Viernes, 18 de febrero de 2022

En el universo cristiano muchos dirán en el día final: Señor, Señor, en tu nombre hicimos señales y expulsamos demonios. Pero el Señor los apartará para siempre y les dirá que nunca los conoció. ¿Quiénes son esas personas? Son de variada forma y manera, de teología diversa, pero en general son los que anteponen la experiencia a la doctrina, la religión a la lógica. Se extrañan del Logos eterno, suponen que Dios lo que busca son corazones sin mente, personas que se emocionen con el latiguillo del orador, con la canción de turno que contiene letra espiritual. 

Nosotros los creyentes experimentamos emociones, nos acongojamos por el pecado, nos alegramos por la presencia divina en nuestras vidas. Pero siempre buscamos leer y estudiar las Escrituras, ya que el Espíritu nos recordará las palabras de Jesús. ¿Cómo puede el Espíritu recordarnos algo que no hemos oído o leído? Lo mismo aseguró Pablo cuando dijo que no se podría invocar a aquel de quien no se ha oído nunca, por lo cual urgía la predicación para instruir al oyente. David demuestra en sus Salmos sus emociones, pero por igual declaraba profecías inspiradas, usaba su mente para describir la grandeza del Señor.

Podemos gritar por perdón, podemos lamentar nuestra reincidencia en el pecado, pero con celeridad deberíamos inclinarnos al examen de lo que hemos creído. Ocuparse de la doctrina trae provecho de excelencia para el alma, habitar en la doctrina de Cristo nos garantiza el tener al Padre y al Hijo. Pregonar herejías nos señala como productores de malos frutos, nos sumerge en el evangelio maldito y finalmente nos dirige hacia el terminal de la muerte. 

Si meditamos en el amor con que Cristo nos ama, podríamos suspirar alivio continuamente, alegrarnos con sumo gozo al reconocer que si no fuese por ese amor andaríamos perdidos, lo mismo que los demás. Una oración contestada brinda alivio al alma, alegría al corazón contrito, exalta nuestra fe. Así que como creyentes creemos en las emociones. Sin embargo, no las anteponemos a la doctrina que enseñó Jesús y que predicaron los apóstoles.

Por igual sucede con la lógica y la religión. Suponer que la actividad religiosa debe hacerse en forma irracional supone un craso error. Jesucristo es el Logos, señalaba Juan en su evangelio; el logos implica razón, lógica, entendimiento e intelecto. La Biblia ha dicho que por su conocimiento justificaría el siervo justo a muchos, así que si no conocemos a Jesús no encontraremos jamás su justificación (Isaías 53:11).

La lógica de la expiación nos conduce a una religión pura, activa y eficaz, junto a una fe racional que comprende lo que se debe mirar. Los de la religión sin lógica anuncian a un Jesús que murió por todos, sin excepción, le cantan a un dios que no puede salvar. Si examinamos con la razón lo que significaría morir por todos sin excepción, llegaremos a la conclusión de que todo el mundo debe ser salvo. Si nos detenemos un instante en el verso de Isaías, referente al Dios justo que justifica al impío, podríamos comprender el absurdo de la expiación universal ante el infierno de fuego.

Nuestro Dios es justo, dijo el profeta; muy bien, por lo tanto condenará todo pecado y a todo pecador. La paga del pecado es muerte, reza una sentencia bíblica; ese es un principio básico para la comprensión del evangelio de Cristo. La ley se introdujo para que el pecado abundase, para que todos viésemos lo imposible de su cumplimiento, pero también para que acudiéramos a Cristo. Jesucristo fue el único ser que cumplió toda la ley sin infracción alguna; además, puso su vida por las ovejas. Él cumplió con el propósito de su venida, con la encomienda referida desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). 

El Dios justo condena al impío, pero al mismo tiempo salva al impío (Isaías ) indica que condena a todos los impíos por sus pecados y salva a aquellos impíos cuyos pecados ya fueron castigados en Cristo. No permite la justicia de Dios castigar a un individuo dos veces por el mismo pecado, así que aquellos por quienes Cristo sufrió y a quienes representó en la cruz, no sufrirán un nuevo castigo sino que vivirán por siempre bajo la tutela del amor divino. El Señor no murió por toda la humanidad, sin excepción, sino por todo su pueblo, sin excepción.

Entendemos que Jesús murió por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por lo tanto no murió por el mundo por el cual no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Veamos quiénes son estos por los cuales Jesús no murió: 1) los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8); 2) por los gobernantes de la tierra que darán su gobierno y loor a la bestia (Apocalipsis 17:17), dado que Dios colocó en sus corazones el hacer tal cosa; 3) por los réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda (2Timoteo 3:8); 4) por los destinados a tropezar en la roca que es Cristo (1 Pedro 2:8); 5) por Judas Iscariote, el traidor que iba para que la Escritura se cumpliese (Mateo 26:24-25); 6) por el hombre de pecado, inicuo cuya aparición se hace por obra de Satanás (será atormentado día y noche en presencia del Cordero: Apocalipsis 14:10; Apocalipsis 20:10); 6) por Faraón, endurecido por Jehová, por todos aquellos representados en Esaú, odiado por Dios desde siempre (Romanos 9: 11-13); 7) por los que no creen el evangelio, ya que han sido condenados (Juan 3:18). 

Podríamos continuar con la lista, pero la creemos suficiente para negar la universalidad o generalidad de la expiación de Jesús. Resulta evidente que las cabras antes mencionadas conforman todas un mismo grupo, engloban por igual los árboles malos que no pueden dar el buen fruto de la confesión del verdadero evangelio. Todos ellos siguen con su odio a Dios, al verdadero Dios de las Escrituras; ellos se retiran de las palabras de Jesús porque las consideran duras de oír, para buscar vocablos suaves, fábulas artificiosas que les alienten el oído. Intentan recrear un evangelio diferente, adaptado al Jesús que ellos han construido a su propia imagen y semejanza, al que adoran domingo tras domingo en sus templos, los que Juan llama Sinagogas de Satanás.

Esta gente constituye entre ellos mismos una hermandad, la hermandad de Satanás, su padre de mentira, conjuntados con los maestros falsos que hablan paz cuando no la hay. Han abandonado la lógica o mejor dicho la han despreciado, sin haberla tenido nunca; se han volcado a la religión como hábito de una fe que ellos mismos producen. Le ponen fe a las cosas, sacan textos fuera de contexto para poder reforzar sus pretextos. Muy duro les resulta asumir el Dios soberano descrito desde Génesis hasta Apocalipsis, porque su orgullo les impide dejar de lado el mito religioso llamado libre albedrío.

Ellos mantienen el criterio de la dualidad, como si Dios necesitase que la criatura fuese libre o independiente de Él para poder inculparla de pecado. De esta manera hacen fila con el objetor que Pablo levantó en Romanos 9, el que defendía a Esaú y señalaba a Dios como injusto por condenar a una criatura que no podía jamás resistirse a la voluntad divina. Para hacer esto se apoyan en sus teólogos, en sus falsas doctrinas, en su lógica perversa e irracional, en una democracia que reclama el derecho de libertad de la criatura frente a su Creador. Intentan que Dios se comporte de acuerdo a los principios políticos de la historia humana, según los parámetros del Derecho de las naciones.

El impío inicuo puede pasarse la vida en un grito de angustia por sus pecados, puede sostener que tiene un corazón perverso más que todas las cosas. Para ello se sostendrá del texto de Jeremías, pero no comprenderá jamás que aquello refiere al hombre caído. No comprenderá que el corazón del creyente fue descrito por Ezequiel, cuando advirtió que le sería quitado el corazón de piedra y cambiado por uno de carne, al cual se le daría un espíritu nuevo para amar el andar en los estatutos del Señor. 

El creyente sabe que la emoción no garantiza su estado de salvación. Reconoce, de acuerdo a las Escrituras, que los impíos pueden sentir compasión por su familia, por sus semejantes, incluso pueden llegar al celo de la religión. Ese celo fue reconocido por Pablo pero de igual forma fue recriminado porque esas personas celosas del Dios de la Biblia ignoraban la justicia de ese Dios, la cual es Jesucristo. ¿Qué quiere decir ignorar la justicia de Dios? Quiere decir que se desconoce el propósito de la muerte de Jesús, el alcance de su expiación, a quiénes alcanzó en su amor.

La doctrina que se confiesa porque se cree viene a mostrarse como el distintivo de quién es verdadero creyente o quién es un verdadero incrédulo. Si los judíos descritos por Pablo fallaron en su fe porque carecían de la debida doctrina sobre la justicia de Dios, urge conocer tal doctrina. Juan nos habla de vivir en esa doctrina de Cristo, Pablo le advierte a Timoteo que se ocupe de ella. Nuestra fe debe basarse en el evangelio, en la promesa de salvación que está condicionada a la expiación hecha por la sangre del Cordero de Dios. Esto es lógica y doctrina verdadera. 

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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