Martes, 15 de febrero de 2022

Casi la humanidad entera navega bajo la creencia de su independencia respecto al Creador. Supone que fue creado libre, ya que solamente bajo esa premisa podría resultar responsable de sus actos. Confunde el Derecho de las naciones con la ley espiritual divina. Impone el criterio de la dualidad jurídica al legado del Espíritu, al asegurar que la libertad de acción y de pensamiento van de la mano con el juicio de rendición de cuentas. Pero en teología cristiana revisamos el concepto y comprendemos que nada tiene que ver la sincronía humana con la legislación divina.

La depravación de la humanidad se considera total, no necesariamente absoluta. Es decir, todos nos hemos apartado de Dios, cada cual siguió su camino; no hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque a Dios. Sin embargo, esa depravación total no impone que cada quien sea absolutamente depravado. Hay relatividad moral y conductual, pero la depravación forma parte de la caída de Adán legada al resto de sus hijos.

El hombre odia a Dios, al Dios de la Biblia, al Dios de la revelación. Tal vez dice amar a otro dios, aunque lo disfrace de textos bíblicos y le ofrende cánticos espirituales. Jeremías aseguró que el corazón del hombre se muestra engañoso y perverso, más que todas las cosas; que nadie lo puede comprender. Sin embargo, Ezequiel habló del cambio de corazón, una intervención espiritual que hace Dios en sus escogidos cuando los llama a la vida. Dijo este profeta que Dios quitaría el corazón de piedra (del hombre natural como fue descrito por Jeremías) y le daría un corazón de carne (la regeneración o circuncisión del corazón).

Pablo nos dejó dicho en su Carta a los Romanos que daba fe de muchas personas que tienen celo de Dios (del Dios de la Biblia), pero que tenían un terrible defecto: su celo no se presentaba con entendimiento, sino que colocaban su propia justicia por el hecho de ignorar la justicia de Dios. Ahora bien, esa ignorancia que mata se refleja en el hecho que el apóstol mencionó en relación a aquellos por quienes oraba para que fueran salvos, porque a pesar de su celo estaban perdidos. El supuesto amor al Dios de la Biblia no se ejercía conforme a ciencia (a conocimiento), sino bajo la impronta de la ignorancia de la justicia de Dios.

¿Qué es la justicia de Dios? Esa justicia presupone la satisfacción total por el castigo de nuestra depravación total. La paga del pecado es la muerte, pero Dios mostró su amor por su pueblo al darle la dádiva de la vida eterna. Jesucristo cumplió toda la ley sin quebrantarla, así que satisfizo en forma total y absoluta al Padre como Juez de toda la tierra. Su sangre expió los pecados de todo su pueblo, en conformidad a lo que le dijera un ángel en una visión a José. En Mateo 1:21 encontramos la razón del nombre que habría de colocársele al niño por nacer: Jesús, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados.

Ese niño creció y se hizo maduro, para mostrarse a los suyos a la edad promedio de los 30 años. Ya adulto vino a ofrecer su vida por sus amigos, los hijos que Dios le dio. Él vio linaje, el fruto de su trabajo, lo cual agradeció la noche antes de su martirio. El Señor dio gracias al Padre por los que le había dado y le seguiría dando por la palabra incorruptible de esos primeros hombres que creyeron. Tuyos eran, y me los diste, fue una frase de su oración intercesora; pero ese mismo Jesús que moría por el mundo amado del Padre (como le dijera a Nicodemo, de acuerdo a Juan 3:16) no quiso rogar por el mundo (el mundo por el cual no iba a morir), como se refleja en Juan 17:9.

Así que la Biblia se muestra clara en cuanto a que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Por otro lado, la justicia de Dios es Jesucristo, nuestra pascua. A un grupo de seguidores Jesús les increpó al decirles que ninguno podía acudir a él si el Padre no lo trajere; esas palabras los molestó sobremanera porque tenían celo de Dios pero no conforme a ciencia. Su ciencia se basaba en su libre albedrío, concepto que el Señor les destruyó en su mensaje. Varias veces les dijo lo mismo y ellos se apartaron molestos, ofendidos, porque esa palabra del Señor les parecía dura de oír (Juan 6).

Esa gente vivía en la carne y no se sometía a Dios porque no podía. En la carne pretendían seguir a Jesús, se maravillaban por sus milagros (los panes y los peces), por sus enseñanzas, pero su ignorancia respecto a la justicia de Dios los hacía actuar sin ciencia. Sin fe resulta imposible agradar a Dios, pero la fe viene como regalo de Dios. No es de todos la fe, asegura la Escritura, y Jesucristo es el autor y consumador de esa fe que él da a quien tenga que darla. Allí radica la diferencia entre los que se proclaman cristianos celosos de Dios y los que lo son por engendramiento del Espíritu de Dios. 

No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; los que no creen el evangelio han sido condenados. Ese evangelio que debemos creer viene a ser la promesa de Dios de redimir a su pueblo de sus pecados, a través de la sangre expiatoria del Hijo en la cruz. La única ofrenda que aceptó el Padre fue la expiación encomendada al Hijo, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Jehová endureció el corazón del Faraón, así que no le expió sus pecados; Herodes y Poncio Pilatos conspiraron contra Jesús, por mandato del Padre Celestial (Hechos 4: 27-28). Judas Iscariote traicionó al Señor, como lo habían ordenado las Escrituras. En cambio, Dios nos llamó no de acuerdo a nuestras obras, sino de acuerdo a su propósito y gracia que nos dio en Cristo Jesús desde la eternidad (2 Timoteo 1:9). 

Los que confían en su libre albedrío como factor de decisión actúan conforme a la carne, en completa rebelión contra el Espíritu; pero, además, en total ignorancia respecto a la justicia de Dios (Romanos 10: 1-4). Esta gente presupone que Dios lleva más gloria si el muerto en delitos y pecados decide libremente si lo sigue o lo niega. También sostienen que Dios no exigiría de nadie lo que no se puede dar; pero la Biblia demuestra que la soberanía absoluta de Jehová hace todas las cosas, aún ha hecho al impío para el día malo. Así que los que confían en su libre albedrío envenenan su alma y espíritu; presumen de responsabilidad en base a la voluntad de su corazón engañoso que ellos mismos redimen. Dios no les ha cambiado el corazón de piedra por uno de carne, como lo demuestra su teología errónea y su desdén ante las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere;… Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene no lo echo fuera (Juan 6: 44 y 37). De estas claras palabras se desprende que los que no vienen a Jesús jamás han sido enviados por el Padre. Si usted no cree esto da fe de no haber sido regenerado.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 3:46
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios