Jueves, 10 de febrero de 2022

Jesús hizo referencia a sus ovejas, a las que le son propias, con el énfasis de la seguridad que a ellas les ha sido conferida. Hizo una gran distinción entre las ovejas y las cabras, pero refirió siempre que su prole, su fruto, su linaje son las ovejas. La condición de oveja no puede adquirirse bajo ningún compromiso, mucho menos por herencia; es una condición que viene desde siempre, de la eternidad cuando el Padre escogió a su pueblo. Este criterio quedó plasmado en una alocución que tuvo Jesús con unos judíos que tenían turbadas sus almas. Ellos le rogaron que les confesara de una vez por todas si él era el Cristo, pero recibieron por respuesta que ya se los había dicho y no podían creer. Las obras que hacía en nombre de su Padre daban testimonio de él como Mesías, pero existía una razón por la cual no podían creer.

Tal vez muchos se detienen en el texto e imaginan que la incredulidad de aquella gente se debía a una duda metódica, a una reflexión científica bajo el ánimo de verificar si en realidad era el Cristo. Pero Jesús va mucho más allá de aquella supuesta duda, al decirles que no podían creer por una razón mucho más simple. No se trataba de la calidad de la fe que poseían, no se basaba en la falta de interés para creer -ya que le estaban preguntando con su alma turbada, con el deseo de salir de cualquier duda. El Señor pudo disipar aquella pequeña duda en esos hombres interesados en conocer si era o no el Cristo prometido en las Escrituras, pero no lo hizo.

Al leer Juan 10:26 encontramos la respuesta de Jesús a la pregunta de aquellos judíos inquietos y turbados en el alma. Él les dijo: vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Fijémonos que la condición de ser oveja precede a la condición de creer, ya que le Señor no les dijo que no podían considerarse ovejas porque no creían. Más bien les aseguró que no creerían nunca porque no eran de sus ovejas, pero de inmediato les dio las características esenciales del hecho de ser oveja: Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen (Juan 10:27). 

Oír la voz de Cristo se considera una característica propia y esencial de la oveja; que el Señor las conozca se añade a lo que identifica a una oveja y es lo que la diferencia de una cabra. En otro texto, Jesús decía que a los cabritos pondría a su izquierda en el día final y les enviaría al castigo eterno. ¿Qué es aquello de conocer a sus ovejas? ¿Acaso no es Todopoderoso el Señor como para conocer a todo el mundo? ¿Por qué les dirá en el día final a muchas personas que andan en su nombre que nunca las conoció? Si él es Todopoderoso y Omnisciente, debería conocerlos también. Para responder a esto, diremos que muchas veces el verbo conocer, en las Escrituras, refiere no al acto cognoscitivo solamente sino al hecho de tener comunión íntima. 

A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra (Amós 3:2); Y conoció Adán a su esposa Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín (Génesis 4:1); Adán conoció de nuevo a su mujer, y ella dio a luz un hijo, al que puso por nombre Set (Génesis 4:25). Era obvio que Adán conocía a Eva desde que le fue presentada por Dios, pero acá no se refiere al plano cognoscitivo sino al nivel de comunión íntima. Lo mismo se dijo de José en relación a María su mujer: Y no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito, y llamó su nombre Jesús (Mateo 1:25). También dice la Escritura que el Señor conoce a los que son suyos (2 Timoteo 2:19); esto no quiere decir que no conozca cognoscitivamente a sus enemigos, pero acá hace referencia el texto a la comunión íntima de Jehová. Como bien dice el Salmo 25:14: La comunión íntima de Jehová es con los que le temen…

Más textos podrían agregarse, pero pienso que será suficiente con los expuestos para comprender el significado especial del verbo conocer en la Biblia. El Señor conoce a sus ovejas, vale decir que tiene comunión íntima con ellas. Esas ovejas se las dio el Padre, por lo cual se escribió que el siervo justo vería linaje, se habló por igual de los hijos que dios le dio. El Señor agradeció al Padre por los que le había dado y le daría por medio de la palabra de esos primeros discípulos, como se recoge en su plegaria relatada en Juan 17. Al mismo tiempo que agradecía al Padre por los suyos dejó en forma específica plasmada su negativa a rogar por el mundo. Dijo: No ruego por el mundo (Juan 17:9), así que al día siguiente cuando entregaba su vida en la cruz no lo hacía por ese mundo por el cual no rogó. 

Resulta cierto que todos los elegidos del Padre están en las mandos del Hijo y en las manos del Padre mismo (Juan 10: 28-29). Sin embargo, eso no quiere decir que los creyentes lo son en forma automática, sin intermediación del evangelio. Al contrario, Pablo se plantea el problema de invocar al Señor sin haber oído de él y asegura que no es posible. Para oír acerca del Señor, para escuchar su noticia, se hace necesaria la predicación del evangelio: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? (Romanos 10: 14-15). 

Debemos tener en cuenta lo que Jesús refirió en su oración intercesora, relatada en Juan 17; él dijo que aquellos que iban a creer creerían por la palabra de aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Es decir, no cualquier evangelio sirve para invocar el nombre del Señor, no el evangelio anatema o del maestro de mentiras. Urge que sea la palabra incorruptible de Cristo, del que vive en su doctrina, del que se ocupa de ella y no dice bienvenido al que no trae tal doctrina. Así que si usted ha oído un evangelio engañoso, cargado de contradicciones y engaños, por más que tenga un alto porcentaje de verdad, eso no sirve para invocar el nombre del Señor. 

Pablo aseguró que sería anatema cualquiera que lleve un evangelio anatema, uno diferente al que él había predicado. Lo más fácil para conocer lo que Pablo predicó resultaría examinar lo que dijo en sus epístolas y lo relatado en las otras Escrituras que refieren lo mismo. Por cierto, otra de las cualidades de la oveja redimida (porque hay ovejas descarriadas que el Señor sale a buscar, ovejas, no cabras) es que jamás se irá tras los extraños. Una oveja redimida que sigue al buen pastor porque conoce su voz no seguirá nunca la voz del extraño. El falso evangelio no engaña a la oveja que sigue al buen pastor, porque es aquella oveja que llegó a creer el evangelio emanado de la palabra de los reseñados en el evangelio de Juan, capítulo 17. 

Los que dicen creer pero se apartan de la verdad son los que Juan cataloga como los que salieron de nosotros pero no eran de nosotros. Ellos solo confesaban una profesión de fe, pero no tenían el espíritu de Cristo. Y cuando alguien que anda tras el evangelio extraño se arrepiente porque Dios lo ha llamado de las tinieblas a la luz, todo su pasado religioso se le computa como pérdida. No podrá decir que antes creía pero que estaba un poco confundido en la doctrina, pero que ahora sigue creyendo como antes aunque con mayor claridad. No, eso no es lo que el Señor dejó dicho en Juan 10:1-5; más bien lo que el Señor dejó claro fue que sus ovejas no seguirían jamás al extraño porque desconocen su voz. Así que si alguien anda tras el evangelio extraño, pero es llamado por Dios para arrepentimiento y perdón de pecados, iniciará su periplo tras el buen pastor en ese momento. Reconocer que estaba perdido viene a ser una consecuencia inmediata de haber nacido de nuevo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:50
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