Cristo (2 Corintios 4:3-4). 

Por tal razón Juan advierte a la iglesia: Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése si tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! (2 Juan 1:9-19).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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