Mi?rcoles, 09 de febrero de 2022

Debemos alegrarnos los creyentes por haber creído el evangelio de Cristo. Esa alegría debería reflejarse en nuestra adoración a Dios, en el júbilo que surge del corazón redimido, al saber que no hubo otra forma sino la gracia absoluta del Padre. Aquellas personas que se autodenominan cristianas pero que argumentan que ellas pusieron su grano de arena en la salvación de Jesucristo, no han comprendido el evangelio. El trabajo de la redención pertenece a Jesucristo, en un acto unilateral de la Divinidad. Nosotros somos sus ovejas, por lo tanto el objeto de la redención.

Jesucristo vino a morir por su pueblo, rogó solamente por los que el Padre le había dado, pero por igual dejó en claro que no rogaba por el mundo. La razón de no perder palabras ante el Padre radica en que su misión fue en exclusiva por su pueblo. El buen pastor puso su vida por las ovejas, no por los cabritos. Los que aseguran la generalidad de la expiación suponen una salvación potencial que se hace efectiva cada vez que un muerto en delitos y pecados se despierta de su tumba y reconoce al médico y la medicina. Como si Lázaro hubiese venido a la vida por cuenta propia, como si no hubiese sido necesaria la orden del Señor de salir fuera.

Desde la perspectiva humana, el hombre redimido ve como una suerte el haber sido escogido desde antes de la fundación del mundo para semejante redención. Desde la perspectiva divina hubo elección y gracia plena, única manera que escogió el Padre para darle un pueblo a Su Hijo. Hemos tenido herencia en Cristo, lo mismo que suerte, ya que anteriormente la herencia se echaba por suerte. Por supuesto, no hablamos de azar de parte del Creador, ya que en Él todas las cosas son un Sí y un Amén; hablamos desde nuestra óptica, de esa herencia o suerte maravillosa sin la cual no hubiésemos podido ser salvados.

Algunos se preocupan por Judas Iscariote o por Esaú, dejados de lado —como dicen muchos-, pero reservados para tropezar en la piedra que es Cristo. Nosotros no deberíamos pensar en ellos, ni en los que no tienen su nombre en el libro de la vida del Cordero, ya que ellos son puestos a nuestro lado para exaltar el gran amor del Padre para con sus escogidos. La expiación de Jesucristo estuvo condicionada a un padecimiento especial por su pueblo, por lo cual no podrá argumentarse que sufrió por los pecados del Faraón o de Judas el traidor. El sufrimiento del Señor como Cordero se hizo para satisfacer la ira del Padre descargada en él, con el beneficio de todos aquellos que representó en el madero. Él tomó nuestros pecados y se hizo pecado a sí mismo, para padecer el castigo por nuestras rebeliones; a cambio nos impartió su justicia y ahora somos vistos justos o justificados delante del Padre. Un acto judicial constituyó todo el esquema de la expiación, un beneficio de pura gracia para todos los que recibimos el don de la fe y del arrepentimiento para perdón de pecados. 

Una vez que comprendemos el gran favor recibido, nos sobran las razones para no querer andar más en el pecado. Sin embargo pecamos, por culpa de aquella ley que habita nuestros miembros; hacemos el mal que detestamos y evitamos el bien que deseamos hacer. En una batalla continúa nuestra alma atada a este cuerpo de muerte, pero nos regocijamos por Jesucristo, quien tiene el poder sobre la muerte. Las enfermedades atacan por igual a creyentes e incrédulos, no hay palabras de ningún Salmo que puedan protegernos de lo que Dios envía para cada ser humano. Lo que tenemos en la palabra revelada viene a ser el consuelo del sustento providencial del Todopoderoso; por igual valoramos el trato especial del Consolador en nosotros.

La Biblia tiene innumerables llamados a la prudencia y a la sabiduría, así que no nos confiamos en textos aislados de contexto para mostrar rebeldía a la razón de la fe. La prudencia debe ser atada a nuestro cuello, para que no perdamos su perspectiva jamás. Dios ha dejado la ciencia para su gloria, ya que Él es conocimiento y conocerlo nos hace sabios. El que tiene hambre cocina el pan y come, el que está enfermo busca la medicina y se la aplica. No se enferman solo los malos ni se mueren solo los incrédulos. Pablo tuvo el don de sanidad, uno de los dones especiales que señalaban a los apóstoles como hombres de Dios, pero Pablo le recomendaba a Timoteo que se cuidara respecto a su estómago enfermo. 

De igual manera, en el libro de los Hechos se narra el portentoso don de sanidad de ese apóstol. Pero vemos que en sus cartas habla de haber dejado en algunas ciudades a unos hermanos que estaban enfermos. Eso indica que aquel don especial iba mermando mientras lo completo llegaba a su conclusión. A medida que la revelación divina avanzaba los dones especiales disminuían, como había sido anunciado. Vemos que en aquella época se aplicaba la medicina del momento, como hoy día hacemos también los creyentes. El creyente ha de ser sencillo como paloma pero astuto como serpiente.

La Biblia hace énfasis en que nos ocupemos de la doctrina de Cristo, algo que no pasa de moda. Esa tarea nos ayuda en nuestra salvación, nos edifica como creyentes y glorifica a Dios. El descuidar tal doctrina conlleva a la ruina espiritual de los que dicen creer, así que muchos salen de nosotros sin haber sido jamás de nosotros. Pero todos estos descuidaron la doctrina de Jesucristo y no vivieron más en ella, por lo cual demostraron que no tenían ni al Padre ni al Hijo. Pudo haber mucha actividad religiosa, excesiva constancia y perseverancia en las acciones propias de la religión, pero como los viejos fariseos que recorrían el mundo en busca de un prosélito estas personas del evangelio de mentira hacen doblemente culpables a sus seguidores. 

Muchos de los que se llaman creyentes o redimidos no ven la diferencia entre los que creen el evangelio y los que no lo creen. Ven asuntos de preferencias, de culturas religiosas, bajo la rueda ecuménica, como si cada creyente pudiera interpretar privadamente las Escrituras. Algunos han alcanzado un grado de comprensión que puede considerarse alto, pero en asuntos de salvación el porcentaje no ayuda. Se es o no se es salvo, no puede hablarse de 90% salvo, o casi salvado, ya que Jesucristo hizo distinción entre oveja y cabra. No habló el Señor de casi oveja o casi cabra, sino que definió bien los términos y afirmó que ponía su vida por las ovejas.

Debe existir un estándar para juzgar a quienes nos rodean, para juzgar con justo juicio. Debemos probar los espíritus para ver si son de Dios. De la abundancia del corazón habla la boca, así lo hace todo aquel que confiesa lo que cree en materia doctrinal. Si alguien que dice creer en la depravación total de la raza humana, en la elección incondicional de Dios, en la expiación específica de Cristo por su pueblo, en la gracia irresistible del Espíritu Santo, en la preservación (o perseverancia por preservación) de los santos, recibe con bienvenidas a quien no trae tal doctrina recibirá las plagas que porta el irredento. 

Satanás se disfraza de ángel de luz, lo cual indica que sus ministros hacen algo parecido en materia doctrinal. Podemos encontrarnos con personas que asumen la tesis de la gracia, diciéndonos que esa es la única vía para creer y ser salvos, pero al mismo tiempo los vemos tendiéndoles la mano a aquellos que no han llegado a comprender esas doctrinas, señalándolos como hermanos en desventaja cognoscitiva. No hay tal ignorancia en el pueblo de Dios, ya que el Espíritu de Verdad mora en nosotros; el Espíritu nos recuerda todas las palabras de Jesús, pero si no las leemos no nos va a recordar nada.

Solo hay un evangelio verdadero aunque rodeado de muchos falsos evangelios; así que acostumbrémonos a estudiar la verdad, a conocer al siervo justo, para que podamos ser justificados en ese conocimiento de que hablara el profeta Isaías. Ocupémonos de la doctrina, como bien le dijo Pablo a Timoteo; habitemos en la doctrina de Cristo, como lo anunciara Juan, para que tengamos al Padre y al Hijo. Así probaremos a los espíritus para ver si son o no son de Dios; los espíritus religiosos confunden en gran medida a quienes se muestran indoctos e inconstantes, pero a los que se ocupan con diligencia en mantener la doctrina enseñada por los apóstoles no podrán engañar.

Tocante al Verbo de Dios Isaías escribió: …también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra (Isaías 49:6). Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos (Isaías 53:11). ¿Cómo podría el Señor ver el fruto de la aflicción de su alma y quedar satisfecho? Solamente porque el Padre le reservó un pueblo para él, ya que los muertos en delitos y pecados no podrían jamás acudir a él por cuenta propia.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 19:59
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios