Viernes, 11 de febrero de 2022

El Dios soberano todo lo puede, todo lo que quiso ha hecho. El Dios de la Omnipotencia no conoce límite alguno para sus planes eternos. Pero el Dios de la Biblia también es infinitamente sabio, así que no comete errores ni reacciona ante sus criaturas como si algo le sorprendiese. Lucifer fue creado perfecto, como un ángel de luz, un querubín exaltado, pero también se ha escrito que Dios hizo al malo para el día malo. No hay contradicción en lo que señalamos, simplemente se deduce que el Dios soberano ha hecho cuanto ha querido.

Su propósito de coronar con una gloria exclusiva a su Hijo presupuso una providencia para tal fin. De esta manera el pecado tenía que introducirse en este mundo para que abundara la gracia, para que el Cordero sin mancha se ofreciera como conciliador, mediador de un nuevo pacto, para que se entregara como expiación por todos los pecados de todo su pueblo. Ese pueblo no vino por azar, por posibilidades humanas de levantar una mano de aceptación, o por el hecho de dar un paso al frente de un predicador. Ese pueblo fue consagrado desde la eternidad, para que el Hijo viera linaje y el fruto de su trabajo.

En tal sentido, la Escritura abunda en textos que proclaman la predestinación eterna hecha por el Padre, como un regalo para su Hijo, de tal forma que nosotros tuvimos suerte (herencia por gracia) al haber sido escogidos como vasos de honra. La soberanía de Dios yace conectada a la fidelidad de sus promesas, ya que si no fuese soberano no podría cumplir todo aquello que prometió. Habiéndonos escogido desde antes no en base a obras que haya visto en nosotros, los que estuvimos en un tiempo, lo mismo que los demás, muertos en delitos y pecados, sino en base al que llama por su gracia. 

La Biblia lo señala como lo decimos: He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Lo que Dios le había dicho a Abraham que sucedería en Egipto, su salida de la esclavitud y su llegada a Canaam, la cautividad de las tribus, todo se había cumplido. Las nuevas cosas se anunciaron, la restauración por mediación de Ciro, el siervo que no conocía a Jehová, como también la encarnación futura del Cristo, su sufrimiento y muerte, la redención alcanzada para su pueblo. Antes de que sucedieran tales cosas fueron anunciadas, como un sello del poder del Altísimo, de su Omnisciencia y de su designio eterno conforme al deseo de su voluntad.

Todos los apóstoles, así como cada escritor bíblico, fueron testigos de una revelación asombrosa, la predestinación que hiciera el Altísimo para su propia gloria, reservando vasos de honra que confeccionó como muestra de su gracia y misericordia. Pablo vino a representarlos a todos, tal vez, como un emblema que señalaba a cada momento en que podía, a través de sus cartas, al considerar el hecho notorio de la elección. Hablamos sabiduría de Dios en misterio, la que ha sido escondida, la cual Dios predestinó desde antes de los siglos para nuestra gloria (1 Corintios 2:7). 

Ese texto quebranta cualquier hipótesis del azar o de la contingencia, para traernos a la conciencia la idea de la previsión absoluta de todas las cosas. La síntesis del propósito de Dios descansa en lo que se propuso en Cristo desde antes de que el mundo fuese; un concilio de paz bajo un pacto de gracia, para aquellos pecadores que lo teníamos todo perdido. El evangelio yacía escondido en Dios, en lo profundo de su mente, pero como buena noticia salió hacia el mundo entero, recorriendo lenguas y tribus, naciones y pueblos, ciudades y culturas, para atraer con sus doctrinas a multitudes que no se pueden contar. 

No hablo de la religión que esclaviza, que azota al prosélito conquistado, por medio de los maestros de mentira; hablo de los escogidos como ovejas que seguirán por siempre al buen pastor. La religión como opio atormenta el alma de las naciones, somete el entendimiento y lo maltrata con repeticiones y dogmas contradictorios. El evangelio como liberación divina nos hace libres, deseosos de buenas obras, rebeldes contra los falsos maestros, aprendices de la buena doctrina. El misterio fue revelado en las Escrituras, pero si todavía sigue velado en los que se pierden está encubierto. La influencia de Satanás en las cosas oscuras de este mundo, en lo tenebroso que yace en el malvado, cautiva las conciencias de los que lo siguen en forma consciente o de manera pasiva. 

Son muchos los gobernantes en la tierra, los principales hombres de influencia sobre las masas, los que con sus discursos y ejemplos de conducta  se prestan para cegar las mentes de los que no creen en Jesucristo. Estos seres cegados en sus espíritus jamás disfrutarán del evangelio, más bien perecerán como réprobos en cuanto a fe, para lo cual parecen haber sido creados. No tuvieron a bien reconocer a Dios, así que Dios los entregó a una mente reprobada; la intención de sus corazones ha sido de continuo el mal, sin querer escuchar la voz del Señor. Dios ha extendido su mano pero no han hecho caso, asimismo se les ha dicho que escuchen pero que no entiendan, se les ha gritado: mirad pero no comprendáis; sobre ellos el Señor ha derramado sueño profundo, y toda la visión será para ellos como las palabras encerradas en un libro sellado. Ellos son ciegos guías de ciegos, ambos cayendo en el mismo hoyo; son por igual hijos de perdición, cabras monteses confeccionadas como vasos de deshonra.

Dios nos escogió en Cristo, como santos en la fe de Cristo, desde antes de la fundación del mundo. Desde la eternidad fuimos amados por Dios, en el pacto que hizo con su Hijo, para que nos representara en su martirio y expiación por el pecado. El conocimiento de Dios es eterno, así que no conoce cosas nuevas, habiéndonos escogido para que fuésemos santos, sin mancha, delante de él en amor. Ya sabía Él cuán pecadores hemos sido, pero nos ve a través de Jesucristo y nos ha declarado justificados por la fe en el Señor. Nos adoptó a través de Jesucristo, de acuerdo al placer de su voluntad (porque así lo quiso), por su gracia y no por obras, para que nadie tenga de qué gloriarse. 

La Omnipotencia del Señor le permite mantenerse fiel a sus promesas, cumplirlas a cabalidad; por eso, nuestra elección tiene la garantía de su poder, de su afecto que no tiene oponentes, de la protección de sus manos (las del Padre y las del Hijo), del Espíritu como testigo de que somos hijos para siempre. Así que nuestra redención final será cumplida por el imperio de su poder, de su justicia y de su amor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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