S?bado, 19 de febrero de 2022

El hombre se convirtió en un profano, execrado de la presencia del Creador en su caída inicial. Dios odia el pecado pero los pecadores irredentos odian a Dios, todo dado en una reciprocidad natural. El intento de independencia de los primeros hombres respecto a su Creador, demuestra la sutileza satánica en sus argumentos exhibidos acerca de la necesidad de ser como Dios (seréis como dioses). Esto implica que si el hombre quiso ser como Dios, también quiso ser libre como Él es. 

Libertad y soberanía pertenecen como conceptos a una misma entidad. Dios soberano se manifiesta libre en todos sus actos; por el contrario, la criatura como ser dependiente jamás tiene libertad de acción. Estamos hablando de la relación del hombre con su Creador, no de las relaciones interhumanas. La manera como nosotros miramos la historia no nos brinda autoridad para igualar la relación con Dios al plano de lo sincrónico.

Esa supuesta libertad insinuada por la serpiente antigua reviste al hombre con la capacidad de escoger obedecer o desobedecer a Dios. Ya desde el Edén nació el anti-evangelio, una manera torcida y subjetiva de interpretar la revelación divina.  Porque dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas esas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre (Marcos 7:21-23). Esta enseñanza de Jesús habla en forma general de la naturaleza humana, la cual fue contaminada por la serpiente antigua. De igual manera, Dios ha declarado que la humanidad entera murió en sus delitos y pecados.

Ciertamente, el hombre regenerado por el Espíritu de Dios tiene vida; sin embargo, su vieja naturaleza continúa gobernada por la ley del pecado para que no haga el bien que desea hacer y haga el mal que odia hacer (Romanos 7: 15-23). La perfección no la alcanzamos en esta vida, más allá de que exista una orden divina para que seamos perfectos, así como nuestro Padre es perfecto. Sabemos que la ley se introdujo para que abundara el pecado, no para que el hombre no pecara. Más bien, cuando se dijo no codiciarás, la codicia se aumenta en nosotros. Solamente Jesucristo cumplió toda la ley y se convirtió en la justicia de Dios para su pueblo. Hemos sido justificados en Cristo, pero la perfección a la que hemos sido llamados no se alcanza todavía. 

De esta forma, la humanidad entera está llamada a la perfección, pero el mandato no presupone habilidad en el que está conminado a cumplirlo. La pregunta lógica del objetor se hace presente de nuevo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad? La transformaríamos de esta otra manera: ¿Por qué, pues, Dios ordena algo que el hombre no puede cumplir? La Biblia nos enseña que quiso Dios todo cuanto ha hecho y que ha hecho todo cuanto quiso, aún al malo para el día malo creó el Todopoderoso (Proverbios 16:4). Al Faraón de Egipto le ordenó dejar salir a su pueblo al desierto, pero al mismo tiempo lo endureció para que no lo dejara salir. Con ello se glorificó en ese personaje y su gloria es conocida en toda la tierra. Su amor se hace patente en su pueblo, pero su odio se palpa en los réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados para tropezar en la roca que es Cristo. 

De extrema importancia resulta la comprensión del daño causado por el pecado. Su paga es la muerte, declara la Escritura, así que no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno. El hombre cayó y murió espiritualmente, pero Dios tiene una dádiva de vida eterna para su pueblo escogido. Esto no le sirve a la otra parte de la humanidad, a quien el evangelio viene a ser una mala noticia. Pero de nuevo, eso fue lo que Dios quiso desde la eternidad, como lo pone de manifiesto el apóstol Pedro (1 Pedro 1:20). Ya desde antes de la fundación del mundo estaba previsto y ordenado el Cordero para manifestarse en la tierra por causa de su pueblo. Jesús murió por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21), rogó solamente por los que el Padre la había dado y le daría por la palabra de aquellos (Juan 17: 9, 20). 

La imposibilidad de seguir al Dios de la Biblia para el hombre caído ha sido llamada por la teología la depravación total. Esto no quiere decir que el hombre comete en forma absoluta todos los penados posibles, pero sí nos advierte del estado espiritual de muerte del ser humano. Urge el nuevo nacimiento, el que no se hace como resultado de la voluntad de varón, sino de Dios. Así que todo lo que el Padre le da al Hijo irá a él, para ser resucitado en el día postrero. Jesucristo no echa fuera a ninguno de los que el Padre le envía. Pero aquellos que no van a Cristo no lo hacen porque no son enviados por el Padre.

Escrito está que el pueblo de Dios sería enseñado por Dios mismo para que habiendo aprendido vayamos a Cristo (Juan 6:45). No vemos por ninguna parte que el famoso libre albedrío humano aparezca como factor decisivo en la redención del hombre. La fe es un don de Dios, no es de todos la fe, Jesucristo es el autor y consumador de la fe, sin fe resulta imposible agradar a Dios. Un muerto no posee libertad de acción como para escoger la medicina que lo devuelva a la vida. El Espíritu es el que da vida, pero como el viento de donde quiere sopla así también hace el Espíritu. 

Incluso después de la regeneración el libre albedrío no nos gobierna, por inexistente. Dios en forma absoluta produce en nosotros el querer y el hacer por su buena voluntad; el Espíritu que habita en nuestros corazones nos conduce a toda verdad. El creyente continúa pecando todos los días de la vida (1 Juan 1:8-10), pero con todo y eso también se ha escrito que no peca porque ha sido nacido de Dios (1 Juan 3:5-10; 5:18). Jesucristo nos presenta ante el Padre como seres que ya no tenemos pecado, por cuanto él cargó con ellos en la cruz. El Padre nos ve libres del pecado por cuanto nos mira a través de su justicia que es Cristo. 

Lo que decimos no implica que seamos perfectos, simplemente revela el estatus del que gozamos los redimidos por Cristo. Continuamos en este espacio-tiempo habitando el planeta, así que seguimos manipulados por la ley del pecado. Pero estamos para luchar contra aquello malo que hacemos y para denunciar la maldad en el ser humano. Nuestra lucha se pone de manifiesto en esa dualidad que demuestran el Espíritu en nosotros y la vieja naturaleza que acecha. Nuestro cumplimiento a los mandatos de Dios se realizan en la persona de Cristo, aunque intentemos la obediencia en esta venta al pecado al que hemos sido sometidos (Romanos 7:14).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:17
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